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lunes, 14 de marzo de 2011

En Roma


Pasar unos pocos días en Roma hace que uno se olvide completamente de la terrorífica crisis social y moral que asola Italia. Da la impresión de que es imposible que un país que reúne y conserva tanta belleza pueda hundirse del todo en el fango: la experiencia histórica nos asegura que esta impresión es errónea, pero siempre resulta más agradable soñar lo contrario.

En efecto, estuve en Roma la semana pasada, y aproveché para soñar todo lo que pude, y aún un poco más. Era mi segunda visita a la capital del Lacio, pero durante la primera –hace ya unos cuantos años-, demasiado corta, pude ver muy pocas de sus maravillas. Cuatro días tampoco son gran cosa para una ciudad en la que en cada esquina espera una prometedora iglesia, y el interior de cada una de éstas es más bonito y apabullante que el de la anterior, pero menos da una piedra. De todo lo visto, quedé especialmente impresionado por el Panteón, la basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires (construida en el interior de las antiguas termas de Diocleciano), el baptisterio de San Juan de Letrán o la iglesia de Santa María en Trastévere, con sus maravillosos mosaicos y el icono de una virgen Theotokos iluminado tenuemente por velas que creo que es la imagen más impresionante que me he llevado del viaje. Estando en Roma, uno hasta siente la tentación de hacerse cristiano.

Las esculturas de Bernini en Villa Borghese o las maravillas grecolatinas de los Museos Vaticanos tampoco tienen desperdicio. Otra cosa es la visita a la Capilla Sixtina, donde me resultó imposible prestar la menor atención a los frescos de Miguel Angel en medio de un extrañísimo ambiente mitad zoco, mitad campo de refugiados, que constituía en sí mismo y a su manera otra obra de arte (malgré elle, eso sí).

Otra cosa que sorprende de Roma (bueno, de Italia en general) es lo elegantes que son los señores de cierta edad. Cualquier abuelito italiano que uno se encuentra tomando su espresso en la barra de formica de una degustación popular concentra más clase que todos los mocetones que se pasean por esas calles llevando sus ostentosos complementos llenos de logotipos de Gucci, D&G, Cavalli y en ese plan. ¿Degeneración de la raza? Bueno, no estoy seguro de eso: reparé en que muchos adolescentes también tenían muy buena facha. Confiemos en que las nuevas generaciones devuelvan a Italia su proverbial refinamiento estético. Una vez se hayan deshecho de la siniestra gentuza que compone su clase política dirigente, el objetivo puede estar chupado.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Placer culpable invernal


No sabría decir por qué, pero, desde que vi por primera vez "Las canciones de amor", película dirigida por Christophe Honoré en 2007, me acuerdo de esta película en cuanto llega el invierno. Lo que de verdad me apetece es verla en casa, en la pantalla televisiva (¡yo! ¡que por lo general no tengo ningún interés en ver películas fuera de la sala oscura!), tumbado en el sofá y con una taza de algo en la mano. En plan tópico total, vamos.

Lo mejor de todo es que la película en cuestión es de una calidad más bien discretita: ni siquiera es lo mejor que ha hecho Honoré, un director mediano cuyo mejor trabajo es su valiente versión de La princesa de Clèves llamada "La belle personne".

Está claro que "Les chansons d'amour" me interesa y me atrapa por causas totalmente extracinematográficas. Quizá sea porque se trata de uno de los últimos musicales decentes que se han producido, y que el musical es el género más apropiado para estas fechas. Quizá sea por la amable melancolía que hay en él. Quizá por lo guapo que es todo el mundo que sale en ella. O quizá por lo bonita que sale París, que en invierno es una ciudad maravillosa se mire por donde se la mire. El caso es que me viene de inmediato el recuerdo de un invierno en el que trabajé en la capital francesa, y cuando salía a la calle en el barrio residencial de Neully-sur-Seine me maravillaba al sentir cómo el olor a leña de las chimeneas perfumaba el aire de la ciudad. Imagen bastante cursi, lo admito, pero completamente real.

Pero, vamos, se me ocurren placeres culpables mucho peores que una película de Christophe Honoré. Y que canciones como ésta:

http://www.youtube.com/watch?v=h_d3fqMH58s

martes, 7 de septiembre de 2010

México DF, verano de 2010


Artículo que publiqué el mes pasado:

La Ciudad de México ofrece un panorama artístico sorprendendemente prolijo y variado, cuestión sobre la que procederá una revisión exhaustiva en un momento dado. Durante este verano son varias las exposiciones que llaman particularmente la atención, entre ellas varias colectivas junto a la amplia retrospectiva dedicada a la madrileña Cristina Lucas por el museo Carrillo Gil, que no es la única mujer artista destacada estos días en la capital azteca.

México DF, verano 2010

La primera sorpresa que encuentra el aficionado que aterriza en México DF consiste en la amplísima, casi inabarcable oferta de museos, galerías y centros de arte que ofrece la ciudad. La agenda artística posee una variedad y riqueza que bien merece un espacio propio que la exponga y analice suficientemente, pues una guía al respecto no vendrá mal a ningún visitante. Pero de eso ya darán cuenta estas páginas en breve. Este verano se diría que la oferta se ve particularmente reforzada, pues coinciden varias magníficas exposiciones temporales que por sí solas justificarían la visita al país norteamericano (aunque si de alicientes se trata, aún hay muchos otros). Nos centraremos en algunas de ellas.

Al sur de la ciudad se encuentra el Museo de Arte Carrillo Gil, que alberga una colección permanente de las “glorias nacionales” Siqueiros, Orozco y Rivera, el trío de muralistas que alcanzaron la gloria internacional en la primera mitad del siglo pasado, y cuyo peso aún cae como una losa sobre la concepción institucional del arte patrio. Pero, además, ofrece una atractiva programación de exposiciones temporales. En la actualidad, la más destacada es la que se dedica a Cristina Lucas, artista madrileña más que disfruta de un sólido reconocimiento internacional. Interesada en explorar los mecanismos del poder y en especial su aplicación bajo dinámicas patriarcales y/o machistas –aunque no sea éste su único espectro temático, como la propia exposición demuestra-, Lucas presenta en esta “Light Years” un completísimo ramillete de piezas que abarcan diversos formatos: fotografía, dibujos, instalaciones y, sobre todo, vídeos, quizá la parte más popular de su producción. Curiosamente, el trabajo de Lucas resulta más complejo y enriquecedor cuando se separa parcialmente de los temas que la han hecho más conocida (el vídeo “Más luz” (2003), que explora la abrupta desvinculación por parte de la Iglesia católica respecto a el arte y la belleza), mientras que sus últimas piezas sobre la cuestión feminista flirtean fatalmente con la demagogia y la obviedad (“La Liberté Raisonné” (2009) y, sobre todo, “Habla” (2008), en la que la artista, ataviada con un vestido morado, destruye a mazazos una réplica del Moisés de Miguel Angel). En todo caso, la muestra parece encontrar un entorno especialmente oportuno en la capital de un país del que el tópico –y algunos indicios de la realidad, todo hay que decirlo- señalan como atávicamente machista. Profundizando en esta idea, y sin salir de este mismo museo, nos encontramos con “Check Point”, de la dupla de artistas mexicanas Colectivo marcelaygina, jóvenes creadoras que ya han presentado anteriormente su obra en ámbitos como la Bienal de Monterrey de 2008 y en exposiciones colectivas en el Reina Sofía de Madrid, el Museo de Arte de San Diego o la Galería Am Park de Frankfurt. Al mismo tiempo seductor, corrosivo y original, el trabajo de marcelaygina se adentran en cuestiones no muy distintas de las que alimentan el ideario de Cristina Lucas, sobre el que añaden un mayor peso social y del que ofrecen un estimulante complemento. Un arco detector de metales recibe en la entrada al sorprendido visitante, que a partir de entonces se ve inmerso en un viaje que cuestiona la figura de las mujeres fuertes (“luchonas”) que se ven obligadas a adoptar este papel ante el opresivo ejercicio del poder masculino, entre otros tópicos establecidos.

Otra creadora, una primera figura de la escena internacional, presenta en la Sala de Arte Público Siqueiros, situada en el barrio residencial de Polanco. En “Estructuras de lo aparente” se presenta una ambiciosa vídeo instalación que se ideó en paralelo a su película “Pepperminta” (2009), que ya fue presentada con disparidad de opiniones en una sección paralela del festival de Venecia del pasado año. Onírico y colorista, el trabajo de Rist encaja también como un guante en un país que destaca por su fabuloso eclecticismo y exuberancia visual.

Otra exposición imprescindible es una de las que ofrece el Museo Universitario El Chopo, cuyo impresionante contenedor acoge una aquilatada selección de piezas de varias de las principales vedettes contemporáneas, desde Hirst hasta Goldin, la mayor parte de las cuales se encuentran en manos privadas –no hay que dejar de leer la extensísima y reveladora lista de agradecimientos que se ofrece a la entrada- empastadas por una dudosa y peregrina amalgama que parece centrarse en la idea romántica del vampirismo y la fascinación fetichista de la juventud.

Otra colectiva que no puede pasarse por alto es la organizada por Kurimazutto, una de las mejores –y más espectaculares- galerías privadas de la ciudad. En “Panamericana”, inspirada por el bicentenario de las independencias latinoamericanas, se presenta un amplio muestrario de la creatividad más actual en países como Argentina, Puerto Rico, Colombia, Brasil, Cuba o el propio México. Comisariada por el costarricense Jens Hoffmann, la exposición se integra perfectamente y realza el magnífico espacio de la galería, mientras ofrece una elevada calidad creativa.

Por último, hay que destacar la presencia del catalán Adrià Julià (en el Museo Tamayo) y el vasco Eduardo Sourrouille (en la galería Luis Adelantado México), el primero en un registro más bien críptico, y el segundo profundizando con transparencia en su visión sobre las relaciones humanas, la búsqueda de la propia identidad y los complejos vericuetos del amor.

En suma, un completísimo panorama que invita a una revisión larga y pausada. Y eso que de él sólo hemos ofrecido aquí unas pequeñas píldoras representativas.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Crónicas mexicanas (y 4): Chapultepec


No quisiera cerrar el capítulo mexicano –habrá quien diga que ya está bien con la murga- sin mencionar el lugar que he encontrado más alucinante en un país donde la alucinación no es un estado transitorio, sino pura cotidianeidad. Hablo del castillo de Chapultepec.

Chapultepec es una región de la capital azteca en la que se ubica la principal área verde de la ciudad, un enorme bosque que lleva el mismo nombre. En su centro hay un montículo –o cerro- desde el cual se disfruta de una espléndida vista sobre el DF, pero sobre todo lo que allí destaca es un gran palacio del siglo XVIII, conocido como el castillo de Chapultepec.

A priori, la idea de un castillo en América no parece mucho más lógica y razonable que la de un castillo en Marte, pero como de todos modos México en general es pura marcianada, el tal castillo no sólo existe, sino que es una auténtica maravilla. Construido originalmente como retiro campestre del Virrey, tuvo más tarde otros usos diversos, destacando de entre todos su desempeño como residencia oficial del emperador Maximiliano y su esposa Carlota. Porque, vamos a ver, ¿dónde iba a vivir el bueno del emperador, sino en un castillo? Menos mal que estaba éste, y que además era digno, con lo que no hubo que construir otro ex profeso (un emperador mexicano: no me digáis que esa no es otra idea de lo más delirante). No hay nada de “disneyiano” o de artificioso en él: por extraño que parezca, el castillo posee tanta consistencia y tanta materialidad como cualquier château medieval de la ribera del Loira.

En todo caso, el lugar es una auténtica maravilla. Habilitado en la actualidad como casa-museo, exhibe al visitante lus lujosas salas y cámaras, así como una amplia selección de objetos que nos aproximan a la vida en los distintos periodos que ha atravesado el edificio. Por otra parte, el panorama que se contempla desde sus patios y terrazas es sublime. Por el lugar planean –al menos cuando yo estuve allí- unas enormes mariposas amarillas, lo que contribuye a aportar un raro ambiente onírico a la experiencia. Un auténtico sueño: es el mejor resumen que se me ocurre de la visita. Si viajáis a Ciudad de México (¿pero a qué estáis esperando?), ni se os ocurra perdéroslo.

martes, 10 de agosto de 2010

Crónicas mexicanas (3): Arte en el DF


Una de las cosas que más me ha sorprendido de México es la descomunal cantidad de museos que alberga. Está, por supuesto, el imprescindible de antropología (extraordinario edificio, más extraordinario aún su contenido), que muestra todo tipo de maravillas precolombinas y que posee una extensión inabarcable. Y varios museos donde se puede contemplar arte más o menos clásico y varias de las glorias nacionales, como el Museo del Palacio de Bellas Artes o el Museo Nacional de Arte (MUNAL). Pero es el arte moderno el que tiene aquí su paraíso: soy incapaz de recordar con precisión todos los museos en los que estuve. Hay varios museos bautizados con los nombres de artistas o mecenas ilustres, y también tenemos los universitarios, y qué se yo. Hay otro museo, el Soumaya, que se encuentra en construcción y que es ya uno de los edificios más espectaculares de la ciudad. Y luego está el de Artes Decorativas Franz Mayer, que también merece la visita.

Debo decir, en todo caso, que la mayor parte de estos museos estaban casi vacíos cuando los visité. En alguna ocasión, sin el casi. Así que de dónde procede el presupuesto para tanto arte conceptual y rabiosamente actual, y sobre todo por qué se ha dedicado aplicar precisamente a este destino, me resulta un completo misterio.

Caso aparte son las galerías de arte privadas. Uno, acostumbrado a la relativa modestia de los espacios de las galerías de Madrid, se queda boquiabierto al penetrar en los dominios de los galeristas más prestigiosos del DF. Algunos de los espacios son tan poderosos que casi boicotean el impacto de las propias piezas exhibidas. Entrar en la galería Kurimazutto, por ejemplo, supone una experiencia similar a cuando la Bella entraba en el castillo de la Bestia en la peli de Cocteau. Aparte, todo resulta terriblemente sofisticado y da la impresión de una organización impecable.

Los muralistas Orozco, Rivera y Siqueiros, y por supuesto Frida Kahlo, como era de esperar, son auténticos iconos nacionales cuya obra está más que presente en museos y edificios institucionales. A mí no es que me vuelvan loco, pero hay que reconocer su talento para alcanzar la gloria en vida y mantenerla hoy en día (en el caso de Kahlo, aún multiplicada). En el Palacio de Bellas Artes pueden contemplarse varios de los trabajos de estos autores, mientras que el Palacio Nacional alberga el ambicioso y prolijo mural de Rivera sobre la historia de México. En el MUNAL destaca la sala dedicada a una tal María Asúnsolo, mecenas y epítome de la belleza que fue al parecer musa de Siquieros, y que se hizo retratar por éste y otros pintores de su época.

Mi principal recomendación es, en todo caso, la visita la Casa Azul, la casa-museo de Frida Kahlo. No tanto por contemplar la obra de la susodicha (lo que tampoco está mal, de todos modos), como por el modesto apartado destinado a exhibir algunos de los exvotos populares expoliados por la pintora y su marido en algunas iglesias mexicanas. Estas raras muestras de arte popular son absolutamente maravillosas, una verdadera exquisitez. También hay algo de arte popular en el Franz Mayer, incluyendo unos santos y vírgenes que parecían creaciones góticas. Todo esto me hizo preguntarme por qué el arte popular mexicano alcanzó semejantes cuotas de creatividad, influyendo en los artistas digamos profesionales, el contrario de lo que suele ocurrir por lo general.

Vamos, que, de verdad, el aficionado al arte no se aburrirá un instante si visita el DF. Como el resto.

jueves, 29 de julio de 2010

Crónicas mexicanas (2): De comida


Ya que hablamos de tópicos relacionados con México, allá va otro: la comida mexicana es una rutina compuesta de tortillas de maíz, frijoles y aguacate, y además todo sabe igual, porque se presenta enmascarado por litros de salsa picante.

La enésima majadería popular relativa al país de María Félix.

En realidad, la gastronomía mexicana es variadísima y terriblemente delicada. Se consumen toda clase de verduras, carnes y pescados. Puede que estos últimos no tengan el intenso sabor característico de las especies del Cantábrico, pero tal desventaja se suple con preparaciones tan deliciosas como la veracruzana, con tomate, cebolla y aceitunas. El huachinango y el róbalo son dos de las especies locales más habituales en las cartas de los restaurantes. El sabor de los chiles está lleno de matices, y anima fantásticamente los platos del país. Y, aunque no todo son tacos, diré que éstos suelen estar exquisitos: sobre todo si uno los come en El Califa.

Dos descubrimientos de primer nivel. El primero, el nopal, que es como los mexicanos llaman a la chumbera, y que además forma parte del símbolo nacional azteca. Quién iba a decirnos que la carne de lo que no es otra cosa que un cactus iba a resultar tan sutilmente sabrosa. En ensalada o preparada con queso es una auténtcia delicia. Por lo que he podido averiguar, además, el nopal concentra todo tipo de propiedades nutricionales, así que propongo –de manera altruista, porque yo soy así de generoso- una gran idea de negocio para los emprendedores: poneos a vender chumberas para consumo humano ahora mismo. Es el alimento del futuro.

El otro descubrimiento al que os animo a entregaros es el huatlicoche. Se trata de un hongo parasitario de las mazorcas de máiz, de disuasorio color gris negruzco, pero que posee un sabor absolutamente único y maravilloso. Es habitual en tortillas y acompañado de queso, pero recomiendo degustarlo lo más aisladamente posible para apreciar mejor su complejo gusto. Precisamente fue una negra sopa de huatlicoche lo que más me gustó de todo lo que pude probar durante mi estancia en el DF. Pienso en ella y se me hace la boca agua.

Por otro lado, según me pareció apreciar, el mexicano medio come mucho y en cualquier momento. Las calles están plagadas de puestos de comida donde el género se despacha abundantemente y a precios irrisorios, y cuando uno entra en un comercio no resulta extraño encontrarse al dependiente en pleno proceso de degustar un taco o una tapa (allí llamada “antojito”). El resultado es que la tasa de obesidad de la población resulta alarmante a nada que uno sea un poco observador, pese a las campañas institucionales que aconsejan una alimentación equilibrada.

Claro que una de las primeras cosas de las que uno se da cuenta es que México es un país de contrastes. Y esto de la comida no iba a ser una excepción.

domingo, 25 de julio de 2010

Crónicas mexicanas (1)


Quienes seguís este blog, quizá hayáis notado que durante un tiempo no lo he actualizado con la frecuencia habitual. Como quizá también habréis supuesto, esto se debe a que he estado de vacaciones. En México (esto último no teníais por qué notarlo o suponerlo).

¡Qué país tan seductor y tan increíble! Los españoles tendemos a pensar en Latinoamérica como un todo más bien homogéneo y uniforme, y además culturalmente muy similar a nuestro propio país, cegados por la engañosa amalgama de la lengua castellana. No sabemos hasta qué punto nos equivocamos. El principio de la semejanza puede darse en algunos casos (recuerdo también maravillado mi viaje a Buenos Aires hace ya unos añitos), pero se incumple casi siempre. Para un español, viajar a México es como viajar a Marte, con la particularidad de que los marcianos hablan su mismo idioma.

Por otra parte, la capital del país, Ciudad de México, rompe o pone en crisis la mayor parte de los tópicos con ella relacionados. El primero de ellos, que se trata de una población fea y peligrosa. ¡Menuda sandez! En primer lugar, el Centro Histórico de la ciudad está lleno de maravillas arquitectónicas, de preciosos palacios institucionales y casas señoriales procedentes del pasado virreinal. Algunos de los barrios más residenciales, como la Colonia Roma o parte de la Condesa, son también muy bonitos y elegantes, pero, además, hay barrios periféricos (¡Coyoacán!) de una belleza modesta y peculiar, dotados de un encanto irresistible. En el resto impera el eclecticismo más absoluto, lo que también termina conformando una forma particular de belleza. Luego está la tendencia a la desmesura de la escala tan habitual en las grandes ciudades de América latina, esa implacable brutalidad en los rascacielos, las avenidas y los monumentos públicos, que aplastan al paseante, justo después de llevarlo a la asfixia. El conjunto de todo ello me parece, a su manera, tan hermoso como puedan serlo Roma, París o Praga. Insisto: a su manera.

En cuanto a lo del peligro… No dudo que pueda haber en el DF zonas donde uno se juegue la vida sólo con pisarlas –como ocurre en cualquier gran ciudad-, pero desde luego en todas las partes en las que estuve yo me sentí siempre perfectamente a salvo. O yo soy un completo inconsciente, o esa ciudad no es mucho más peligrosa que Madrid o Nueva York.

Otros dos tópicos sobre México, éstos de carácter más idiosincráticos, se cumplen sólo en parte. El nacionalismo: en efecto, es evidente que los mexicanos adoran su país, y que el águila y el nopal (chumbera), símbolo nacional, poseen una presencia abusiva, pero por fortuna a la hora de la verdad todo resulta muy naïf y muy superficial, y nadie se toma la cuestión nacional muy en serio. En resumen, que hablar de la nacionalista México es como hablar de la católica España. Luego está otro tema peliagudo, que es el machismo. Al respecto, debo decir que presencié allí alguna situación que en la España actual habría resultado más bien chocante, pero que en el fondo uno nota que la sociedad mexicana es esencialmente machista en menor medida por el efecto directo que por la reacción por ello suscitada. La mayor parte de las mujeres mexicanas que he conocido poseían una fuerte personalidad, y daban la impresión de hacer todo lo posible para que se notara. Incluso a la hora de prepararse para salir: en cualquier cóctel, cena o evento, los hombres tienden a mantener un look digamos “relajado”, mientras que las mujeres aparecen de punta en blanco, creando un efecto bastante extraño: ellos parece que van a un concierto de rock, mientras que ellas dan la impresión de estar haciendo un alto en su camino hacia la boda de su mejor amiga. Pero ni de lejos se ponen como muñequitas emperifolladas: por el contrario, aparecen ante los ojos de los demás vestidas para matar, encaramadas con decisión sobre sus Louboutins. Casi dan miedo. A su lado, cualquier española, francesa o italiana parecería una niñita desgarbada. Otro dato más revelador de lo que podría pensarse: la cirugía estética facial está sorprendentemente poco extendida tanto entre las jóvenes como entre las mayores. Allí, por algún motivo que convendría analizar, las mujeres no parecen encontrar alicientes para alterar sus rasgos o proporcionar tensados artificiales a su piel. Lo que no deja de ser un alivio.

Por último, eso de que los mexicanos son unos borrachuzos de tomo y lomo es la mayor chorrada de todas. Y os aseguro que no hay mucha gente más apropiada que yo mismo para juzgarlo, ya que desde hace tiempo no bebo una gota de alcohol. Puede que el tequila y el mezcal se consuman con generosidad, pero -ya sea por costumbre fisiológica o por mero civismo- todo el mundo mantiene en todo momento su dignidad y su chispa. No recuerdo haber presenciado ninguna escena de borrachos lenguaraces como las que suelen aparecer en las películas, y en particular me sorprendió el modo en que actuaban los fans futbolísticos el día de la victoria española en el Mundial, que allí se vivió como si fuera propia. Unas multitudes bastante estimuladas abarrotaban la plaza de la Cibeles (sí, en México DF hay otra Cibeles), pero nadie se arrastraba por el suelo, ni daba la impresión de buscar pelea, ni se daba al vandalismo, ni aullaba incongruencias, ni nada por el estilo. Simplemente estaban felices y se divertían. Punto. Ojalá en España ocurriera lo mismo en ese tipo de ocasiones.

En fin, que puedo afirmar que mi viaje a México ha resultado ser, contra mis pronósticos iniciales, el más extraordinario de todos los que he hecho hasta ahora. Lo confieso: he tenido un flechazo.

Seguiré dando cuenta de todo ello en próximas entradas.

lunes, 10 de mayo de 2010

En Ginebra


Resulta increíble hasta qué punto Ginebra cumple obedientemente con todos los tópicos que le atribuyen. Aunque un fin de semana no es mucho tiempo, y es por tanto probable que me esté precipitando en mi valoración, la ciudad suiza me ha parecido tranquila, cómoda, limpia, segura, burguesa y moderadamente aburrida. Compañías de seguros, bancos, relojes, chocolates, quesos y crucecitas blancas sobre fondo rojo por doquier. Y un bonito barrio antiguo, que atestigua generaciones y generaciones de confort y abundancia económica. La parte moderna posee todo el aire decadente del “has-been” -¡qué gloriosos años 60 y 70 debieron de vivirse allí!-, pero hay que admitir que también está hecho con cierto gusto.

Al mismo tiempo cosmopolita y provinciana, Ginebra tiene como principal activo una población esencialmente desarraigada –nadie parece ser de allí, todo el mundo es italiano, o francés, o alemán, o español, o norte o sudamericano- y la interesante anormalidad de un lago donde otros (como Barcelona) tienen el mar. En suma, que la visita merece la pena, como la merece casi toda experiencia que sea insólita en algún sentido.

Y, por si hicieran falta más alicientes, está la exposición de Eduardo Sourrouille en la galería Krisal, situada en el plácido barrio ginebrino de Carouge. ¿O qué pensabais?

domingo, 4 de abril de 2010

En Oporto


Entre otras cosas, lo que uno intenta hacer en sus vacaciones es desconectar de la operativa habitual, hasta el punto que no es raro que valoremos la bondad de los días de asueto en función del grado de “desconexión” que se ha logrado.
En mi caso (como en el de mucha gente), la desconexión de la rutina implica también la desconexión de la red, con este blog a la cabeza. Por eso hace una semana larga que no lo actualizo.

Pues bien: vuelvo a la rutina, que ya va siendo hora. Y lo hago precisamente para dar un par de pinceladas sobre mis vacaciones, por si a alguien le interesara el tema (nunca se sabe lo que puede interesar a las personas).

El caso es que la mayor parte de la Semana Santa la pasé en la ciudad portuguesa de Oporto. La idea era básicamente huir de las procesiones –folklore y religión de la mano y elevadas a la enésima potencia: ¿cabe imaginar mayor pesadilla?- sin trasladarme demasiado lejos, y puedo decir que lo conseguí. Pero además la visita me sirvió para realizar algunos descubrimientos, lo que siempre es de agradecer.

El primer descubrimiento fue la ciudad en sí. Oporto es un tipo de ciudad cada vez más inusual, al menos en Europa: la Vieja Capital Aún No Remozada. Sus calles estrechas, sus empedrados, sus vetustos comercios –maravillosas tiendas de ultramarinos-, sus cafés decididamente cutres, sus abigarrados barrios populares, crean un ambiente cercano a la alucinación. Mención aparte para un nuevo testimonio de la obsesión de los portugueses con los azulejos, que decoran algunas de las fachadas civiles y religiosas más impresionantes. Las enormes gaviotas sobrevolando las plazas del centro también contribuyen a la irrealidad ambiental. Y la visión del Duero desde sus puentes no tiene precio. Conclusión: hay que conocer Oporto a toda costa. Daos prisa, antes de que cambie.

Dos visitas imprescindibles en las afueras de la ciudad. La primera, el salón de té y restaurante Boa Nova, diseñado en 1958 por el arquitecto Alvaro Siza y ubicado en la localidad costera de Leça das Palmeiras. Según nos aseguró el maître, todo el mobiliario que decora el comedor principal es original. El lugar no sólo es precioso, sino que en él se come francamente bien (sabroso arroz de marisco).

La otra visite resultó aún mejor. El Museo Serralves es el centro de arte más visitado del país luso, aunque las exposiciones que nos encontramos tampoco llamaban al entusiasmo. Ahora bien, el edificio está rodeado por un fantástico y descomunal jardín, un entorno natural de belleza embriagadora y algo artificiosa, que esconde una auténtica joya. Se trata de una villa originalmente construda por el conde Carlos Alberto de Prado, una mansión art déco que también puede visitarse y resultó ser una de las casas más increíbles en las que he estado nunca. Por una vez, me faltan las palabras para describirla. Se presenta al público sin un solo mueble, y ni falta que le hace para generar la certeza de que uno podría ser feliz sólo por vivir en ella. Indescriptible la sensación de armonía, confort y equilibrio que producen sus luminosas estancias.

No puedo imaginar mayor lujo en la habitabilidad de un espacio.

sábado, 27 de marzo de 2010

Tim Burton en el MOMA


Crítica publicada el mes pasado:

El MoMA de Nueva York ofrece estos días una exposición dedicada al cineasta norteamericano Tim Burton, que reúne el privilegiado doble estatus de niño mimado de las taquillas y artista ampliamente reconocido. Revisión de un mundo personal, y de un autor que en los mejores casos ha sido capaz de crear una extraña poesía.

El mundo de Burton en Nueva York

En los últimos meses, hemos sido testigos de al menos dos buenas exposiciones dedicadas a cineastas: una, la de la donostiarra Tabakalera sobre “Un perro andaluz” de Luis Buñuel, ya revisada en estas mismas páginas; otra, “Fellini, la Grande Parade” recién terminada en el Jeu de Paume, y que pronto podrá verse en el CaixaForum de Barcelona. Buñuel y Fellini son dos de los más grandes directores de cine de su época (y de todas las épocas), creadores de un universo personal e intransferible, poseedores de una creatividad desbordante, autores de extensas filmografías, y sobre cuyo trabajo existe abundante material de todo tipo. Resultaban, por tanto, inmejorables candidatos para el formato expositivo, y dignísimos inquilinos para un centro de arte.

El MOMA ha retomado el testigo eligiendo a un director que, en parte, reúne la batería de características antes expuestas: en efecto, Tim Burton es un autor bastante reconocido, posee una imaginería y un mundo personal muy fácilmente reconocibles, y su creatividad parece fuera de toda discusión. Por otro lado –lo que forzosamente ha debido de resultar aún más interesante a ojos de los responsables del centro neoyorquino-, el idilio entre Burton y el público está firmemente asentado desde hace dos décadas, y en los tiempos que corren conviene a toda costa atraer visitantes. Desde luego, puede decirse que en este sentido la operación se ha saldado con un éxito rotundo: la hiperpoblación en las salas que acogen la exposición sobre el cineasta es constante, hasta el punto de dificultarse seriamente la contemplación y el disfrute de las piezas expuestas. Lo que, según desde el prisma desde el que se observe, puede considerarse una buena noticia.

Vayamos por partes. Sería absurdo negar que la idea de dedicar una exposición retrospectiva a Tim Burton (Burbank, California, 1958) carece de astucia. Desde luego que existen muchos directores en el mundo con más méritos artísticos que Burton (y unos cuantos sólo en los Estados Unidos), pero pocos han sido capaces de elaborar un universo visual propio tan ampliamente identificable, y sobre todo tan apto para el formato expositivo, que es lo que al fin y al cabo de lo que trata el asunto. Por otra parte, sorprende la ingente cantidad de material que Burton y sus colaboradores (directores artísticos y diseñadores de vestuario, básicamente) han generado para construir los elaborados looks visuales de sus películas. Así, el mundo burtoniano, sus ambientes de un gótico naïf, sus personajes que rozan la monstruosidad, sus poéticas historias de inadaptación, se apropian del museo neoyorquino a través de más de setecientos dibujos, pinturas, fotografías, películas, marionetas, maquetas, trajes y elementos escenográficos. Algunas de las influencias más evidentes en la obra de Burton (el expresionismo alemán, el trabajo de Todd Browning y el cine de monstruos de la Universal) se resaltan como era de esperar, aunque otros (ni rastro de Jean Vigo o Jean Cocteau) aparentemente son pasados por alto. Entre lo más interesante (los estupendos dibujos y bocetos elaborados al inicio de la carrera del director) y lo más espectacular (un cochecito para bebé pingüino, trajes y muñecos para “Mars Attacks!”), la muestra resulta sumamente agradable de contemplar, incluso aunque no perdure en la mente del espectador una vez que éste ha abandonado el museo neoyorquino.

Resulta difícil, contemplando la exposición, hacerse una idea de la evolución que ha experimentado la carrera del cineasta californiano, por lo que quizá no esté de más un breve repaso de la misma. Después de deslumbrar con la oscura poesía de las bellísimas “Vincent” (1982) y “Frankenweenie” (1984), Burton se puso al servicio del extravagante cómico Pee-Wee Herman con “Pee-wee’s Big Adventure” (1985), tras lo cual engendró la alocada y entrañable historia de zombis de “Beetlejuice” (1988). Inmediatamente después vendría el gran triunfo con los blockbusters “Batman” (1989) y “Batman returns” (1992), que le concedió de manera definitiva el envidiable sello de autor capaz de atraer al gran público. Mientras tanto, conseguía ejecutar sus dos mejores trabajos, las maravillosas Edward Scissorhands (1990) y Ed Wood (1994), donde aparecían con mayor transparencia y poder emotivo algunos de sus temas más característicos: el drama y la grandeza de ser diferente, el impulso creativo como don y motor vital. Su carrera posterior ha alternado los proyectos más personales, pero ya no tan logrados (Big Fish, 2003) con mediocres productos comerciales (su absurdo remake de El planeta de los simios de 2001), mientras obtenía resultados mucho mejores al aplicar su talento visionario a la técnica de la animación (Nightmare Before Christimas, Corpse Bride). Su plana versión de “Charlie y la Fábrica de Chocolate” no aportaba nada a la extraordinaria novela original de Roald Dahl, ni a las ilustraciones que para la misma realizó Joseph Schindelman. Mientras, en todo el mundo se calientan motores para el último proyecto de Burton, de estreno inminente. Se trata de una adaptación de la Alicia de Lewis Carroll con un espectacular reparto que incluyen a los habituales Johnny Depp y Helena Bonham-Carter junto a Anne Hathaway y la joven Mia Wasikowska. Resulta curioso comprobar a tenor del abundante material gráfico promocional en circulación cómo, una vez más, el resultado parece deber mucho a sus precedentes, en especial a la conocida versión de Walt Disney sobre este clásico. Por otro lado, no parece descabellado pensar que la apuesta del MOMA forme parte de la ingente maquinaria promocional de una cinta carísima, que ha de arrastrar masas a los cines si pretende recuperar la inversión realizada.

viernes, 5 de marzo de 2010

Bilbao-New York


Crítica que publiqué a mi regreso de Nueva York:

La sede de la Fundación Cristóbal Gabarrón en Nueva York muestra una selección de los resultados de la labor de Bilbao Arte desde su creación, hace poco más de una década. El singular edificio neoyorquino que acoge la exposición posee, además, un particular encanto.
Bilbo Arte goes to new York


Dese su inauguración hace ya doce años, la Fundación Bilbao Arte se ha consolidado como uno de los principales dinamizadores del medio artístico en la capital de Bizkaia. La institución dirigida por Javier Riaño ha atendido con notable diligencia su vocación de apoyo a la comunidad artística, poniendo a su disposición diversas herramientas y medios materiales que han facilitado su labor. El resultado se asemeja mucho a lo que en términos futbolísticos se llama una cantera, y que sin emplear nomenclatura deportiva alguna constituye un nutrido ramillete de artistas y obras que justificarían el orgullo de sus artífices. Desde Bilbao Arte no sólo se convoca cada año unas becas decididamente cotizadas dentro de la comunidad de los jóvenes artistas vascos, sino que entre sus líneas de acción figuran igualmente la organización de cursos y conferencias, el intercambio de artistas con otros centros artísticos, la puesta a disposición de espacios y medios técnicos y, sobre todo, la organización de exposiciones consagradas a artistas tanto emergentes como consolidados. La nómina de creadores, tanto vascos como foráneos, que desde 1998 han visto su nombre vinculado a Bilbao Arte resulta impecable. Entre otros, han expuesto en sus salas Carles Congost, Eulalia Valldosera, Manu Arregui, Itziar Okariz, Erwin Olaf o Manolo Valdés. Y no menos impresionante resulta la lista de artistas residentes, que han elaborado sus proyectos empleando para ello los medios cedidos por la institución.

Es precisamente una selección de veinticinco de estos artistas lo que se ha presentado estos días en la sede neoyorquina de la Fundación Cristóbal Gabarrón, situada en una localización privilegiada, en pleno Midtown de Manhattan. Ejecutada en colaboración entre ambas instituciones, la muestra colectiva ha reunido una veintena de piezas realizadas a lo largo de la década larga de existencia de Bilbao Arte. El concepto expositivo es sumamente sencillos: así, las pinturas, fotografías y esculturas se exhiben en una gran sala de paredes blancas. Comparecen aquí los trabajos de Judas Arrieta, Naia del Castillo, David Cívico, Mikel Eskauriaza, Amaia Lekerikabeaskoa, Carlos Irijalba, Iñigo Tena, Ibon Garagarza, Abigail Lazkoz, Kepa Garraza, Zuhar Iruretagoiena, Eduardo Sourrouille y Alberto Albor, cuya estupenda “El miedo acaba con el sueño” era, por cierto, una de las últimas exposiciones individuales presentadas por Bilbao Arte. Además, una única (y por desgracia insuficiente) pantalla televisiva colocada junto a la entrada ofrece una selección de trabajos de vídeo arte, obra de Inazio Escudero, Fermín Hernández & Arturo Artal, Raquel Meyers, Txuspo Poyo, Fermín Moreno, Pablo Pérez y Elssie Ansareo & Eduardo Sourouille.

Como puede apreciarse en esta lista, el fotógrafo Eduardo Sourrouille (Basauri, 1970) figura con dos trabajos que representan con bastante fidelidad la evolución de su trabajo a lo largo de la última década. En la instantánea “A 4 patas (Si dices algo ahora, te creeré)”, de 1999, se pliega, vestido de blanco y con la cabeza empolvada, indefenso y vulnerable, al ojo del espectador. En “E & E”, vídeo de inspiración musical realizado en 2008 en colaboración con la artista mexicana Elssie Ansareo, en cambio, ofrece una imagen de rutilante dinamismo y desenvoltura para escenificar la complejidad de las relaciones humanas. Del “yo” al “otro”, de la introspección a la interacción, del despojamiento al oropel, asistimos de este modo, con la máxima transparencia y el mínimo empleo de recursos, a la trayectoria vital y profesional de un artista y, quizá también, a una encarnación tan involuntaria como certera de lo que ha implicado Bilbao Arte en su ámbito de actuación desde 1998.

Destaquemos, en último lugar, el interés intrínseco del entorno que acoge la exposición. La sede norteamericana de la Fundación Cristóbal Gabarrón es un magnífico edificio, destinado en su inicio a servir como cochera para los carruajes que atendían a los acomodados habitantes de las mansiones emplazadas en los alrededores. Su original fachada de ladrillo rojo, sus paredes interiores recubiertas con azulejos blancos rectangulares a los que el paso del tiempo ha conferido una belleza inesperada, la magnífica pila del baño (que al parecer servía originalmente para abrevar a los caballos) atestiguan tan curioso origen, en homenaje al cual se ha bautizado al centro como “Gabarron Foundation Carriage House Center for the Arts”. La posterior remodelación del edificio data de los años 80, cuando fue convertido en el espléndido loft habitable en tres alturas que es hoy en día. Además de servir como marco de exposiciones de arte, también acoge recepciones y otros eventos, y ha sido empleado como escenario cinematográfico: más recientemente, en dos secuencias clave de la película “Si la cosa funciona”, de Woody Allen. La visita al edificio complementa la otra, principal, que tenía por objeto la exposición artística. Y juntas componen una buena razón para que los aficionados a las experiencias estéticas se acerquen cuanto antes a la isla de Manhattan.

martes, 2 de febrero de 2010

Tennessee Williams y lo pasado de moda


Cuando yo era niño, mostraba una preocupante afición por lo truculento. Preocupante sobre todo para mi madre, que me miraba como temiéndose lo peor. El caso es que entre mis preferencias había un hueco especial para todas las películas basadas en obras de teatro de Tennessee Williams. Calor sureño, sexualidades restallantes, histeria y frustración. ¿Cómo no iba a fascinarme aquello? Si al cóctel le añadíamos incesto, canibalismo y lobotomía (ése era el caso de “De repente… el último verano”) ya era la felicidad absoluta. Adoré esa absurda pieza, y su descabellada adaptación cinematográfica con Katharine Hepburn, Liz Taylor y Montgomery Clift, hasta bien entrada la adolescencia.

El mito Williams no se me cayó hasta que tuve veinte años, o así. Fue cuando presencié una adaptación de “La gata sobre el tejado de zinc caliente” protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón y Toni Cantó. Lo pasé fatal: no sólo porque el montaje fuera infumable (lo era), sino sobre todo porque me di cuenta de lo mal que había envejecido el teatro de Williams. Ya estaba pasadísimo cuando a mí me gustaba, pero si ante un renacuajo sabihondillo aún podía ejercer un intenso poder de fascinación, la cosa se pone más difícil cuando entra en juego un espectador adulto y con cierta visión del mundo. Los floridos diálogos de Williams, la oscura naturaleza de los conflictos que expone, sus damas sureñas al parecer basadas en la madre y la hermana del propio escritor (las dos, locas de atar) siguen conservando cierto encanto, pero se trata de un encanto irremediablemente kitsch. Teniendo plena consciencia de ello, uno aún se lo puede pasar pipa con todo ello, pero difícilmente se lamentaría porque al dramaturgo jamás lo propusieran para el premio Nobel.

Bueno, cuento todo esto porque en el mes pasado compré en una librería de Nueva York un viejo ejemplar de las “Memorias” publicadas por Williams en los años 70. Esperaba algo revelador, o al menos algo escrito con cierto garbo estilístico, pero no fue así. A cambio, el libro tuvo la virtud de descolocarme por completo. Superficial, ligerito de tono, pasaba completamente de cuestiones como la génesis artística de las obras del escritor, su visión de la disciplina teatral o la literatura, para centrarse en narrar una serie de anécdotas más o menos escabrosas, donde el sexo ganaba claramente la partida. Es decir, que se trataba precisamente del tipo de libro que por lo general lleva la suculenta etiqueta de “biografía no autorizada”… ¡Sólo que estaba escrita por el propio biografiado! Además, le ocurría justo lo mismo que al grueso de la obra de Williams: en pleno siglo XXI, se le ha pasado el arroz. Puede que hace treinta y tantos años sus recuerdos de chaperos romanos, sexo en playas iluminadas por la luna y violentos marineros encontrados en Times Square suscitaran escándalo y morbillo, pero hoy en día estamos muy lejos de llevarnos las manos a la cabeza por cosas así. No sé si se debe a que la sociedad occidental ha madurado lo suficiente o a todo lo contrario (¿efectos colaterales de la telerrealidad y demás?) : me limito a constatar que me parece difícil que, si se publicaran hoy en día, las memorias de Tennessee Williams levantaran mucha polvareda, ni muchas cejas tampoco.

He encontrado en el libro, sin embargo, algunos bonitos pasajes. Lo relativo a su pobre hermana Rose (internada en varias clínicas psiquiátricas y sometida a una espantosa lobotomía, como los malos de la función querían hacer con la Catherine de “De repente… el último verano”), así como su breve recuento de las noches en Roma junto a la actriz Anna Magnani, sí genera cierta empatía en el lector. Esto, junto con una rara y aparente falta de autocomplacencia, me pareció lo mejor del libro.

sábado, 16 de enero de 2010

Dos bares en Nueva York


Hace unos meses dedicaba una entrada a los bares, lugares que me han gustado desde que tengo uso de razón y que aún hoy (a pesar de que he dejado de beber alcohol) siguen interesándome. En un buen bar, bonito, íntimo y cómodo me siento como en mi casa. Aunque ya no consigo quedarme en ellos demasiado tiempo seguido (ya no es lo mismo, sin un dry martini o un vino en la mano), los bares de una ciudad son todavía una de la cosas que más me gusta descubrir cuando viajo.

Hace poco estuve en Nueva York, y allí conocí un puñado de locales bastante interesantes. De todos ellos, hubo dos que me fascinaron. No tienen nada que ver entre sí, pero ambos, a su manera, reúnen varias de las características que en mi opinión ha de tener un bar. Curiosamente, los dos pertenecen a sendos hoteles.

Primera parada: el King Cole Bar and Lounge, del hotel St Regis. Un lugar maravilloso, donde se tiene la impresión que nada malo puede sucerderle a uno: un poco como le ocurría a Holly Golightly en Tiffany's (me pregunto qué pensaría Miss Golightly del ambiente que reina actualmente en la famosa joyería de Manhattan, plagadita de turistas), pero disfrutando de una copa y del discreto sonido de un piano. Maderas oscuras, pequeñas mesas cuadradas, moqueta, y así. Y sobre la barra reina un enorme mural que representa una escena de la cancioncilla tradicional que da nombre al garito.

Segunda parada: el lounge del hotel Standard, edificio-emblema del barrio de moda en la ciudad, el Meatpacking District. Después de cenar (muy bien) en el grill del hotel, merece la pena subir hasta el último piso y adentrarse en un bar alucinante, que podría describir como una combinación entre los night-clubs de esmoquin blanco que aparecían en las películas del Hollywood de los años 40 (y en el inicio de "Indiana Jones y el Templo Maldito") y el mundo futurista-pop de Barbarella. Una experiencia que merece la pena, desde la chica de belleza extraterrestre que se le acerca a uno en la entrada dándole la bienvenida e indicándole el camino al guardarropa hasta las vistas sobre la ciudad que se disfrutan desde su vertiginosa altura.

viernes, 14 de agosto de 2009

Vacaciones sardas


Acabo de volver de unas extraordinarias vacaciones en Cerdeña. Una semana en la isla sarda ha bastado para procurarme lo que ya considero las mejores vacaciones de mi vida, junto con aquéllas otras de hace casi una década, cuando hice mi primer viaje en velero. Evidentemente, la compañía ha influido en esto.

Cerdeña es una isla tan extensa que en ella puede encontrarse de todo. Como cualquiera podrá imaginarse, en pleno agosto la mayor parte de la costa está plagada de gente, en particular algunos puntos (la playa de la Pelosa en Stintino, o la de Alghero, por ejemplo; de la costa Esmeralda ni hablamos: preferí ni acercarme) que atraen al turismo masivo (interno, en su mayor parte) como la miel a las moscas. Pero, para mi sorpresa, he encontrado lugares maravillosos en los que había muy poca gente. Aunque casi me da miedo revelarlos, allá van algunas pinceladas:

•El hotel Lucrezia, en la localidad de Riola Sardo (región de Oristano, en el centro-oeste de la isla) es mi descubrimiento del viaje. Un edificio de piedra del siglo XVI, con un maravilloso patio interior ajardinado, donde el servicio era insuperable y las habitaciones un lujo. A primera hora de la mañana, uno podía ver desde la ventana cómo una de las empleadas del hotel elegía con parsimonia los frutos maduros de la higuera del jardín, que iba depositando en un platito de cerámica. Media hora más tarde, esos mismos higos esperaban a los huéspedes en la mesa del magnífico buffet del desayuno. Tampoco faltaban allí un gran bizcocho y unas pastitas recién horneadas por Clara, una belleza de ojos verdes que nos atendía como a príncipes. No tengo más palabras.

•¡Qué bien he comido! A pesar de la tendencia italiana a cocinar en exceso el pescado, no ha habido un solo día en que haya tenido una comida mediocre. Las pastas frescas rellenas de ricotta (el queso local más difundido), los linguine alle cozze, la bottarga (huevas de pescado en conserva que encapsulan todo el sabor del mar), el astice alla catalana, entre otras delicias, me han hecho feliz a la hora de sentarme a la mesa. En la playa, por supuesto, lo que tocaba era zamparse un gran panino di pomodoro e mozzarella.

•Playas poco habitadas en pleno agosto, puedo asegurar que las hay. Con arena blanca y mar turquesa. Sólo hay que dirigirse a las personas adecuadas para encontrarlas. En la costa de Oristano, y también cerca de Stintino, estuvimos a nuestras anchas: ni un solo niño tirando arena, ni un solo padre (o madre) llamándolo a gritos.

•Hay en Cerdeña pueblos y ciudades verdaderamente bellos. De lo que he visto, Sassari, Bosa y el casco viejo de Alghero se llevan la palma. Este último caso es verdaderamente notable: sólo puede describirse como el resultado que se obtendría de ensamblar un espantoso pueblo de vacaciones al estilo Benidorm a una combinación resultante a su vez de Cádiz y el barrio gótico barcelonés. Una auténtica rareza. Como en cuestiones arquitectónicas reconozco que mi gusto es bastante primario, me emocioné de verdad al encontrarme frente a sus murallas: en general, una vieja muralla en la costa me genera más impacto estético que el palacio de Versalles. Otro must: la cripta de la iglesia románica de San Gavino, en Porto Torres.

•Inolvidables las incursiones nocturnas por los pueblos perdidos de Oristano a la búsqueda de algún restaurante recomendado. En las puertas de unas casas de construcción más bien precaria, grupos de ancianas vestidas de negro (pañuelo en la cabeza incluido) hieráticamente sentadas tomando la fresca de cara a la carretera, o jovenzuelos en camiseta imperio apoyados contra la pared al mejor estilo Pasolini. Imagen fascinante de un mundo que uno erróneamente creía desaparecido, o perteneciente tan sólo al ámbito de la ficción publicitaria, que no es más que su reflejo banalizado.

Estos son algunos de los momentos cumbre de mi viaje, que nunca olvidaré. De todos modos, lo mejor, claro está, me lo guardo para mí.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Vacaciones de verano...


Stintino, allá voy


Tras un sustancioso adelanto de la felicidad que me espera (unos días en Burdeos y Salies-de-Béarn, con vuelta a Madrid: ¡gracias por todo, Andréric, Carole, Philippe, Oscar, Ignacio!), por fin llegan las vacaciones de verano. Estoy deseando dejar la capital de España por unos días: el calor comienza a resultar insufrible, más que nada por su resistencia a conceder ninguna tregua.

Las medidas que tomo para aliviar la ansiedad prevacacional no sólo resultan ineficaces, sino que me temo que están empeorando la situación. Por ejemplo, ayer casi me da algo viendo "El libro negro", de Paul Verhoeven, en la Filmoteca. La última película del director de "Instinto básico", ambientada en Holanda durante la II Guerra Mundial, era una aventura trash con nazis y una judía que se hace pasar por gentil tiñéndose el coño, premisa que podía haber dado lugar a algo bastante disfrutable. Las insensateces y los excesos se suceden durante las casi dos horas y media de metraje, lo que tampoco es en sí nada malo. Por desgracia, la planicie de la puesta en escena y los primarios trucos de guión dan al traste con el conjunto, que aburre a más no poder. Otra mala noticia para Vehoeven: "Inglorious Basterds", de Tarantino, ensaya una operación similar (historia-ficción, II Guerra Mundial, judía que ve morir a su familia a manos nazis, historia de venganza, barroquismo narrativo y visual), y todo parece indicar que con bastante mejor fortuna.

Mañana mismo salgo para Cerdeña. Imagino que durante unos días daré un respiro a este blog. Espero encontraros a todos a la vuelta.

jueves, 16 de julio de 2009

Tortilla de patatas (1)


De niño me producían terror las vacunas. O, para ser más precisos, las jeringuillas con que éstas me eran administradas. Suelen decir que el miedo se basa en la ignorancia. Pues bien, aquel miedo se basaba en un conocimiento: el conocimiento de que los adultos mentían, pues la vacuna era una experiencia dolorosa. Por lo general, era mi padre el encargado de llevarme a la clínica, lo que implicaba para él otra misión, que consistía en sujetarme mientras yo berreaba (apenas sabía hablar, pero gritar se me daba de maravilla), me revolvía y daba patadas en todas las direcciones. Pasado el mal trago, con las lágrimas aún rodando hacia mi cuello, invariablemente me compraban una chocolatina. Aquella chocolatina Nestlé servía para aplacar de manera inmediata (aunque no sabemos si duradera) la espantosa sensación de fraude que me había embargado al constatar una vez más que no podía fiarme ni de mi padre.

Hoy en día las agujas no me producen aprensión alguna, y una extracción de sangre me inquieta tanto como comprar un billete del metro. Pero, mientras aprieto un pedacito de algodón sobre mi brazo flexionado, sólo puedo pensar en que necesito comer a toda costa. No se trata del malestar habitual por no haber llenado aún el estómago (soy de los que consideran el desayuno la comida más importante del día, y me pone de un humor de perros estar en ayunas después de las nueve de la mañana), es sencillamente que necesito mi recompensa o, mejor, mi consolación. Esta evidente reminiscencia de la edad infantil introduce, sin embargo, una variación sustancial: en lugar de una chocolatina, lo que el cuerpo me exige es una gran ración de tortilla de patatas y un café cortado.

Por desgracia, en Madrid es difícil encontrar un lugar donde hagan una tortilla verdaderamente buena, así que suelo optar por la barrita con tomate y aceite, quizá también con jamón. En Bilbao, en cambio, sé dónde hacen LA tortilla de patatas, la que se instala obsesivamente en mi mente antes, durante y después del pinchazo hasta el punto de que, si tuviera que hacerme un análisis de sangre en la capital cantábrica y algo (por ejemplo, un cierre por vacaciones) me impidiera después pasar por el establecimiento en cuestión, la desolación sería tan insoportable como la que habría sufrido aquel niño si su padre le hubiera negado la chocolatina Nestlé que acababa de ganarse.

Imagino que os interesará saber el nombre del local que hace la mejor tortilla de patatas de Bilbao. En la próxima entrada, sin falta.

domingo, 5 de julio de 2009

Dos amores


Crítica de arte que publiqué el pasado mes en Mugalari, sobre dos expos que vi en París:

Gran éxito de afluencia para dos de las exposiciones que animan este verano en la capital del Sena. Las muestras dedicadas a Calder y Kandinsky por el Centre Georges Pompidou poseen enfoques bien diferenciados pero idéntico interés.

Dos amores

La primera diferencia notable entre Kandinsky (1866-1944) y Alexander Calder (1898-1976) se remonta a sus mismos orígenes y se rige por el principio de la reacción. El primero nació en Moscú, dentro del entorno de la ya decadente burguesía rusa, mientras que el segundo vio por primera vez la luz en el umbral del siglo XX, en los Estados Unidos, dentro de una familia de artistas. Emerge así el contraste entre la voluntad de formar parte del germen de un nuevo mundo, un orden nuevo que sin embargo, quizá a su pesar, no puede evitar cierta nostalgia por un pasado de cuyo derrumbamiento fue testigo, y la búsqueda de un equilibrio propio, de resonancias primitivistas, a partir de una (falsa) tabula rasa cultural. El ejercicio comparativo entre ambos artistas a la salida del Pompidou es seguramente inevitable, aunque sus frutos puedan resultar dudosos. De todos modos, digámoslo ya, las dos exposiciones se disfrutan hasta el entusiasmo, aunque sea por distintos motivos.

La muestra dedicada a Kandisnky posee el enfoque de una suma retrospectiva, y como tal resulta modélica. La evolución del imaginario del artista se aprecia con una transparencia casi demostrativa, a lo largo de sucesivas etapas que atestiguan un apasionante viaje al corazón de la abstracción. Así, sus primeros dibujos coloreados sobre cartón invocan la Rusia imperial y fabulosa de la que fue testigo en su infancia, y poseen el inconfundible halo de la ensoñación y el recuerdo idalizado. Pero pronto se abandona esta tendencia, coincidiendo con la publicación de unos escritos teóricos que la muestra documenta convenientente, mientras las formas geométricas y los contrastes cromáticos se adueñan del lienzo. Munich, Estocolmo y Berlín primero, París después, constituyen el marco en el que el pintor ruso desarrolló su obra más privativa, sus composiciones radicalmente abstractas y tocadas por la ambición de aparecer dotadas de una especie de ritmo sinfónico, musical. Todo ello se extiende a lo largo de no menos en una docena de salas en las que destaca un insuperable diseño expositivo a cargo de Laurence Fontaine. Como atractivo complementario, el Pompidou ha organizado un miniciclo de conciertos, uno de los cuales explora las correspondencias entre Kandinsky y el compositor (y también artista plástico) Arnold Schönberg.

Aún más apasionante resulta la otra exposición que nos ocupa, cuyo enfoque es precisamente el opuesto al caso anterior. “Les années parisiennes” se centra en un breve periodo dentro de la vasta trayectoria del escultor Alexander Calder, precisamente la que inauguraba su éxito, sirviendo de preludio para su producción más reconocida y característica. Durante sus años en un París restallante de vanguardia y dinamismo, Calder produjo unas piezas enormemente lúdicas, de una belleza y vitalidad esplendentes. Resulta imposible para el expectador resistirse frente a un circo confeccionado a base de alambre, hojalata, corcho y lo que parecen otros materiales de desecho, a las esculturas motorizadas que dotan de movimiento a la pura geometría, a obras de la rotundidad y el encanto de “Tiburón y ballena”. Pero, sobre todo, hay que mencionar las cotas de asombro que producen unos retratos elaborados en alambre de cobre, latón o acero, que operan como dibujos tridimensionales y pueden ser observados desde cualquier ángulo, encontrándose en cada uno de ellos un nuevo matiz y una visión única sobre el sujeto representado. Muy en especial, se ofrece una serie sobre Josephine Baker que logra captar a la perfección tanto la morfología del cuerpo armónico y salvaje de la legendaria artista de music-hall, como el endiablado ritmo que lo animaba. Quizá resulte fácil sospechar de esta parte de la producción de Calder, considerarla de una ingeniosidad pirotécnica y vacía: pero más sensato, y aún más sencillo, es disfrutarla en toda su generosa desenvoltura. Las películas que se han incluido en la muestra ilustran deliciosamente el proceso creativo de Calder (atención a la breve secuenia en la que éste elabora una escultura dedicada a Kiki de Montparnasse en presencia de la propia modelo), realzando el valor del conjunto.

A juzgar por la afluencia de público el día en que quien escribe estas líneas visitó el Georges Pompidou, las exposiciones disfrutan de un éxito indiscutible, lo que no es de extrañar. A la salida del Centro, a uno le dan ganas de imitar a Josephine Baker, a la que se acaba de contemplar abrazada a sí misma sobre el insólito escenario de un ring de boxeo, cantando “J’ai deux amours...”

jueves, 25 de junio de 2009

Lo que es un asador


La pasada semana tuve ocasión de huir del asfixiante calor madrileño y dar una vuelta por el norte de España. Primera parada: Santiago de Compostela. Preciosa ciudad, fantástico clima (mientras yo estuve allí), estupenda comida. Segunda parada: Bilbao. Que me recibió con cielo gris y llovizna, aunque a lo largo del fin de semana la situación fue mejorando razonablemente. No me importaba mucho: lo que sea, antes que las insufribles temperaturas de la capital.

Entre los descubrimientos del fin de semana, tengo que citar un asador llamado Etxebarri, situado en el minúsculo pueblo vizcaíno de Axpe-Marzana, y del que antes ni siquiera había oído hablar. Acabé comiendo allí el sábado por recomendación de una persona llamada Alejandro Muguerza, ovni hiperinformado que vive entre Miami, Londres y Markina (¡!) y que por méritos propios acabará ganándose una entrada completita para él solo en este blog. Alejandro nos había dicho que Etxebarri es el mejor asador del País Vasco, y aunque no he estado en todos ellos para confirmar si tal afirmación es cierta, debo decir que no me extrañaría nada. Cada uno de los platos de la comida (croquetas, ensalada de bacalao y verduras asadas, pulpitos a la brasa, chuletón y tostada de pan con helado de chocolate) era perfecto, insuperable. Literalmente: se trataba de las mejores croquetas que había probado, la mejor ensalada de bacalao, y así sucesivamente. Agradecí especialmente que la chuleta, perfecta de punto y de una ternura increíble, con toda su grasa delicadamente infiltrada en la proteína (“y con todo su sabor a vaca vieja”, se relamía Alejandro), no llegara a la mesa en uno de esos espantosos tochos de cerámica que se supone que ayudan a mantenerla caliente, pero que en realidad lo que hacen es achicharrar la carne y ahumar a los comensales.

Todo ello en un entorno fantástico, todo lo bucólico y pastoril que uno puede esperar del emplazamiento. Impresionante experiencia: repetiré, espero.

jueves, 4 de junio de 2009

En París: amigos, cuadros, rockeras burguesas, garden parties y la superación de la lucha de clases

La lucha de clases, dinamitada en el Loira. Si Carlos levantara la cabeza...


He pasado unos días muy divertidos y bastante agotadores en París. Debía estar allí para asistir a un par de reuniones de trabajo, aunque también he aprovechado la ocasión para visitar amigos y hacer vida social. Todo muy enriquecedor y muy agradable, a lo que contribuyó el fantástico tiempo reinante casi tanto como las personas con las que me encontré en la capital francesa.

Entre los momentos cumbre de la visita, destaca la inauguración de la última exposición de Ignacio Goitia en la Galerie 13 de Jeannette Mariani (36,Rue du Mont Thabor), que recomiendo vivamente. Enorme éxito social (acudió todo pichichi) y artístico (los nuevos dibujos y cuadros de Goitia son de lo mejor de su producción), amigos, sangría y cena en un restaurante asiático bastante especial llamado Dave. De todos modos, espero volver sobre este tema en un futuro texto de este blog.

La noche anterior se produjo otro gran momento, cuando un amigo (muy generoso) celebraba su cumpleaños invitándonos a cenar en el restaurante Anahí (en Rue Volta), un lugar al que hay que volver sin falta cada vez que uno viaja a París. No sólo porque la comida es excelente -no muy variada, pero de calidad inmejorable, y basada en la cocina de varios países latinoamericanos- y el comedor muy bonito y original -una antigua carnicería, muy tenuemente iluminada, con una fachada exterior que parece al borde del derrumbamiento-, sino por el espectáculo que durante y después de la comida uno puede encontrarse allí… o en el que puede terminar participando. Entre los clientes de Anahí uno puede encontrarse a las personas más diversas. Esta vez teníamos en la mesa de al lado, cenando con un amigo de aspecto insulso, a una señora inglesa que acaparaba varios de los códigos de la burguesía más tradicional: dos hileras de perlas en el cuello, tailleur azul marino con ribetes blancos, bolso acolchado de Chanel, melena pródiga en mechas rubias, acento inconfundiblemente high-class. Pues bien, aquella la dama burguesa, que parecía una versión británica de mi tía Lola, resultó no ser otra que la rockera y actriz Marianne Faithfull (me di cuenta en cuanto pude escuchar su inconfundible voz), con la que terminamos compartiendo unos cigarritos en la puerta del restaurante. En un momento dado, emergió de algún sitio indefinido el gran director teatral y cinematográfico Patrice Chéreau (responsable de una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, “La Reine Margot”, a la que ya me referí en un texto anterior), que había dirigido a Faithfull en “Intimacy” -otra espléndida película-, y los dos se saludaron con un beso en los labios extrañamente civilizado.

Pero, aunque todo esto resultó bastante inolvidable, el verdadero gran momento del viaje había tenido lugar un día antes del encuentro con la señorona ex-rockera. El marco de lo que voy a contar era el jardín de un castillo de la región del Loira donde tenía lugar una larga y espectacular fiesta campestre a la que habíamos sido invitados por la dueña del inmueble, una mujer muy simpática cuya familia al parecer habita allí desde hace innumerables generaciones. Sobre lo sumamente bien organizada que estuvo la fiesta, su perfecta combinación de desenvoltura, magia y prodigalidad no tiene mucho sentido que me extienda: mencionaré en todo caso que sólo los franceses saben hacer estas cosas tan bien. Entre los invitados había muchos amigos de la organizadora, pero tampoco faltó el numeroso personal que vive y trabaja en alguno de los edificios que componen el castillo. En un momento dado, me encontré hablando precisamente con una de las personas que trabajan para la anfitriona. No entendí muy bien cuál era exactamente su cometido: sólo sé que lleva desempeñándolo desde que su empleadora era niña, y que durante las tres últimas décadas no se ha separado de ella. El lejano día en que fueron presentados por primera vez, la niña aristócrata y su aristócrata hermanito ejecutaron una reverencia ante la nueva sirvienta, lo que llenó a esta última de gozo, hasta el punto de que en aquel instante tomó la firme decisión de permanecer junto a aquella familia durante el resto de su existencia. “Y desde entonces” me aseguraba la buena mujer, componiendo una expresión de éxtasis beatífico quizá algo sobreactuada, pero que estoy convencido de que en esencia no era falsa, “mi vida ha sido un sueño". "Un vrai rêve!”, insistió después con cierta ferocidad fanática en los ojos, como si no me viera muy convencido (en realidad, yo estaba perplejo y fascinado).

Tuve entonces el convencimiento de haber asistido a algo en verdad memorable. Y no pude evitar el pensamiento de que, si Karl Marx hubiera podido sospechar que aquella escena post-lucha de clases iba a tener lugar sobre la faz de la Tierra un siglo y medio después de haber escrito “El Capital” con la inamovible certeza de que aquello iba a cambiar el mundo, posiblemente lo habría dado todo por perdido, trocando sus ambiciones de último profeta de la humanidad por una fatal adicción a los antidepresivos.

martes, 3 de febrero de 2009

Un fin de semana

Biarritz. Hôtel du Palais

Dado que el año pasado disfruté de menos días festivos de los que me correspondían, en el primer trimestre de este año me estoy permitiendo algunas licencias a costa de las vacaciones acumuladas. Como, por ejemplo, tomar como días libres el pasado jueves y viernes, para alargar el fin de semana hasta convertirlo en unas mini-vacaciones. Juro que las necesitaba.

Sobre todo, las he aprovechado en profundidad. Las tres capitales vascas y varias localidades francesas, me ha dado tiempo de visitar. Hagamos un rápido resumen: el miércoles llegué a Bilbao, donde visité a mi familia. La familia bien, gracias. El jueves fui a Vitoria, pues el artista Eduardo Sourrouille ofrecía una visita guiada por su exposición “Villa Edur” en el Museo Artium a una treintena de personas. Estupenda comida en la cafetería del museo, un paseo y unas compras por la tranquila (algunos la describirían más bien como “mortuoria”) capital alavesa, y después la visita, que resultó apasionante. Como soy muy inquisitivo hice bastantes preguntas que el artista respondió con diligencia (sospecho que también, a veces, con una vaga sensación de fastidio: “ya está otra vez este pesado”), por lo que quedé más que satisfecho. Lo cierto es que la visita resultó muy sugestiva para todo el mundo, a juzgar por el interés con que los asistentes seguían las explicaciones que se les ofrecían, y por cómo observaban las piezas expuestas. Un lujo, vamos. Por la noche, vuelta a Bilbao para unos aperitivos y una cena casera.

El viernes me impuse la obligación de resarcir a Eduardo de la avalancha de preguntas del día anterior, así que lo acompañé a San Sebastián, mientras que a su vez un sol esplendente nos acompañaba a ambos en el viaje. Sin la habitual grisura que se adueña del País Vasco en esta época del año, la ciudad relucía y era un placer pasear por ella, a pesar de que sus implacables horarios comerciales (los comercios cierran a la una del mediodía) nos imponían cierta premura. La visita a Auzmendi era obligada: salimos de la tienda con unas cuantas bolsas, tras haber aprovechado a conciencia las últimas rebajas de la temporada. En un momento dado, Eduardo hizo algo sumamente representativo de su carácter: al pasar frente a un contenedor de basura, sus ojos tropezaron con un gran bolso de mano de cuero marrón que alguien había tirado. Sin más aspavientos, hizo un hueco entre los zapatos italianos y las camisas de algodón egipcio que acababa de comprarse, y recogió el hallazgo como una adquisición más de la mañana de compras. Después consideró que en realidad la bolsa no le convencía demasiado, que estaba muy gastada y además lo que parecía cuero no era más que una imitación algo burda en polipiel, así que, como quien regresa a El Corte Inglés para devolver un artículo recién adquirido y recuperar su importe, la depositó en el siguiente contenedor que nos encontramos. Me alegra comprobar que mi capacidad de asombro y fascinación por todo lo que hace este hombre jamás llega a agotarse.

Después de una soberbia comida en el restaurante Okendo (calabacines rellenos, merluza en papillote y tarta de queso casera) nos pusimos rumbo a Biarritz, donde continuaron las compras (para mí, sólo los últimos Cahiers du Cinéma) y nos encontramos con Ignacio Goitia y Oscar Achútegui. ¡Francia, por fin! Como me ocurre siempre, cruzar la frontera me llenó de sosiego y optimismo de manera automática (ver mis entradas a este blog sobre Francia). Tras las compras, tomamos un aperitivo en el Hôtel du Palais, cuyo lujoso salón de té incluye vistas al mar: las olas saltaban ante nuestros ojos como si las contempláramos desde la escotilla de un transatlántico. A media tarde volvimos a los coches para poner rumbo a Salies-de-Béarn, donde Ignacio y Oscar nos recibían una vez más en su casa, una propiedad con jardín que cada vez alberga más lámparas, y más mesitas, y más candelabros, y más bandejas de porcelana, es decir, cada vez se parece más a sus propietarios. Tras la cena en un restaurante del pueblo, con estricto horario francés, nos retiramos prudentemente con la intención de madrugar el sábado y continuar con la actividad.

Al día siguiente, desayuno con croissants y chaussons aux pommes cortesía de Ignacio. El desayuno es por fuerza uno de los mejores momentos del día en Francia, siempre que uno se deje llevar por las impresionantes especialidades de la bollería nacional. La mañana del sábado estaba bañada en una luz rosada, pálida e irreal, completamente distinta del intenso resplandor dorado que caracteriza las horas siguientes al amanecer en Madrid. Mientras viajábamos en coche hacia Pau (con escala en las naves de Emaús: a mi madre le dará algo al saber que pasé un buen par de horas rodeado de ropa de segunda o tercera mano, muebles desvencijados, pequeños electrodomésticos usados y otros depósitos de ácaros) tenía la impresión de atravesar algo así como la ensoñación resultante de una fumada de opio. Estoy seguro de que bizqueaba, y todo.

Pau es una ciudad pequeña, moderadamente mona y realmente sin gran interés, aunque resulta agradable para una visita breve. Tras las fotos de rigor ante el castillo de Enrique IV de Navarra, comimos en un pequeño restaurante: ensalada, faux-filet con tallarines, y crème brulée. Después tomamos café e infusiones en un excéntrico local cuya terraza estaba formada por unas cuantas sillas plegables de playa y mesas bajas de plástico repintadas, y con un interior forrado de papel pintado con motivos vegetales, tipo Diana Vreeland. Un paseo, más compras y regreso a Salies de Béarn, esta vez para cenar, en casa, un riquísimo bacalao al horno con patatas que cocinaron Ignacio y Oscar. Como los dos se atribuían la ejecución del plato, lo prudente es decir que el mérito correspondía a ambos. La tertulia posterior estuvo amenizada por las canciones de Barbara, de la que Ignacio es fan rendido. Su concierto en Pantin, celebrado en 1981, me generó un pequeño malestar que persistió mucho después que el DVD hubiera sido guardado nuevamente en su caja. Entre las aclamaciones y los aullidos de un público en éxtasis, la cantante mostraba al interpretar sus temas una hiperemotividad algo teatral que contrastaba con su voz cada vez más ronca, marcada por la fase inicial de su decadencia. Ignacio aprecia una particular belleza en este ejercicio. Estoy seguro de que tal belleza existe, pero a mí me causa desazón y me pone definitivamente nervioso.

El domingo dimos un paseo por los alrededores del pueblo, tipo campiña inglesa, y después nos metimos entre pecho y espalda una descomunal alubiada, a la que no le faltaba la morcilla de rigor: francesa, eso sí. Breve siesta, preparar maletas, cerrar la casa y volver a la carretera, de nuevo rumbo a Biarritz. Allí estaba pasando el fin de semana nuestro amigo Dominique, de Burdeos. Nos recibió en su casa con una merienda de té y pastelillos variados, entre los que destacaba posiblemente la mejor tarta de chocolate (densa, untuosa, de vivísimo sabor a cacao) que he probado nunca, y el dulce típico bordelés, el cannelé, crujiente en su capa exterior y jugoso por dentro. Tras despedirnos de Domi, regresamos a Bilbao con un tiempo de perros. Antes de iniciar la vuelta a Madrid, la intensa lluvia dio por terminado el fin de semana.

Sol, arte, compras, Francia, merluza, bacalao, alubias rojas, croissants, cannelés, buena música, buenas conversaciones, buenas lecturas, la mejor compañía del mundo. Imposible imaginar un fin de semana mejor. Me basta como motivación vital pensar que otros similares podrían llegar en un futuro.