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martes, 27 de julio de 2010

El héroe es el espectador


Ya se ha estrenado “Gainsbourg (Vida de un héroe)”, el biopic sobre el compositor y cantante francés. Por mí, podía haberse quedado tranquilamente en su país de origen, o –mejor aun- no haber ni siquiera visto la luz. Menudo aburrimiento.

Resulta evidente en la película el intento por hacer algo original y moderno, pero el director Joann Sfar no consigue otra cosa que una amanerada y superficial fotonovela, muy mal contada, interpretada por autómatas y puesta en escena sin ningún gusto visual. Del actor principal, Eric Elmosnino, se destaca constantemente su parecido físico con el original, pero lo cierto es que yo ni siquiera esto lo veo nada claro: en todo caso, su interpretación me parece completamente desprovista tanto de fuerza como de verosimilitud. Lo mismo ocurre con Laetitia Casta (elección evidente para hacer de B.B.: demasiado) y Lucy Gordon (graciosa imitando el denso acento británico y la vocecilla aguda de Jane Birkin, pero poco más). La bella Anna Mouglalis muestra un poco más de brío como una Juliette Gréco a la que tampoco se parece mucho, pero cuya expresividad clava. Da igual, porque su presencia en pantalla es brevísima.

En fin, esta película que nada cuenta, y que además esa nada la cuenta muy mal, es una triste manera de traernos de nuevo a la mente al personaje de Gainsbourg, cuya sucia elegancia en absoluto ha contagiado a las imágenes de Sfar. Recomiendo, en su lugar, escuchar cualquiera de las canciones del artista. Hay en una sola línea de “Le poinçonneur des lilas” mucha más creatividad y mordiente que en las abusivas dos horas y media que dura esta “Vida heroica”.

miércoles, 2 de junio de 2010

Ute Lemper, Mario Gas, Bukowski y Brel


El otro día fui a los Teatros del Canal de Madrid para ver a Ute Lemper. Esa era mi idea original, lo que pasa es que una vez allí me encontré que en realidad la diva alemana estaba acompañada en el escenario por el actor y director teatral catalán Mario Gas. “The Bukowski Project” es un espectáculo bastante marciano en el que Lemper canta y Gas recita varios poemas del escritor normeamericano en un escenario tópicamente decorado con bolas de papel de periódico, botellas de whisky y cerveza y mobiliario desvencijado. Nihilismo del tres al cuarto, realismo sucio de salón y existencialismo de mesa camilla. Además, no entiendo muy bien que en pleno siglo XXI tengamos que escuchar traducida al español la poesía original de Bukowski, mientras que las letras de las canciones –en el original inglés- actúan a modo de interpretación simultánea. El efecto resulta rarísimo e impone una distancia emocional insalvable.

El resultado global del "proyecto", francamente, producía sobre todo sopor y aburrimiento. Una lástima, porque siempre he apreciado mucho el talento de Lemper. Tras un breve descanso, la cantante volvía a la carga con una muestra de su repertorio reciente más conocido, arbitrariamente pegada a todo lo anterior, pero sin ninguna relación con ello. Buscando, imagino, una ilusoria continuidad, se mantenía el –por llamarlo de algún modo- decorado, pero nada más. Por desgracia, para entonces yo estaba tan frío que el “Bilbao Song” de Kurt Weill y Bertolt Brecht, uno de los fuertes de Lemper, no me conmovió especialmente. Cuando la artista acometió algunas hermosas canciones de Jacques Brel, el resultado fue peor: en mi opinión, el estilo crispado del cabaret berlinés no favorece en absoluto a “La chanson de Jacky” o “Amsterdam”. Más aún: nunca, hasta el momento, he escuchado una versión de Brel que mejore el original, esto es, el que cuenta con el propio Brel como intérprete. La fabulosa expresividad, la riqueza de matices, la ironía y el aplomo emocional del cantante y compositor belga arropaban sus canciones y las elevaban por encima de sí mismas, convirtiéndolas en experiencias únicas. Como muestra, un botón: http://www.youtube.com/watch?v=sV4EVJMRKfc&feature=related

lunes, 22 de marzo de 2010

J'aime Dutronc!


Ya he dedicado cierto espacio en este blog a una de mis principales filias, la música popular francesa. Piaf, Brel, Gréco, Barbara, Hardy, Brassens, Ferré, Gainsbourg, y así. Nunca me canso de escucharlos. De verlos tampoco.

Pues bien, aún quisiera perseverar en ello.

Me gustaría por tanto compartir con vosotros un descubrimiento relativamente reciente. Se trata de Jacques Dutronc, al que conocí como actor (en “Lo importante es amar”, de Zulaswki) antes que como cantante, que es a lo que se dedicaba originalmente. Su interpretación más memorable en el cine fue protagonizando la maravillosa “Van Gogh” de Maurice Pialat (aunque el director no se cortaría al pregonar que detestaba el trabajo de su intérprete, al que consideraba una nulidad), y tampoco estaba mal como pianista con un extraño pelucón en “Gracias por el chocolate”, de Chabrol. Dutronc lleva, además, treinta años casado con la simpar Françoise Hardy, otra de mis favoritas. ¡Cuánto estilo en una sola pareja!

Ultimamente estoy fascinado con los viejos vídeos y actuaciones musicales de Dutronc, rodados allá por los años sesenta. Me encantan sus letras y sus melodías, pero sobre todo el modo en que él las interpreta. Lo encuentro lleno de clase y magnetismo, de un gran charme y una energía levemente chulesca e inconfundiblemente francesa. Cuando canta “J’aime les filles”, no hay nada de rijoso en él, sino todo lo contrario.

Pero mi canción favorita es “Paris s’éveille”, en la que aparece retratado como nunca el amanecer de la ciudad luz, travestís y stripteaseuses incluidas. Por favor, acceded al vídeo a través de este link. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Otro biopic


La moda de los biopics sigue pisando fuerte. Después del desastre acometido recientemente sobre el personaje del poeta Jaime Gil de Biedma, le toca el turno nada menos que a Serge Gainsbourg, otro maldito.

La película “Gainsbourg, vie héroïque”, de Joann Sfar, acaba de estrenarse en Francia con críticas no tan malas como era de esperar: claro que las películas que se hicieron recientemente sobre Edith Piaf y Coco Chanel, pese a ser sendos truños, tampoco fueron mal tratadas por la prensa, e incluso lograron un puñado de premios para sus autores e intérpretes.

Por mi parte, por el momento poco puedo decir de la película, salvo que me apetece verla y que la temo, ambas cosas comprensibles en un fan reconocido del músico que da nombre a la operación. El reparto de la cinta resulta bastante convencional, aunque en él no faltan las curiosidades, a saber:

a) Eric Elmosnino, el protagonista, posee el dudoso honor de ser aún más feo que el personaje real al que interpreta, que ya lo era bastante, las cosas como son (casi siempre se opta por la operación inversa: elegir un actor guapo y triunfador y afearlo con vistas a cubrirlo de premios).

b) Laetitia Casta hace de Brigitte Bardot, lo que constituye sin duda la idea más convencional y aburrida de todas. Mejor habría sido contratar a una actriz de verdad, una que otorgara algo de energía al personaje. Los vídeos promocionales en circulación refuerzan claramente esta opinión.

c) Jane Birkin (con la que Gainsbourg engendró a su hija Charlotte, la musa del Anticristo) está interpretada por Lucy Gordon, bellísima actriz británica vista antes en películas como “Las muñecas rusas”, y que por desgracia se suicidó hace unos meses, poco después de finalizar el rodaje. Una buena decisión de casting, y una lástima que no vaya a traducirse en una nueva estrella europea.

d) Anna Mouglalis se mete en la piel de Juliette Gréco. No parece mala idea. La post-adolescente Sara Forestier, en cambio, parece una opción insuficiente para interpretar a la naïf France Gall, a la que Gainsbourg hizo cantar lo mucho que le gustaba chupetear pirulíes.

En fin, hasta que llegue la película a nuestras carteleras (si llega), es posible ver unos cuantos vídeos promocionales en youtube.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Mensaje Personal



Hay una canción que me obsesiona desde hace un tiempo. Se llama “Message personnel” (“Mensaje personal”), fue compuesta por Michel Berger y pertenece al repertorio de la cantante francesa Françoise Hardy, que también firma como autora de la letra junto al mencionado Berger.

La descubrí viendo una espantosa película de François Ozon llamada “Ocho mujeres”. Uno de los pocos números musicales que se salvaban de la quema en aquel almacén de despropósitos consistía en la sentida interpretación que de ella realizaba Isabelle Huppert. Aunque la letra de la canción no venía a cuento dentro de la trama ni ayudaba a la caracterización del personaje, hubo algo en ella que me conmovió. Pensé que la explicación estaba en los ojos acuosos y las mímicas manuales de Huppert, pero ahora sé que no se trataba de eso en absoluto.

Fue años más tarde cuando redescubrí el tema, al toparme por casualidad en youtube con la versión original cantada por Françoise Hardy. Entonces lo comprendí todo. Tengo la impresión de que no hay una sola palabra de esta canción que no sea pura verdad y vida. Hay en su fondo desgarro y desesperación, y en su superficie una melancolía mansa en la que se apoya Hardy para no remarcar lo evidente, dejando que lo que está escrito actúe por sí solo al fluir reposadamente de su boca.
Casi tanto como la propia canción me hipnotiza, pues, el modo en que su coautora la interpreta. Se trata, sin duda, de su mejor trabajo: he comprado algunos de sus discos, y aunque nunca haya sido una artista mediocre, y en su discografía abunden las pequeñas joyas (desde la irresistible canción que la dio a conocer, “Tous les garçons et les filles” hasta sus colaboraciones con Gainsbourg, Brassens o Dutronc), opino que nada está a la altura de este “Mensaje”. El listón quedaba demasiado alto. Hay que ver el vídeo: aparte de por todo lo anterior, porque estéticamente es un festival. La planificación y realización, el vestuario de Hardy, su silueta elegante, los contornos de su rostro, la economía gestual que convierte su enigmática media sonrisa en una mina de sugerencias…

jueves, 30 de octubre de 2008

Gran Serge


Cuando yo era niño, conocía bien la melodía de “Je t’aime, moi non plus” porque la televisión española recurría a ella invariablemente cuando quería sugerir intercambio carnal. No tenía ni idea de que había sido compuesta por Serge Gainsbourg, ni desde luego sabía qué era lo que susurraban en francés sus intérpretes, un chico y una chica, entre gemido y gemido. Más tarde, ya adolescente, vi en uno de esos ciclos de La 2 que ya no se estilan una mediocre película de Claude Berri, “Je vous aime”, cuya banda sonora incluía varias canciones de Gainsbourg que él mismo cantaba a dúo con una Catherine Deneuve a la que la naturaleza ha dotado de todas las virtudes imaginables salvo la capacidad de afinar. Para un chaval en edad difícil y que acababa de quedar deslumbrado con la chanson gracias al desgarro de Jacques Brel y el lirismo de Brassens, aquel tal Gainsbourg era poco más que un frívolo y un rijoso.


Ha sido hace poco cuando he vuelto sobre el músico franco-ruso, y sólo lamento haber vivido tanto tiempo en el error de creer que no me estaba perdiendo nada del otro jueves. Cuanto más lo escucho, más admiración me causa su genio peculiar y desviado. Se ha convertido ya sin duda en mi autor pop preferido, y me río cuando hablan de la profundidad de Bob Dylan (profundidad de pacotilla) o del talento melódico de Paul McCartney (sin comentarios). Las canciones de S.G. me divierten (a veces hasta la carcajada), me emocionan, me sorprenden, me erotizan y hasta pueden darme un poquito de repelús, y todo eso es mucho más de lo que ha conseguido ninguno de sus semejantes. Además, me fascina su físico, la única combinación verdaderamente lograda que conozco entre lo grotesco y lo exquisito. Sus ojos de batracio en viaje de LSD, sus labios hinchados y un poco húmedos, sus orejas despegadas y el histrionismo desplegado al acercarse un cigarrillo a la boca se combinaban para crear verdadera magia. Y su manera de resultar realmente trasgresor sin perder la elegancia es en sí misma un talento que nadie podrá negarle jamás.


Fijémonos, por ejemplo, en “Les sucettes”, compuesta allá por 1966. France Gall, una jovencita que no llegaba a los 20 años y de aspecto tan delicioso e inocente como un pastelito de limón, fue la encargada de interpretar este tema cuya letra explicaba el caso de una tal Annie, quien adoraba chupar los pirulíes que compraba por unos “pennies”, y que se encontraba en el paraíso cuando el azúcar con gusto a anís de los pirulíes se deslizaba por su garganta. El subtexto estaba tan claro que no creo que haga falta explicarlo, pero por si acaso no tiene desperdicio el vídeo-clip que se rodó para la televisión francesa (insisto: ¡en 1966!), en el que Gall es flanqueada por unas fálicas golosinas de tamaño natural ejecutando su delirante coreografía, con insertos de primeros planos de muchachas dándole al chupeteo. A pesar de todo, mademoiselle Gall pronto excluyó la canción de su repertorio, según se dijo enfadadísima al enterarse de la sucia verdad. Cuesta mucho trabajo creer que no se hubiera dado cuenta antes por muy joven e inexperta que fuera, y más aún que nadie la hubiera advertido de ello, pero en fin. Lo mejor de todo es que, cuando a la susodicha le preguntaron en una entrevista por qué había dejado de cantar “Les sucettes”, uno de los mayores éxitos de su carrera, su respuesta fue: “Ya no es propia de mi edad”. Remarco en esta frase la palabra “ya”.


Recordemos también que Brigitte Bardot grabó la primera versión del mencionado “Je t’aime, moi non plus”, de lo que se arrepintió de inmediato, y fue entonces cuando Jane Birkin tomó su testigo como partenaire artística y sentimental del autor. Tanto mejor: las delirantes “Bonnie & Clyde” e “Initials B.B.”, cantadas a dúo con la actriz de “…y Dios creó a la mujer”, son lo que menos me interesa de su obra. Birkin era la musa e intérprete perfecta para S.G.: no tenía (ni tiene) ninguna voz, por lo que convertía los tonos agudos en afónicos estertores, y su rostro era absolutamente inexpresivo, pero poseía un sex-appeal fresco, natural y desvergonzado y una generosa vitalidad. Las imágenes en las que ambos bailan “La décadanse” son inolvidables: él arrima su pelvis al culo de ella, quien, sin dejar de sonreír, aparta una y otra vez esa mano que se posa en su pecho obstinadamente.


No tuvo reparos en asumir sucesivamente las claves de modas musicales como el rock, el ye-ye, la psicodelia, el disco, el funky e incluso (horror) el reggae, con una distancia irónica que lo ha mantenido a salvo de las fechas de caducidad. Sus letras, retorcidas, coquines, pródigas en unos juegos de palabras al mismo tiempo burdos y refinados, son puro dadaísmo (ver mi entrada sobre Duchamp, Man Ray y Picabia en este mismo blog). Entre los trabajos de S.G. que más me gustan, citaría las evocadoras “La javanaise” y “L’eau à la bouche”, junto con “Elaeudanla teïteïa”, “Le poinçonneur des Lilas”, “Comic strip”, “L’anamour”, “La chanson de Prévert”, “Dieu est un fumeur de havanes” (atención, por favor, al vídeo: a cómo su brazo atenaza e intenta atraer a una rígida, incomodísima Deneuve), “Je suis venu te dire que je m’en vais” o “Lemon incest”. Cada una de ellas es a su manera una lección de saber vivir. Todas están espléndidamente escritas y contienen toneladas de originalidad, malicia y bravura. Pero, sobre todo, son para mí modernidad en estado puro.


No es posible ser más moderno ni más sofisticado que Serge Gainsbourg. Esta afirmación es algo que un adolescente jamás podrá comprender: hace falta llegar al menos a los treinta años para asumir todo su alcance.