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jueves, 24 de febrero de 2011

¡Y otra lista!


Una vez más, las listas me matan. La última que he visto la ha elaborado la revista americana “Entertainment Weekly” para identificar a los (redoble de tambor) veinticinco mejores directores de cine en activo.

El resultado podría analizarse detenidamente, a la luz de cuestiones como el por qué del acaparamiento de los directores norteamericanos (o británicos) en la selección, rasgo de etoncentrismo que deja pequeña a la mítica lista de las cien mejores películas de la historia del cine que resultó de una reciente encuesta de El País entre los profesionales hispánicos, y que ponía a Berlanga a una altura superior a John Ford, Dreyer o Renoir. Como digo, se podría analizar con detenimiento, si no fuera porque la lista es un chiste de tal magnitud que el ejercicio no merece la pena. Porque, vamos a ver, ¿alguien en su sano juicio puede pensar que el mejor director actual del mundo es David Fincher (“Se7en”, “La red social”), y que a la derecha de Dios Padre estaría sentado Christopher Nolan (el de los últimos “Batman” y el tostón de “Origen”)? ¿Y que estos directores habrían superado por tanto a Spielberg, Scorsese, Eastwood o David Lynch (por poner otros ejemplos que sí aparecen en la lista), así como a Wong Kar-Wai, Francis F. Coppola, Woody Allen, Lars Von Trier o Michael Haneke (por nombrar otros que no aparecen en ella, y sobre los que existe un consenso más o menos generalizado que los sitúa entre los grandes de hoy en día)? En fin, que quizá sólo sea una impresión mía, pero me parece que a los citados Fincher, Nolan y algunos otros de la lista (David O. Russell, Edgard Wright, Brad Bird y así) aún les falta tomar mucho cola-cao para llegar a la altura de un Terrence Malick o un Clint Eastwood. Eso por no hablar de la inclusión de Danny Boyle (el de “127 horas” y el engendro innombrable ése del concurso televisivo y los niños pobres en la India), para lo que simplemente no tengo palabras.

Únicos directores no angloparlantes de la lista: el español Pedro Almodóvar (en el puesto número 10) y el mexicano Guillermo del Toro (en el 12). Como a estas alturas es bien sabido por quienes suelan leer este blog, respecto al primero yo también lo incluiría en una lista semejante si me diera por hacerla (no lo creo), mientras que la presencia en ella del segundo no me molesta más que la de la mayoría de sus compañeros.

Bueno, y luego está Polanski en el 13. Esto resulta especialmente irónico: ¿pretende insinuarse con esto que el ejercicio polanskiano realizado por Aronoksfy (puesto 5) con “Cisne negro” supera a las originales “Repulsión”, “La semilla del diablo” o “El quimérico inquilino”?

Venga ya…

viernes, 31 de diciembre de 2010

2010


Como afirmaba en mi entrada anterior, el año que acaba de terminar ha resultado bastante complicado en lo cinematográfico. Mucha morralla, y que recuerde nada auténticamente arrebatador. Las mejores películas de año han sido, en mi opinión:

"Bright Star", de Jane Campion, o la demostración de que es posible hacer lo que solemos llamar una "película de época", delicada y por momentos preciosista, sin por ello caer en el academicismo. Se trata de una película de 2009, estrenada con mucho retraso en nuestro país.

"Uncle Bonmee recuerda sus vidas pasadas", de Apichatpong Weerasethakul, una obra misteriosa, poética y a veces desconcertante, que queda anclada en el subconsciente de manera inexplicable.

Con sus defectos, pero sobresaliendo con mucho por encima de la media, también me han gustado:

"Un profeta", de Jacques Audiard. Pese a su sobrecarga de testosterona, creo que se trata de cine poderoso y con clase, que crece en el recuerdo a medida que pasa el tiempo.

A "La vida en tiempos de guerra" de Todd Solondz le ocurre justamente lo contrario, pero se disfruta enormemente mientras se contempla.

"Un tipo serio", de Joel y Ethan Coen. Curiosamente, me la perdí en el cine, pero me la encontré por sorpresa en el precario monitor de un autobús de largo recorrido. Me mantuvo entretenidísimo durante dos horas. Una magnífica comedia negra que sólo desfallece ligeramente hacia el tramo final.

"Vincere", de Marco Bellocchio. Un festival de excesos, y también de creatividad.

"El escritor", de Roman Polanski. Maravillosamente rodada, pese a la banalidad de su guión.

"Two lovers", de James Gray. Pequeña película, bien hecha, bien contada.

"Canino", de Yorgos Lanthimos. Sus manifiestas pretensiones arty, y el hecho de que se trate de una película mucho menos original de lo que su autor quiere hacernos creer, no eclipsan un innegable poder de fascinación.

"La cinta blanca", de Michael Haneke. Tan manipuladora y tramposa como agradable de contemplar.

"Poesía", de Lee Chang-Dong. Otra muestra de buen cine gracias a una puesta en escena que pasa por encima de las convenciones de su escritura. Beneficiada por la interpretación soberbia de su actriz protagonista.

También tenían un pase algunas obras menores de grandes directores ("Conocerás al hombre de tus sueños" de Woody Allen, "Copia certificada" de Abbas Kiarostami, "La chica del tren" de Téchiné), la enésima demostración del magnetismo de Isabelle Huppert en "Villa Amalia" de Benoît Jacquot o la muy interesante y compleja obra del tándem Sabroso-Ayaso "La isla interior".

La lista de malas películas estrenadas este año sería bastante más larga. Pero, ¿qué sentido tiene regresar a ellas? Mejor será sepultarlas y dejar lugar en la memoria para lo que está por venir.

martes, 10 de agosto de 2010

Actores, filias y fobias


(El probre Cary alucina con la lista de El País)


Como comentaba en una entrada anterior, la selección de los cien mejores actores que ha publicado El País Semanal como resultado de una encuesta entre profesionales resulta aún más aterradora que la de las mejores películas. No creo que merezca la pena profundizar demasiado en ella y señalar sus aberraciones –curiosamente, ya lo hace Maruja Torres en la propia revista-, pero sí me gustaría emitir al respecto alguna reflexión muy general.

Por ejemplo, que soy incapaz se comprender el desmesurado prestigio que Meryl Streep ha alcanzado en los últimos años. Me confieso totalmente inmune a sus artes, sean éstas las que sean. No puedo sino encontrar cargante a una intérprete que parece afrontar cada papel como una especie de lucha a muerte contra una bestia en la que ella siempre ha de dejar bien claro que es la ganadora. Este complejo de San Jorge victorioso me pone de los nervios. Cuando la veo en pantalla ni por un minuto puedo olvidar que me encuentro ante una actriz –el personaje al que se supone que encarna no lo percibo por ningún lado- que despliega encantada su batería de trucos y especialidades. En resumen, que me mata de aburrimiento. Imagino que los demás actores (mayoría entre los encuestados) lo que aprecian en ella es precisamente lo mucho que se nota que está interpretando, el lado exhibicionista de su estilo. Por mi parte, lo que me interesa de un intérprete es justo lo contrario.

En cuanto a Robert de Niro y Al Pacino, no es aburrimiento exactamente lo que me producen. Grima sí, bastante a menudo. Creo que ambos actores estaban espléndidos en sus primeras películas, pero desde hace más de dos décadas no son otra cosa que caricaturas de sí mismos, sobre todo el primero.

Pero, de toda la lista, al que encuentro más insufrible de todos es a Philip Seymour Hoffman. Sencillamente, no puedo con él. Cuánta afectación, cuánto manierismo y qué autoconsciencia tan flagrante.

Y centrándonos en Marlon Brando –ganador indiscutible de la encuesta-, no seré yo quien derribe al tótem, pero sí diré, muy bajito se quiere, que tampoco me parecía para tanto.

Por otro lado, admito mi incapacidad para elaborar una lista con los diez mejores actores de cine de la historia. Pero, entre los que más me gustan, varios sí aparecen en puestos destacados en la clasificación de El País.

Por ejemplo, creo que pocos actores tan completos ha habido nunca como Cary Grant. Una estrella absoluta, dotado de todo el magnetismo y todo el encanto del mundo, nunca ha estado por debajo de la matrícula de honor. Podría pasarme el resto de mi vida simplemente mirándolo actuar, tan desarmado y admirativo como cuando se contempla una obra de arte. Otras estrellas americanas que me gustan mucho son Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Paul Newman, James Stewart, Gregory Peck, Burt Lancaster, Gary Cooper, John Wayne, Audrey Hepburn, Ingrid Bergman y Vivien Leigh. Bette Davis también, aunque de ella diría más bien que “la admiro”, no tanto que “me gusta”. De las actuales, me quedaría con Julia Roberts, un dechado de fotogenia y falsa naturalidad, como ha de ser toda estrella que se precie.

Aunque el actor digamos “naturalista” no es por lo general mi favorito, la más grande de todos ellos está muy cerca de serlo. Anna Magnani era tan extraordinaria que devoraba todo lo que pululaba cerca de ella. Cuando irrumpió en las pantallas (en especial con “Roma, ciudad abierta”), la gente se quedó alucinada con su forma de hablar, de moverse y de actuar, que no tenía nada que ver con lo que habían visto antes. Su caso era justamente el opuesto al de la Streep o Seymour Hoffman: era imposible rastrear cualquier pista de “interpretación” en sus ejecuciones. Todo hacía pensar que la actriz era el personaje, y viceversa. Y este personaje, popular, arrabalero y lleno de vida, fascinaba a todo el mundo. Aún lo sigue haciendo. Los también italianos Marcello Mastroianni y Alberto Sordi son, en mi opinión, otros dos grandes de los que nadie se olvidará. Yo incluido.

Pero, de todos modos, entre las mujeres la más grande de todas me parece Jeanne Moreau. No creo que exista actriz más completa, ni presencia más fascinante. Amo su voz y su rostro, que son los de una auténtica estrella, carnal y etérea al mismo tiempo.

Entre las francesas, también adoro a Catherine Deneuve. Los motivos ya los expuse en una entrada anterior de este blog. La kamikaze Isabelle Huppert también tiene toda mi –temerosa- admiración.

Me gustan mucho los actores de Bergman. Menudo ojo, el del director sueco. Todos son fabulosos, pero si he de destacar a dos, mencionaría a Max Von Sydow (una de las grandes presencias del cine mundial) y a Liv Ullmann, la única actriz capaz de hacer que sus rasgos faciales varíen ante los ojos atónitos del espectador, en un insólito efecto de morphing sin ordenadores de por medio.

Los británicos tienen una fama extraordinaria, que con la que sólo empatizo a medias. En todo caso, me encantan Vanessa Redgrave (he tenido la suerte de verla actuar en teatro, y aquello fue indescriptible), Albert Finney y Michael Caine.

Entre los españoles, mi favorita de todos los tiempos es María Luisa Ponte. Me gusta desde niño. Ya sea haciendo de solterona o viuda chiflada en una comedia de quinta categoría, de bondadosa ancianita o de harpía irredenta en un dramón, verla era todo un placer. Me gustan mucho también Fernando Fernán-Gómez y Fernando Rey, de estilo tan sobrio como antinaturalista. Encontrarme con Carmen Maura también me parece un placer, incluso en sus peores momentos-películas. De niño y adolescente idolatré a Victoria Abril, que desde hace un tiempo parece haber perdido el norte, lo que es una lástima.

Un tipo de actor que aprecio especialmente es el que llamaría “romántico”. El alma frágil, visible víctima de torturas interiores, que sin embargo consigue la empatía con el espectador sin cargarlo en absoluto. También sugieren a menudo la enfermedad mental, lo que hace aún más turbadora su presencia. Su arte me parece el más complicado de todos, porque requiere un equilibrio casi imposible. Cuando la cosa sale mal, es catastrófica; cuando sale bien, sublime. De todos ellos, hay dos que considero particularmente maravillosos: Romy Schneider y Montgomery Clift. También varios de los que he mencionado en el párrafo de las “estrellas”. En la actualidad, considero que Juliette Binoche cubre bastante bien este registro.

Me fascina Greta Garbo, pero por causas un poco retorcidas. Creo que, objetivamente, era una actriz pésima: su bellísmo rostro era inexpresivo, y átona voz parecía provenir del fondo de una lata oxidada. Sin embargo, se las arreglaba para hipnotizar al espectador. Francamente, no tengo la menor idea de cómo lo hacía, pero lo hacía.

No quisiera terminar este texto sin mencionar dos nombres, provenientes ambos del cine mudo. El primero, la simpar Louise Brooks, todo un prodigio de la naturaleza. El segundo, Maria Falconetti, que con una sola interpretación (en “La pasión de Juana de Arco”, de Dreyer) consiguió situarse entre las más grandes actrices de la historia del cine, sin duda alguna.

Por supuesto, ninguna de las dos aparece en la lista de El País Semanal.

domingo, 8 de agosto de 2010

Por fin, la lista que nos faltaba


Cómo se nota que estamos en veranito. Ante la falta de contenidos de mayor interés, la prensa se llena de puro relleno y material de derribo. Las listas hacen –literalmente- su agosto.

El País Semanal ha publicado una nueva e imprescindible lista. Las 100 películas de la vida de otros tantos cineastas latinoamericanos (vamos, españoles, en su mayor parte; los que no lo son estrictamente, trabajan a menudo en nuestro país).

Las listas de las mejores películas de la historia son las más predecibles de todas. Aquí las modas afectan, como en todo, pero a partir de ciclos bastante largos. Desde que empezaron a realizarse –allá por la mitad del pasado siglo- han conocido pocas variaciones. Al principio, el número uno siempre era, invariablemente, “El acorazado Potemkin” de Eisenstein. Después estuvo muy de moda “Ciudadano Kane”, de Orson Welles. Desde hace unos añitos, el puesto de honor siempre corresponde a “El Padrino” de Coppola. No importa el país ni el ámbito en el que se realiza la encuesta: el resultado apenas ofrece diferencias.

Huelga señalar, por tanto, quién es la ganadora en esta ocasión. Por si lo habíamos olvidado, aquí se nos recuerda que la originalidad no abunda entre los cinestas españoles. Pero sí se dan unas pocas curiosidades reseñables:

• Como los encuestados son hispanohablantes, la lista presenta un descarado sesgo a favor del cine español (y, en menor medida, el latinoamericano), lo que la hace poco representativa de la situación real de la cinematografía patria en la mente de críticos y aficionados del mundo.

• Como era de esperar, Berlanga es el director español mejor parado. Tres de sus películas aparecen en los primeros puestos del ranking. Yo también adoro “Plácido” y “El verdugo”, pero, ¿de verdad la obra del director valenciano justifica tan abrumadora presencia?

• También Buñuel –que coloca hasta cuatro obras- figura en un puesto de honor. Comenzando por “Viridiana” que es, por cierto, quizá mi película favorita de todos los tiempos. Las obras maestras “Los olvidados” o “El ángel exterminador” tampoco faltan: menos mal. No aparecen otras como “El”, "Ese oscuro objeto del deseo" o “Nazarín”, sin embargo.

• Almodóvar está, para mi sorpresa, asimismo muy bien representado, también con cuatro cintas. Como en el caso de Berlanga, esto se me antoja un pelín excesivo, incluso como el adorador del cine almodovariano que, como sabéis los lectores habituales de este blog, no tengo reparo en reconocerme. En todo caso, sí creo que películas como “¡Qué he hecho yo para merecer esto?” o “La ley del deseo” figuren en la lista es pura y simple justicia.

• ¿Hablaba de sesgo a favor de España? Una de las encuestadas, la actriz y cantante Ana Belén, considera que el cine español representa un pilar de la cultura mundial de semejante calibre que sólo vota películas españolas. A su entender, pues, las diez películas más grandes de la historia del cine son de directores de nuestro país. Las películas que eligen están –casi todas- muy bien, pero mi modesta opinión es que se pasa un poco. ¿Nacionalismo versión agapimú? Por cierto, en su lista particular Buñuel no aparece por ningún lado: debe considerarlo mexicano, o francés, o en cualquier caso no lo bastante español como para merecer un lugar en el Olimpo.

• Mejor aún que esto: Santiago Seguro sólo incluye en su lista… ¡películas protagonizadas por él mismo! Incluidas “Isi disi” y sus tres entregas de Torrente. Sin complejos.

• Pero, para ejemplo de nacionalismo, un dato global: los votantes sitúan “Los santos inocentes”, de Mario Camus, en el puesto 13 de la lista. Por encima de, no sé, las mejores obras de Bergman, Bresson, Hitchcock, Murnau, Dreyer o Visconti. No tengo palabras.

• “El día de la bestia” de Alex de la Iglesia también es, al parecer, una de las obras maestras absolutas de la historia del cine. Figura en el puesto 65. ¡Basta, por favor!

• En el 97, “La niña de tus ojos” de Fernando Trueba. ¡¡¡¡¡¡Socorro!!!!!!

• Hace falta esperar al puesto 41 para llegar al primer Bergman, que es “Fanny y Alexander”. Por fortuna, después nos encontramos varias veces de nuevo al genio sueco. En el 67 aparece “Fresas salvajes”. En el 79, “Persona”. Y en el 95 “El séptimo sello”. Eso sí, ningún Tarkovski ni Fassbinder a la vista.

• Una de las listas más espeluznantes es la confeccionada por el temible Benito Zambrano, que no empieza mal (Coppola y Buñuel), para después mencionar engendros como “La misión” de Roland Joffé, “Mar adentro” de Amenábar o “The Commitments” de Alan Parker. Viendo sus influencias, se entiende la calidad de su cine.

• Las listas del músico Roque Baños (¿¿¿¿“El señor de los anillos”????) o el propio Amenábar también dan, en general, bastante miedo.

• Fernando León de Aranoa piensa que “Quemado por el sol”, el caramelito chejoviano que dirigió Nikita Mikhalkov allá por los 90, merecería un tercer lugar. En fin: de nuevo, este dato permite entender muchas cosas.

• Por el contrario, se ratifica que el gusto cinematográfico de José Luis Garci está muy por encima de sus aptitudes como director. Me limito también a señalar otro sesgo en su lista, y es que todas sus películas son americanas, o rodadas en inglés.

• ¿Con quién coincido en mayor medida? Pues me reconozco bastante en los gustos manifestados por el gran director de fotografía José Luis Alcaine, los directores Pedro Almodóvar, Bigas Luna, Daniel Calparsoro, Ray Loriga, Achero Mañas, Jaime Chávarri, Fernando Colomo, Joaquín Oristrell, Albert Serra, Fernando Trueba, Imanol Uribe, Gerardo Vera y José Luis Borau. También –aunque con más peros- con Andrés Vicente Gómez (el único que menciona “Gritos y susurros” de Bergman), Cesc Gay, Carmen Elías, Jorge Guerricaechevarría o Ventura Pons. Curiosamente, también me gustan las elecciones de Julio Medem (que rescata a Tarkovski).

• La lista más original quizá sea la de Manuel Gutiérrez Aragón: la encabeza “El ladrón de Bagdad”, y en ella aparecen, entre otras, “Lancelot du Lac” de Bresson (maravillosa, pero no muy apreciada en general) y “Surcos”, de Nieves Conde (neorrealismo a la española). Nacho Vigalondo también resulta, por lo menos, sorprendente en muchas de sus elecciones.

La siguiente semana hemos disfrutado de una lista aún más imprescindible, que es la compuesta por 100 actores, y que resulta aún más desquiciada que ésta. Pero, si me quedan ganas, ya daré cuenta de este otro asunto en una próxima entrada.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Clasificaciones


En una entrada anterior de este blog manifestaba mi admiración por los directores ascetas, los que emplean los mínimos recursos consiguiendo el máximo de expresividad, y en los que el más minúsculo movimiento de la cámara parece poseer un significado descomunal.

Creo, en realidad, que hay tres tipos de directores de cine. Están los narradores, los poetas y los ascetas. En realidad, cualquier director tiene algo de las tres tipologías, ya que toda película debe aspirar a contar algo, que no existe cine sin poesía, y que en el cine todo lo que no aporta sobra. Pero casi siempre resulta sencillo encontrar en los verdaderos autores el factor predominante de un estilo propio. Allá va el ejercicio:

•Los narradores: se trata de los cineastas que utilizan sus recursos con el fin prioritario de contar la historia que tienen entre manos. Así, cada plano procurará ofrecer, explícita o subliminalmente, toda la información necesaria para que la narración avance y sea inteligible, y además –en la mayor parte de los casos- para sorprender al espectador sin darle respiro. El elemento de la progresión dramática resulta esencial. Estos autores suelen partir de guiones de hierro, cuyos dispositivos refuerzan con una puesta en escena tan firme como creativa. Situaría en esta casilla a François Truffaut, Howard Hawks, Orson Welles, Akira Kurosawa, Luchino Visconti, George Cukor, Billy Wilder, Fassbinder, Fritz Lang o Mankiewicz. De entre los actuales, aunque muy distintos entre sí, creo que Eastwood, Téchiné o Almodóvar son buenos ejemplos de esta corriente.

•Los poetas: ejecutan un cine de lo inmaterial, en la que la imagen recoge precisamente conceptos y sugerencias abstractas que escapan a lo puramente narrativo. Consiguen ensamblar idealmente lo emocional y lo intelectual. El misterio, lo inexplicable, lo filosófico o lo mítico poseen mayor relevancia para ellos que para el resto. Estarían aquí Tarkovski, Dovzhenko, Satyajit Ray, Max Ophüls, Jean Vigo, Jean Renoir, Kenji Mizoguchi o Murnau. Entre los actuales, podríamos señalar por ejemplo a David Lynch, Wong Kar-Wai o Lars Von Trier. También la mayor parte de lo que ha hecho Coppola, incluída su reciente y poco comprendida “Tetro”.

•Los ascetas: como he indicado antes, en ellos cada elemento de la puesta en escena parece poseer un peso descomunal que se hace evidente en el plano. Todo lo que figura en el encuadre está cargado de significatividad, puesto que el director controla hasta el mínimo detalle que recoge la cámara, no permiténdose la entrada de elementos improvisados. Los movimientos de cámara suelen ser escasos, o bien estar planificados con un rigor extremo. Precisamente por todo esto, en ocasiones son los que logran condensar en sus imágenes una mayor carga emocional (aunque también pueden resultar los más fríos del mundo, según el caso). El estilo, la pura forma, resulta fundamental, incluso cuando éste se pretende transparente para el espectador. El más grande de todos los ascetas es para mí Dreyer, y junto a él estarían John Ford, Robert Bresson, Yasujiro Ozu, Stanley Kubrick o Hitchcock. O, entre los que se encuentran en activo, Abbas Kiarostami, Aki Kaurismäki, Víctor Erice y Manoel de Oliveira.

Como indicaba antes, los tres elementos figuran en cualquier director que se precie, aunque casi siempre se da una predominancia más o menos clara que permite la clasificación. Curiosamente, esto no me queda tan claro en mis dos directores favoritos, Luis Buñuel e Ingmar Bergman. El primero comenzó como un poeta, realizó la mayor parte de su carrera como un narrador y terminó siendo sobre todo un asceta, precisamente cuando contaba con mayores presupuestos y más libertad creativa. En todo caso, narración, poesía y sobriedad plástica nunca abandonaron su estilo. El segundo creo que es una fusión perfecta –y rarísima- de poesía y ascetismo, que casi podría dar lugar a una nueva categoría en la que se encontraría prácticamente solo.

Luego hay una cuarta clasificación, que resulta con diferencia la más nutrida de todas. Es la de los malos directores, que no son ni narradores, ni ascetas, ni poetas, ni ninguna otra cosa en realidad. Pero para qué molestarse en hablar de ellos, ¿no os parece?

lunes, 7 de junio de 2010

Un plano de menos lo hace todo



Los críticos del suplemento cultural de “El Mundo” han decidido realizar una aportación más al fecundo panorama de las listas, alumbrándonos con la elección de las mejores películas de los últimos veinte años. La ganadora se pasó el otro día en la Filmoteca Española, tras una breve presentación a cargo del director de la revista. Y debo reconocer que la elección no me pareció nada descabellada: no sé si se trata de la mejor película de las dos últimas décadas (en las que, entre otros, han dado grandes obras autores como David Lynch, Lars Von Trier, Pedro Almodóvar, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Hou Hsiao Hsien, Krzysztof Kieslowski, André Téchiné, Patrice Chéreau, Víctor Erice, Nanni Moretti, Clint Eastwood, Manoel de Oliveira, Eric Rohmer, Jacques Rivette, Maurice Pialat o incluso Ingmar Bergman), pero como la mayoría de los que estábamos allí, disfruté locamente volviendo a ver “Deseando amar”, de Wong Kar-wai.

Toda la película está tocada por un estado de gracia que se contagia a un espectador que la percibe, de principio a fin, como algo importante. Tiene, por tanto, el halo orgánico e inefable de las obras maestras, ese raro sello de certificación que es señal distintiva de todo lo que accede a la posteridad. Como ocurre siempre en estos casos, sus cualidades superficiales han sido copiadas hasta la náusea, por lo general con resultados tirando a espantosos (¿Isabel Coixet, anyone? ¿Tom Ford, anyone?), porque sin el armazón de un auténtico genio creador, sus extremas y arriesgadas apuestas estilísticas están abocadas al derrumbamiento. El gusto de Wong Kar-wai no es tan exquisito como parece –en realidad, si uno lo piensa, todos esos ralentíes con música de cuerda, esos idénticos cheongsam en sedas estampadas de distintos colores, esos planos de cortinas rojas en el pasillo de un hotel, se acercan bastante a lo relamido y lo kitsch-, pero hay un toque maestro que los redime convirtiéndolos en otra cosa. Y esa cosa resulta sublime.

La mayor parte de las veces, el genio del director de Hong-Kong no se manifiesta tanto en lo que muestra como en lo que decide ocultar. El mejor ejemplo de esto radica, precisamente, en el final de “Deseando amar”, que transcurre en las ruinas del antiquísimo templo hinduista de Angkor Wat, en Camboya. El protagonista recita su secreto amoroso en un agujero de la piedra, con la intención de sepultarlo allí. Ampulosos giros de cámara, juegos de luz, música abrumadora. Nos encontramos alarmantemente cerca del código visual de la mística de una película de Jean-Claude Van Damme, côté orientalista. La alarma aumenta cuando descubrimos que la escena está siendo presenciada por un joven monje, que causalmente estaba encaramado al techo del templo. Durante los pocos segundos que dura el plano en que la cámara se sitúa detrás de la cabeza desenfocada del monje, estamos con el alma en vilo, temiendo lo peor: el contraplano que muestre el rostro inexpresivo pero lleno de significado del testigo mudo. Y, sin embargo, este contraplano que esperábamos –que temíamos- nunca tiene lugar, al ser sustituido por la imagen del protagonista saliendo con decisión del templo, que queda desierto en una impresionante sucesión de travellings. Se dinamita de este modo la dinámica en la que parecía haberse instalado esta coda final de la película, que no sólo es salvada, sino que se convierte en uno de los momentos más bellos y emotivos de su metraje. Y todo gracias a un plano, un simple plano de menos. Qué grande, Wong Kar-wai.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Cosecha de 2009


Para que después no me acusen querer mal al cine español, de sentir animadversión gratuita (de gratuita nada, en todo caso: ¡que he pagado religiosamente mis siete euros y pico de entrada para aburrirme como una ostra viendo “Agora”!) hacia la cinematografía nacional, lo diré alto y claro: de todas las películas que se han estrenado este año en nuestro país, la que más me ha gustado era española. ¿Hace falta que diga cuál es? Bueno, pues por si acaso lo diré.

Los abrazos rotos” es para mí, con diferencia, la mejor cinta de 2009. La he visto dos veces, y aún repetiría encantado antes de que llegue el 31 de diciembre. De una riqueza conceptual y una creatividad formal asombrosas, no negaré que también encuentro en ella baches y descompensaciones. “Los abrazos rotos” no es una película perfecta; es algo mucho mejor, una gran obra generosa y sincera, una cinta única que sólo un genio podría ejecutar de la forma en que se nos presenta en su configuración final.

Del mismo modo podría describir las otras dos películas que compartirían mi podio cinematográfico del año. “Tetro” de Coppola y “Malditos bastardos” de Tarantino son, cada una a su manera, empresas megalómanas y autoconscientes, llenas de excesos y carencias, pero también dos muestras puras de la genialidad y el hálito creativo de sus autores, lo que basta a mis ojos para hacerlas apasionantes.

La cosecha de este año ha sido soberbia. Me basta este trío de ases para afirmarlo con rotundidad. Si cada temporada se estrenaran tres películas como éstas, podrían llevarse tranquilamente todos los “El lector”, todos los “Revolutionary Road”, todos los “Agora” del mundo, todos esos guiones tersos y relucientes, correctamente interpretados y filmados con monería y gazmoñosa aplicación, y guardarlos en el baúl más recóndito del desván, bien preservados entre bolitas de alcanfor, porque ése es en realidad el lugar más apropiado para ellos. La sala de cine quedaría así para Almodóvar, para Coppola, para Tarantino, y para otro medio centenar de autores que, afortunadamente, aún pululan por el medio cinematográfico.

NOTA: Otras buenas películas que se han estrenado este año que termina: “Singularidades de una muchacha rubia”, de Manoel de Oliveira; “La clase”, de Laurent Cantet; “Un cuento de Navidad”, de Arnaud Desplechin; “Gran Torino”, de Clint Eastwood; “Si la cosa funciona”, de Woody Allen, y "Still Walking", de Hirozaku Kore-Eda. También nombraré aquí el “Anticristo” de Lars Von Trier, película que encuentro globalmente fallida pero tan valiente, honesta y bien filmada que no puede pasarse por alto.

miércoles, 29 de julio de 2009

Placeres culpables


En inglés llaman “guilty pleasures” a esas cosas que nos agradan a pesar de que al mismo tiempo nos denigran, aquéllos de nuestros gustos que nos costaría reconocer en público porque nos producen cierta vergüenza.

Como cualquiera que lea este blog se habrá podido formar una idea de mí a través de mis filias declaradas, y la mayor parte de éstas coinciden con lo que podríamos llamar Buen Gusto Certificado Del Gafapasta (Buñuel, Bergman, Proust, Louise Brooks y así), creo que puede constituir un buen complemento una breve entrada dedicada a la sección más chabacana de mis aficiones. Por ejemplo:

Me gusta leer algunos blogs y columnas de opinión escritas por indocumentados sin talento.

No comprendo muy bien la razón de esto, pero cuanto mayor sea la distancia entre la consideración que el sujeto en cuestión demuestra por su propio talento y criterio y la auténtica calidad de éstos, mayor es mi disfrute. Hay por ahí auténticos cafres opinando sobre cuestiones sobre las que no tienen ni idea, y ellos parecen los únicos que no se dan cuenta de que lo evidente que resulta. Eso es lo más divertido de todo. Imagino que si yo me pusiera a opinar sobre la liga española de fútbol, también sería capaz de proporcionar grandes momentos de regocijo. Por otra parte, y dejando aparte la cuestión meramente lúdica, no considero grave que los bloggers anónimos opinen (opinemos) sobre lo que nos dé la gana y sin fundamento alguno. Lo tremendo es que haya gente que se llama a sí misma periodista, y que hace lo propio cobijada en los medios que les pagan el jornal, y sin ningún remordimiento aparente. Aquí los sentimientos son ambivalentes, y el regodeo se mezcla con la desazón. Dicho todo esto, asumo que muchos de los que leen este blog pensarán de mí que soy un cretino y que escribo fatal. Faltaría más, es el (barato) precio que uno debe pagar cuando dedica a esto parte de su tiempo.

Me gusta mucho Marisol (aka Pepa Flores)

Sus películas como niña prodigio eran repugnantes, ética y estéticamente. Pero ella era un auténtico fenómeno de la naturaleza, desde el primer plano en que su rostro se proyectó sobre una pantalla. Me encanta escucharla cantando una canción tan kitsch y absurda como “Estando contigo”, perversión que comparto con mi amiga Lorena. En su posterior etapa de sex-symbol contestataria también me agrada, desde luego. Maravillosa en “Tu nombre me sabe a yerba”, de Serrat.

Me gustan los grasa-bares y los menús del día baratos

Como no soporto las cadenas de hamburgueserías y similares (sólo el olor me provoca náuseas), la única opción que considero para comer fuera de casa a un precio económico es el menú del día. Necesito mi primer plato, mi segundo plato y mi postre. Aquí soy capaz de disfrutar incluso de la paella más reseca y el escalope más grasiento. Por otra parte, admiro ilimitadamente a quienes atienden bien este tipo de establecimientos: me parece un trabajo muy estresante y que requiere una gran diligencia. En Madrid, Marsot, en la calle Pelayo, no es exactamente un grasa-bar, pero su personal (pertenecientes todos ellos a la misma familia) constituye un ejemplo modélico de lo que digo.

Lo paso muy bien con el cotilleo

Aunque, como en todo, aquí tengo que hacer distinciones. No puedo con todos esos programas de televisión llenos de seudo periodistas zafios e ineptos dedicados a destripar a unos personajes casi tan inmundos como ellos. Incomprensible fenómeno español que en ningún otro país que yo conozca alcanza tales magnitudes. Tampoco entiendo la obsesión de muchos por meterse en la vida ajena, juzgando los comportamientos de los demás o baboseando en sus miserias. Pero me encanta que se me revelen secretos, y también encontrar la parte más divertida de lo que se supone chocante o escandaloso. En realidad, creo que la mayor parte de las cosas que son motivo de escándalo para lo que suele llamarse “la sociedad en general” es más bien hilarante, así que disfruto mucho cuando se me hace partícipe de ello.

Me vuelve loco el psicoanális barato

De niño me encantaban, por ejemplo, las películas americanas en las que los conflictos de los personajes se resolvían mediante ecuaciones basadas en clave de folkore psicoanalítico. “Marnie, la ladrona” de Hitchcock, por ejemplo, o casi todo lo que estaba basado en obras de Tennessee Williams. Esta afición se ha moderado con el tiempo, aunque en esencia permanece. La vulgarización del psicoanálisis es un recurso tan facilón y precario que me produce bastante risa, y lo contemplo en términos similares al uso de la fantasía más descabellada.

Bueno, pues estos son algunos de mis gustos menos confesables. Si caigo en la cuenta de algún otro, informaré sobre ello en futuras entradas.

jueves, 26 de marzo de 2009

Una lista más



Los músicos hispanos afirman que Brel cambió sus vidas: no me creo una palabra


Como he mencionado en alguna ocasión anterior, siento verdadera aversión por las listas, en especial las que los periodistas se sacan de la manga de vez en cuando para rellenar unas cuantas páginas. Otra cosa es que, como placer culpable, de vez en cuando me recree en algunas de las que se publican: en estos casos, la intensidad del placer es directamente proporcional a lo absurdo de la lista en cuestión.


El País Semanal publicaba este pasado domingo un artículo que recogía la lista de las cien canciones que cambiaron la vida de los principales músicos hispanoamericanos actuales. En realidad lo que se había hecho era solicitar a una selección de artistas (o lo que sean), en su mayor parte españoles, que eligieran sus canciones favoritas para confeccionar dicha lista. Entre los incluidos en la encuesta estaban David Bisbal, Bebe, Ramoncín, La Oreja de Van Gogh, Melendi, y tal. Los resultados, hay que aceptarlo, representan de manera bastante fiel el estado del arte en el panorama musical español.


La ganadora ha sido “Ne me quitte pas”, de Jacques Brel. Tras ella, la cursilísima “God Only Knows”, de The Beach Boys, la banal “Help!” de The Beatles, “Como el agua” de Camarón de la Isla y “Mediterráneo” de Serrat. Nada demasiado original. Entre las cosas que me hacen levantar la ceja de la lista completa de cien canciones, destaco:



  • La tensión entre lo hispano y lo anglosajón se resuelve con un duelo que revive los famosos partidos de fútbol de folklóricas contra yeyés que se estilaban en otras épocas de la historia española. Las folklóricas tienen en su estandarte a Camarón. Las yeyés abrazan entusiasmadas a The Beatles. Luego hay quien pretende ser al mismo tiempo folklórica y yeyé (Alejandro Sanz), para quedarse, como todos sabemos, en la nada más lamentable.



  • Por el contrario, The Rolling Stones han de conformarse con una sola entrada, en el puesto 25.

  • Jacques Brel tampoco reaparece en la lista, a pesar de su fulgurante primer puesto con la canción más reproducida y banalizada de su repertorio. Nadie parece haber oído hablar de piezas tan maravillosas como “Le plat pays” o “Mon enfance”, ni siquiera de la más popular “La chanson des vieux amants”.


  • Algo similar le ocurre a Edith Piaf, que aparece discretamente en el puesto 30 con “La Foule”, y después nada más.


  • Nada de Brassens, ni de Léo Ferré, ni de Charles Trenet, ni de Barbara, ni de Moustaki, ni de Juliette Gréco, ni (peor aún) de Serge Gainsbourg. De Françoise Hardy o Jacques Dutronc, ni hablamos.


  • Italia sale tan mal o peor parada que Francia. Podemos olvidarnos de Mina, Adriano Celentano o Renato Carosone.


  • La bossa nova tampoco influyó a nadie, al parecer (así nos va). La única canción brasileña del top es… ¡¡¡“Yo quiero tener un millón de amigos”, de Roberto Carlos!!!


  • Por su parte, el tango tiene un único representante, el “Volver” de Gardel. Ni siquiera Piazzolla, que podía haber gustado a los modernos, ha conseguido suficientes votos.


  • David Bowie logra tres entradas, pero no siempre con sus mejores canciones.


  • ¿Billie Holiday? ¿Quién coño es esa?

  • ¿Y Cole Porter? ¿Mandeeeee?

  • Leonard Cohen tampoco interesa. Hay algún colgadillo que lo vota, pero eso no basta para llevarlo al podio.


  • En cambio, gracias a los pocos argentinos encuestados, aparecen el grupo Almendra y su músico Luis Alberto Spinetta, mito de la escena porteña, con dos canciones: “Laura va” y la lírica y sensual “Muchacha (ojos de papel)”.


  • Personalizando un poco, encontramos perlas como que a Bebe le cambió la vida “Coco Guagua” de Enrique y Ana (por favor, no os perdáis el vídeoclip del vínculo), que a la ex-Presuntos Implicados le va Golpes Bajos, o que David Bisbal flipa con “Bailar Pegados” de Sergio Dalma. Sólo la segunda de estas tres opciones sorprende un poco.


  • Falete vota cinco de sus propios temas como sus cinco favoritos. Entre ellos, el “Lo siento, mi amor” de Manuel Alejandro que antes que él inmortalizara Rocío Jurado (“Hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigoooooo”). Como dicen por ahí, qué arte…


En general, lo que deprime un poco en esta lista es su absoluta falta de sofisticación. Todo es tan manido, tan trivial y cateto que da bastante penita. Rescatemos algunas excepciones, que no son siempre las que uno podría esperar: Fangoria (puestazos para Gary Glitter, Sex Pistols, Bowie, Ramones y Lou Reed), Albert Plà y su contralista (¡detesta a Frank Sinatra!), Jaime Urrutia (adora a Marisol... y a Gainsbourg) o Ana Belén (¡viva “Suspiros de España”!). La mayor sorpresa que me he llevado es que, salvo por el primer puesto otorgado a un Bob Dylan que nunca me ha llevado más allá del aburrimiento, la lista de Joaquín Sabina me parece impecable. ¿Tendré que empezar a mirar con mejores ojos a ese hombre, ese poeta urbano español?

martes, 16 de septiembre de 2008

Elegancia, elegantes

A medida que me hago mayor, voy descubriendo en mí manías nuevas. Como aún sigo siendo joven y ya acumulo un número considerable de fobias y aversiones, puedo afirmar sin equivocarme que, en el caso de que llegue a viejo, seré un anciano tirando a insoportable. Uno de esos que siempre está protestando y poniendo los puntos sobre las íes a todo el mundo. No estoy orgulloso de ello, más que nada porque creo que las personas poco críticas son más felices, que es de lo que en última instancia va todo esto. Pero, en fin, así son las cosas.

Una de mis antipatías de última hornada es la que he desarrollado hacia las listas. Cada vez que en un periódico o revista no saben cómo rellenar una sección, lo que ocurre constantemente, algún redactor poco imaginativo se saca de la manga una lista con la que cree estar quedando como un señor. Eso por no hablar de las asociaciones (de críticos, de profesionales de cualquier actividad) que, obligados a justificar su existencia de cara a la galería, han encontrado en las listas un filón de lo más productivo. Aquí el sector cinematográfico americano resulta particularmente prolífico: no pasa una semana sin que nos obsequien un nuevo e imprescindible listado: Las 100 Comedias Más Divertidas De La Historia, Los 50 Villanos Más Terroríficos, Las Mejores Películas Sobre El Holocausto. Los resultados son siempre para tirarse de los pelos.

Y luego está la Lista de las Listas, la que con muy pocas variaciones emiten anualmente las revistas de moda y los semanarios del corazón, que es la de los Hombres Y Mujeres Más Elegantes. Esta es la lista menos ofensiva de todas, porque a fin de cuentas se repite de manera casi idéntica a través de los años y las editoriales: para sacarlo a uno de sus casillas hace falta ser capaz de provocar una mínima estupefacción. Cuando la mayor sorpresa consiste en que este año la princesa X ha pasado del puesto 2 al puesto 5 por no haber dado con su talla justa en aquel estreno de la Ópera, o que en cambio la joven actriz Y ha ganado cuatro posiciones gracias al modelazo de Dior que paseó por la alfombra roja de los Oscars, lo más que se consigue de mí es un bostezo. La única irritación posible es la que inevitablemente acompaña a la pregunta: ¿cómo puede alguien citar entre las mas elegantes a una chica que no es sino el producto de tres estilistas y cuarenta agentes de prensa, y cuyo único mérito consiste en vestir obedientemente lo que esas personas le dicen que vista, y ponerse en manos de los mismos peluqueros, maquilladores y preparadores físicos que también se encargan de modelar otras quince pellas de barro idénticas a ella? La lista masculina es ligeramente más divertida que la femenina porque en ella, junto con los correspondientes ejemplos de lo que acabo de mencionar, también se incluye algún elemento con la vida lo bastante resuelta y la vanidad suficiente como para haber convertido su imagen pública en un circo de tres pistas, cosa que en las chicas suele ser penalizado.

Mi noción de la elegancia no casa con la reproducción mimética de los looks exhibidos en las pasarelas de la última temporada, ni tampoco con la necesidad desesperada de llamar la atención. Pienso en cambio que para ser elegante, o al menos para vestir bien (sabiendo desde luego que ambas cosas no son lo mismo) se necesita auténtica creatividad, combinada con un acusado sentido de la armonía y espíritu crítico, aparte de una personalidad considerable, porque la ropa que uno decide ponerse, y el modo en que lo hace, son decisiones conscientes, sintomáticas por tanto de una determinada esencia. Alguien que sabe vestir es forzosamente alguien que sabe vivir, y para saber vivir hace falta atesorar muchísimas cualidades, entre las que no pueden faltar la generosidad, el sentido del humor, la empatía, la sutileza o el arrojo. No seré yo quien discuta que el buen gusto indumentario es una cualidad superficial y por tanto prescindible, al menos dentro de la escala de valores que considera profundas e indispensables cuestiones tales como el sentido de la existencia humana, el conflicto entre deber y libertad o la búsqueda de la justicia. Y, sin embargo, quien es elegante no puede ser superficial en modo alguno: siempre he considerado a la gente superficial esencialmente ridícula, y nada hay más opuesto a la elegancia que la ridiculez.

Las personas más elegantes tienen una cosa en común con las personas menos elegantes: su aspecto indica que lo mejor de ellos no es ni por asomo la imagen que proyectan. Si trato de pensar en alguien a quien de verdad considere elegante, sólo se me ocurren individuos a los que me gustaría conocer, en el caso de que no los conozca ya. Y no tengo el menor interés por que me presenten, pongamos por caso, a la oveja descarriada de una conocidísima familia de millonarios turineses ligados al negocio automovilístico, o a los andaluces vástagos engendrados por un aristócrata ya fallecido y una todavía resplandeciente ex modelo, aún reconociendo que me conmueve el transparente egocentrismo del primero y a mi vista le agrada el porte algo insulso de los otros dos. En cambio, me encantaría compartir un aperitivo con el actor Louis Garrel, en quien intuyo verdadero carácter y distinción. Por lo demás, de entre aquéllos con quienes sí he tenido el placer de compartir mi tiempo en mayor o menor medida, no se me presenta ninguna duda a la hora de identificar quiénes concentran más elegancia. Todo lo que abarca este concepto según mi visión del mundo lo reúnen el artista Eduardo Sourrouille y el diseñador de moda Rubén Gómez.

Espero que tres nombres no se considere una lista, o habré caído en uno de los vicios que, como indicaba al principio, más me irritan últimamente.