martes, 16 de septiembre de 2008

Elegancia, elegantes

A medida que me hago mayor, voy descubriendo en mí manías nuevas. Como aún sigo siendo joven y ya acumulo un número considerable de fobias y aversiones, puedo afirmar sin equivocarme que, en el caso de que llegue a viejo, seré un anciano tirando a insoportable. Uno de esos que siempre está protestando y poniendo los puntos sobre las íes a todo el mundo. No estoy orgulloso de ello, más que nada porque creo que las personas poco críticas son más felices, que es de lo que en última instancia va todo esto. Pero, en fin, así son las cosas.

Una de mis antipatías de última hornada es la que he desarrollado hacia las listas. Cada vez que en un periódico o revista no saben cómo rellenar una sección, lo que ocurre constantemente, algún redactor poco imaginativo se saca de la manga una lista con la que cree estar quedando como un señor. Eso por no hablar de las asociaciones (de críticos, de profesionales de cualquier actividad) que, obligados a justificar su existencia de cara a la galería, han encontrado en las listas un filón de lo más productivo. Aquí el sector cinematográfico americano resulta particularmente prolífico: no pasa una semana sin que nos obsequien un nuevo e imprescindible listado: Las 100 Comedias Más Divertidas De La Historia, Los 50 Villanos Más Terroríficos, Las Mejores Películas Sobre El Holocausto. Los resultados son siempre para tirarse de los pelos.

Y luego está la Lista de las Listas, la que con muy pocas variaciones emiten anualmente las revistas de moda y los semanarios del corazón, que es la de los Hombres Y Mujeres Más Elegantes. Esta es la lista menos ofensiva de todas, porque a fin de cuentas se repite de manera casi idéntica a través de los años y las editoriales: para sacarlo a uno de sus casillas hace falta ser capaz de provocar una mínima estupefacción. Cuando la mayor sorpresa consiste en que este año la princesa X ha pasado del puesto 2 al puesto 5 por no haber dado con su talla justa en aquel estreno de la Ópera, o que en cambio la joven actriz Y ha ganado cuatro posiciones gracias al modelazo de Dior que paseó por la alfombra roja de los Oscars, lo más que se consigue de mí es un bostezo. La única irritación posible es la que inevitablemente acompaña a la pregunta: ¿cómo puede alguien citar entre las mas elegantes a una chica que no es sino el producto de tres estilistas y cuarenta agentes de prensa, y cuyo único mérito consiste en vestir obedientemente lo que esas personas le dicen que vista, y ponerse en manos de los mismos peluqueros, maquilladores y preparadores físicos que también se encargan de modelar otras quince pellas de barro idénticas a ella? La lista masculina es ligeramente más divertida que la femenina porque en ella, junto con los correspondientes ejemplos de lo que acabo de mencionar, también se incluye algún elemento con la vida lo bastante resuelta y la vanidad suficiente como para haber convertido su imagen pública en un circo de tres pistas, cosa que en las chicas suele ser penalizado.

Mi noción de la elegancia no casa con la reproducción mimética de los looks exhibidos en las pasarelas de la última temporada, ni tampoco con la necesidad desesperada de llamar la atención. Pienso en cambio que para ser elegante, o al menos para vestir bien (sabiendo desde luego que ambas cosas no son lo mismo) se necesita auténtica creatividad, combinada con un acusado sentido de la armonía y espíritu crítico, aparte de una personalidad considerable, porque la ropa que uno decide ponerse, y el modo en que lo hace, son decisiones conscientes, sintomáticas por tanto de una determinada esencia. Alguien que sabe vestir es forzosamente alguien que sabe vivir, y para saber vivir hace falta atesorar muchísimas cualidades, entre las que no pueden faltar la generosidad, el sentido del humor, la empatía, la sutileza o el arrojo. No seré yo quien discuta que el buen gusto indumentario es una cualidad superficial y por tanto prescindible, al menos dentro de la escala de valores que considera profundas e indispensables cuestiones tales como el sentido de la existencia humana, el conflicto entre deber y libertad o la búsqueda de la justicia. Y, sin embargo, quien es elegante no puede ser superficial en modo alguno: siempre he considerado a la gente superficial esencialmente ridícula, y nada hay más opuesto a la elegancia que la ridiculez.

Las personas más elegantes tienen una cosa en común con las personas menos elegantes: su aspecto indica que lo mejor de ellos no es ni por asomo la imagen que proyectan. Si trato de pensar en alguien a quien de verdad considere elegante, sólo se me ocurren individuos a los que me gustaría conocer, en el caso de que no los conozca ya. Y no tengo el menor interés por que me presenten, pongamos por caso, a la oveja descarriada de una conocidísima familia de millonarios turineses ligados al negocio automovilístico, o a los andaluces vástagos engendrados por un aristócrata ya fallecido y una todavía resplandeciente ex modelo, aún reconociendo que me conmueve el transparente egocentrismo del primero y a mi vista le agrada el porte algo insulso de los otros dos. En cambio, me encantaría compartir un aperitivo con el actor Louis Garrel, en quien intuyo verdadero carácter y distinción. Por lo demás, de entre aquéllos con quienes sí he tenido el placer de compartir mi tiempo en mayor o menor medida, no se me presenta ninguna duda a la hora de identificar quiénes concentran más elegancia. Todo lo que abarca este concepto según mi visión del mundo lo reúnen el artista Eduardo Sourrouille y el diseñador de moda Rubén Gómez.

Espero que tres nombres no se considere una lista, o habré caído en uno de los vicios que, como indicaba al principio, más me irritan últimamente.

5 comentarios:

el marido de una elegante mujer dijo...

eh, no me has incluido en tu lista...!

ruben dijo...

Normalmente leer o escuchar hablar sobre la elegancia es aburridisimo, ademas de manido. Esta vez las reflexiones me resultaron bastante certeras y comparto muchas de ellas. pero no se si termino de encajar en ella sin sonrojarme.
Me siento muy alagado.

Pano L dijo...

Marido: me pillas desprevenido. O me das más pistas, o no podré saber quién eres, aunque por tu apodo percibo que quien de verdad corta el bacalao en la pareja es tu elegante esposa...
Rubén: sonrojarse también es muy elegante. Te animo a que no dejes de hacerlo.

el marido de una elegante mujer dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
el marido de una elegante mujer dijo...

Desprevenido...?
Ciertamente, entonces, no estaba en tu lista...

Vive Le Tourbillon...!