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jueves, 30 de septiembre de 2010

Salinger y Holden Caulfield


Lo creo firmemente: si un adulto joven (y sensible) es capaz de leer “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger, sin sentir nostalgia o desazón, puede considerarse afortunado. Eso significa que ha dejado atrás definitivamente una etapa de su vida, y que su existencia progresa con perspectivas de un razonable equilibrio. Como es bien sabido, esta novela ha obsesionado desde su publicación a millones de personas en todo el mundo, en especial a un amplio sector cuya edad oscilaría entre los dieciséis (la misma de Holden Caulfield, el protagonista y narrador) y los treinta años. Algo contienen sus páginas que ha conectado con cierto sentido de angst vital adolescente, incluída su versión extemporánea y patológicamente prolongada. En la época de los Peter Panes, de los eternos adolescentes, el libro de Salinger ha de ser forzosamente considerado como poco menos que una biblia.

Para mí no lo es ni lo ha sido nunca, ni mucho menos. Pero no descarto que eso se deba a que no la he leído en el “momento oportuno”.

El librito cayó por primera vez en mis manos cuando yo debía tener unos once años. A mi hermana mayor –que cursaba segundo de BUP, o así- se lo habían incluído entre las lecturas obligatorias del curso y, como solía, yo me apropié de él. Leí la traducción al español con bastante interés, sorprendido sobre todo por su lenguaje: Salinger reproducía la forma de hablar de un jovencito americano de los años 40, llena de argot, de redundancias y divagaciones. Como el argot envejece muy rápidamente, y su traducción es particularmente complicada, el resultado me resultaba muy artificioso, pero precisamente por eso me atraía. Por lo demás, se me escapaban completamente las motivaciones del personaje, por qué era inacapaz de hacer cosas en teoría tan sencillas como centrarse en sus estudios, detener su errático trayecto por un Nueva York invernal y dejar de mentir a todo el mundo. Intuía que el chico estaba internamente torturado y que ansiaba algo que ni siquiera a sí mismo podía explicarse, pero se me escapaba en qué consistía ese algo (si no lo sabía ni él, ¿cómo iba a yo a tener la más remota idea?). Por aquel entonces, la psicología de cualquier personaje fantástico salido de la imaginación de Tolkien me resultaba sencillísima de comprender, pero la del tal Caulfield era, a mis ojos, el misterio más impenetrable del mundo. Como consecuencia de ello, la novela no me marcó en absoluto, e incluso me decepcionó su anticlimático final.

No volví a leer la obra de Salinger hasta hace unos meses, esta vez en inglés. Y qué queréis que os diga, tampoco esta vez le encontré la gracia. De acuerdo, ahora puedo entender qué es lo que le pasa al pobre muchacho, qué es lo que le falta y lo que anhela, y de dónde procede su sufrimiento. Valoro también la valentía del ejercicio de plantear la narración como una especie de monólogo interior, siempre coherente con el carácter disperso y confuso del protagonista. Además, en su idioma original las expresiones de argot no suenan tan artificiosas, e incluso hay muchas de ellas que siguen tienendo vigencia en el lenguaje coloquial. Pero, sobrepasado todo residuo de la edad del pavo, este guardián no me conmueve demasiado, ni desencadena en mí los mecanismos de la identificación. De verdad consiero que se trata de una novelita bastante sobrevalorada, y que la mayor parte de su éxito procede de quienes la leyeron en una época particularmente sensible a sus encantos, que –salvo patologías varias- está abocada a disiparse como consecuencia del mero paso del tiempo. En fin, quizá me gane algunos enemigos por decir esto, pero el bueno de Holden me deja bastante frío. Y, francamente, no me parece mala señal.

martes, 24 de agosto de 2010

Revelación


En una entrevista concedida a Cahiers du Cinéma hace más de una década, el director de cine chileno Raúl Ruiz afirmaba que nadie ha leído realmente “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. El mismo acababa de dirigir una adaptación del último volumen de los siete de que consta la obra, “Le temps retrouvé”, presentada en el festival de Cannes sin pena ni gloria (lo que, por cierto, fue bastante injusto porque la película no estaba mal). Quizá a Ruiz no le falte razón: de toda la gente que conozco que asegura haber leído la obra maestra de Marcel Proust, me jugaría el cuello a que al menos las tres cuartas partes mienten. Hace poco, alguien me dijo que “qué bonito era”. De todos los adjetivos que existen, no creo que “bonito” sea uno de los que aplicaría al novelón proustiano alguien que de verdad lo haya leído. Según los gustos de cada cual, me creo “magistral”, “abrumador”, “brillante”, “insufrible”, “prolijo”, “irritante” o “prodigioso”. Hasta “ridículo”, me creo. Pero, ¿¿¿¿“bonito”???? “Bonita” puede ser la poesía de Neruda, una opereta de Offenbach o una película de James Ivory. Proust, de ninguna manera.

Cuando leí (devoré) por primera vez los siete tomos, empezando curiosamente por el quinto, era verano y yo tenía veintidós años. Quizá no estemos ante la lectura más apropiada para las tardes de playa, pero así fue. Y desde que abrí la primera página no pude parar hasta que, tres meses más tarde, hube completado el círculo con la última página del cuarto volumen. Aquello fue una revelación. Aunque esto resulte un tópico que se emplea muchas más veces de lo que aconseja la prudencia, os aseguro que me pregunté cómo había vivido toda mi vida hasta entonces sin haber leído a Proust. Me parecía absurdo, inconcebible. Se acaban de abrir ante mí las puertas de un mundo único, extraordinario, que habían permanecido cerradas debido sólo a mi negligencia. El choque fue tan fuerte que desde entonces no me atreví a reabrir estas puertas, por miedo a sentirme decepcionado en una segunda aproximación. Alguna vez había escuchado que se trata de un efecto bastante habitual.

Hasta este verano, en que he retomado “Por el camino de Swann” (volumen 1) y “El mundo de Guermantes” (volumen 3). Los peores augurios no se han cumplido. He vuelto a enamorarme de la prosa de Marcel Proust, y, lo que es aún más importante, he vuelto a quedarme noqueado ante su naturaleza de ovni, su esencia rarísima y fuera de toda norma.

Este blog no es desde luego el contexto adecuado para analizar el talento de Proust, ni las implicaciones de su obra. Ni yo soy, desde luego, la persona más apropiada para hacerlo. Así que ni lo intentaré. Pero, como todo enamorado, no puedo evitar propagar en todos los medios a mi alcance las declaraciones de este amor, que me parece tan absoluto y gozoso como el que en mi vida haya podido dirigir a un ser humano. EBDTP no es una novela, no es ni siquiera un libro (o una sucesión de ellos): es todo un universo, y desde luego un género en sí misma. Enumerar todas las maravillas que contiene sería imposible. Una de las que suele causarme más asombro es cómo mezcla sin despeinarse, y con la mayor naturalidad del mundo, lo que nosotros por lo general consideramos planos de relevancia completamente distintos y casi incompatibles. La reflexión más profunda sobre la memoria y el paso del tiempo puede aparecer entrelazada con el puro cotilleo de una recepción en casa de una princesa, y el análisis sobre el amor y los celos, o cualquier otro aspecto de la naturaleza humana, con una sorprendente interpretación metalingüística acerca del arte. Asimismo, Proust puede estar describiendo con marcado dramatismo el para él terrible momento de la muerte de su abuela (hasta el punto de que el lector puede pensar: “sí, sí, una maravilla de escritura, pero, a ver, ¿dónde está la tragedia en el hecho de que vaya a morir una anciana que lleva años enferma?”), cuando de pronto la visita a su casa del duque de Guermantes permite que nos adentremos en una frivolona crónica sobre las extrañas costumbres sociales de este personaje.

Proust es al mismo tiempo un inteligentísimo pensador y un snob incorregible. Y esto se nota en su obra, donde todo –lo más frívolo y lo más profundo- se presenta con la misma importancia. Pero, si nos paramos a pensar, eso es exactamente lo que ocurre en nuestra mente, prejuicios culturales aparte: el intelectual más exquisito puede ser al mismo tiempo un devorador de programas e informaciones del corazón, y mientras está leyendo el “Hola!”, el contenido de esta revista será para él tan importante, y le hará disfrutar tanto, como cuando devora a Derrida o Schopenhauer. Igualmente, somos capaces de estar atravesando momentos de duro dramatismo sin poder evitar ponernos nerviosos porque tenemos al lado a una persona, no sé, mal vestida, o que tiene una llamativa mota de polvo sobre el hombro.

Posiblemente a este enfoque tan original y certero sobre el mundo le deba Proust la extraña sensación que genera en los lectores “pro” (los “contra” simplemente lo consideran un coñazo), la sensación de que “la vida” aparece inexplicablemente contenida en sus páginas. Es exactamente así, aunque resulta difícil relatar el modo en que esto ocurre. A quienes aún no hayáis accedido a este mundo, os recomiendo vivamente que al menos lo intentéis. Concretando más aún, os sugeriría que comenzarais por el segundo capítulo del primer volumen, llamado “Un amor de Swann” (que fue, por cierto, mediocremente adaptada al cine por Volker Schlöndorf en los años 80), que por diversos motivos resulta lo más accesible del conjunto. En el peor de los casos, encontraréis aburridísimo lo que tenéis entre manos, y lo dejaréis para seguir con el siguiente libro de vuestra lista. Pero, en el mejor, se habrán abierto ante vosotros las mismas puertas que, hace más de una década, cambiaron mi vida para siempre.

Os animo a que hagáis la prueba de asomaros a ellas.

martes, 2 de febrero de 2010

Tennessee Williams y lo pasado de moda


Cuando yo era niño, mostraba una preocupante afición por lo truculento. Preocupante sobre todo para mi madre, que me miraba como temiéndose lo peor. El caso es que entre mis preferencias había un hueco especial para todas las películas basadas en obras de teatro de Tennessee Williams. Calor sureño, sexualidades restallantes, histeria y frustración. ¿Cómo no iba a fascinarme aquello? Si al cóctel le añadíamos incesto, canibalismo y lobotomía (ése era el caso de “De repente… el último verano”) ya era la felicidad absoluta. Adoré esa absurda pieza, y su descabellada adaptación cinematográfica con Katharine Hepburn, Liz Taylor y Montgomery Clift, hasta bien entrada la adolescencia.

El mito Williams no se me cayó hasta que tuve veinte años, o así. Fue cuando presencié una adaptación de “La gata sobre el tejado de zinc caliente” protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón y Toni Cantó. Lo pasé fatal: no sólo porque el montaje fuera infumable (lo era), sino sobre todo porque me di cuenta de lo mal que había envejecido el teatro de Williams. Ya estaba pasadísimo cuando a mí me gustaba, pero si ante un renacuajo sabihondillo aún podía ejercer un intenso poder de fascinación, la cosa se pone más difícil cuando entra en juego un espectador adulto y con cierta visión del mundo. Los floridos diálogos de Williams, la oscura naturaleza de los conflictos que expone, sus damas sureñas al parecer basadas en la madre y la hermana del propio escritor (las dos, locas de atar) siguen conservando cierto encanto, pero se trata de un encanto irremediablemente kitsch. Teniendo plena consciencia de ello, uno aún se lo puede pasar pipa con todo ello, pero difícilmente se lamentaría porque al dramaturgo jamás lo propusieran para el premio Nobel.

Bueno, cuento todo esto porque en el mes pasado compré en una librería de Nueva York un viejo ejemplar de las “Memorias” publicadas por Williams en los años 70. Esperaba algo revelador, o al menos algo escrito con cierto garbo estilístico, pero no fue así. A cambio, el libro tuvo la virtud de descolocarme por completo. Superficial, ligerito de tono, pasaba completamente de cuestiones como la génesis artística de las obras del escritor, su visión de la disciplina teatral o la literatura, para centrarse en narrar una serie de anécdotas más o menos escabrosas, donde el sexo ganaba claramente la partida. Es decir, que se trataba precisamente del tipo de libro que por lo general lleva la suculenta etiqueta de “biografía no autorizada”… ¡Sólo que estaba escrita por el propio biografiado! Además, le ocurría justo lo mismo que al grueso de la obra de Williams: en pleno siglo XXI, se le ha pasado el arroz. Puede que hace treinta y tantos años sus recuerdos de chaperos romanos, sexo en playas iluminadas por la luna y violentos marineros encontrados en Times Square suscitaran escándalo y morbillo, pero hoy en día estamos muy lejos de llevarnos las manos a la cabeza por cosas así. No sé si se debe a que la sociedad occidental ha madurado lo suficiente o a todo lo contrario (¿efectos colaterales de la telerrealidad y demás?) : me limito a constatar que me parece difícil que, si se publicaran hoy en día, las memorias de Tennessee Williams levantaran mucha polvareda, ni muchas cejas tampoco.

He encontrado en el libro, sin embargo, algunos bonitos pasajes. Lo relativo a su pobre hermana Rose (internada en varias clínicas psiquiátricas y sometida a una espantosa lobotomía, como los malos de la función querían hacer con la Catherine de “De repente… el último verano”), así como su breve recuento de las noches en Roma junto a la actriz Anna Magnani, sí genera cierta empatía en el lector. Esto, junto con una rara y aparente falta de autocomplacencia, me pareció lo mejor del libro.

jueves, 14 de enero de 2010

Un cónsul poco honorario


Recién llegado de un viaje, veo la primera película del año. “El cónsul de Sodoma”, de Sigfrid Monleón, biopic del poeta español Jaime Gil de Biedma, resulta ser una experiencia tan marciana que pulveriza todo resquicio de jet lag. Una rara virtud, al fin y al cabo.

Los primeros minutos de la cinta, que transcurren entre los altos y los bajos fondos de Manila en los años 60 del pasado siglo, resultan alarmantes: diálogos de parvulario, interpretaciones acartonadas y, rematándolo todo, una fotografía rarísima, con hiperiluminación, grano y tonos miel, que recordaba a algunos olvidables (y, de hecho, olvidados) ejemplos de la cinematografía catalana de finales de los años 70. Después, durante algo así como tres cuartos de hora más, la alarma pasa a convertirse en espanto: en varias ocasiones consideré que lo que estaba viendo era una pura y simple infamia. Y no por la decisión de centrar el eje de la anécdota narrativa en la voraz sexualidad del poeta, o por el retrato –en todo caso, no especialmente duro- que se bosqueja de gente como Juan Marsé, Carlos Barral o Colita (en realidad no hay apenas visión sobre los totems de la gauche divine: a pesar de que ocupan bastante espacio en el metraje de la película, uno tiene la impresión de que pasaban por ahí), sino sencillamente por lo espantosamente mal que está hecho todo. Si al cabo de un rato el discutible look visual de la película acaba tolerándose, no puede decirse lo mismo de las interpretaciones (todos los actores están fatal, incluidos un ridículo Jordi Mollá y una insuficiente Bimba Bosé), ni del guión, que contiene algunas de las líneas de diálogo más sonrojantes a este lado de José Luis Garci. Casi todo es tan horrible que aquello que no lo es destaca como diamantes en un estercolero: la maravillosa selección musical, por ejemplo, o la utilización en la banda sonora de los poemas de Gil de Biedma, que posee un elevado voltaje emocional, sobre todo en la secuencia del encuentro con el cadáver del padre. Gracias a esto, “la píldora que os dan” (que diría Mary Poppins) pasa bastante mejor, y uno termina incluso cogiendo cierto cariño a la cinta y a su director, que al menos intenta echar mano de ciertos recursos estilísticos de puesta en escena: otra cosa es que el intento casi siempre le salga fatal. Por lo demás, las folladas (muy mal puestas en escena y rodadas), unos cuantos penes en erección y una amplia muestra de chaperos no justifican en absoluto el mini escándalo que se ha creado.

Mi adorado Juan Marsé ha puesto verde la cinta en unas declaraciones públicas recientes, lo que ha sido aprovechado por el productor, Andrés Vicente Gómez, para afirmar a su vez que lo que a Marsé le pica es que en ella se revela que el escritor barcelonés trabajaba en una joyería antes de alcanzar la gloria, y que se casó (¡horror!) con la criada de una marquesa. No he escuchado una majadería más improbable en toda mi vida: mucho me extrañaría que a estas alturas a Marsé le preocupe que se divulguen unas cuestiones tan banales sobre su vida. Por otro lado, como explicaba antes, el retrato que se dibuja del autor de “Últimas tardes con Teresa”, y de la génesis de esta obra maestra literaria (en la que, al parecer, la intervención de Gil de Biedma fue decisiva), resulta de una imperdonable irrelevancia. Una vez más, el pobre Marsé ha sido maltratado por el cine, aunque por fortuna aquí sólo intervenía en calidad de personaje secundario.

Dos momentos a rescatar en la grotesca globalidad de esta “El cónsul de Sodoma”: uno, un breve plano en el que el poeta aparece montando en moto con su amante gitano (esta última es, por cierto, la única interpretación decente de la cinta); otro, el final, que misteriosamente parece estar diciendo algo al espectador: justo lo que no se ha hecho en las casi dos horas anteriores.

martes, 6 de enero de 2009

La France (y II)

Jeanne Moreau: du vrai chic...


Por supuesto, mi amor por Francia va más allá de las visitas esporádicas, o incluso de los conocidos que allí nacieron o viven. Está, por ejemplo, el cine francés, que como conjunto constituye sin duda mi cinematografía preferida. Desde luego que en ella abundan los bodrios, los sonrojantes productos supuestamente comerciales y la pretenciosidad, como en cualquier otra, pero también contiene una insólita proporción de grandes creadores por habitante. Entre mis directores favoritos de todos los tiempos se cuentan Bresson, Renoir, Truffaut, Vigo, Cocteau, Becker, Eustache, Demy o Pialat, por citar algunos ya fallecidos. De los que siguen vivitos, coleando y en activo, me encantan Jacques Rivette, André Téchiné, Patrice Chéreau o Claude Chabrol, autores en mi opinión de algunas de las mejores películas de finales del siglo XX y principios del XXI. También he apreciado mucho algunas películas de Léos Carax (sobre todo), Olivier Assayas y Jacques Audiard. No he visto nada de Arnaud Desplechin, y lo lamento, pues intuyo que podría interesarme mucho. La nouvelle vague, tan llena de detractores últimamente, me parece uno de los mejores inventos de la cultura reciente, a tenor de sus resultados artísticos. El caso específico de Godard, sin embargo, me genera sentimientos ambivalentes: en ocasiones no lo soporto, aunque globalmente admire su trabajo. Por último, no hay que olvidar que algunos grandes directores de otros países han hecho grandes cosas trabajando en Francia y/o con capital francés: Buñuel, Kieslowski, Polanski, Zulawski, Oliveira o Iosseliani son algunos ejemplos.

Eso por no hablar de sus actores y actrices, de sus estrellas. Sin la vulgaridad de las españolas, pero sin tanto artificio como las americanas, infinitamente más sensuales y distintivas que todas ellas, las estrellas francesas nunca dejan de producirme arrobo y admiración. Mezclando todas las épocas y sexos, están Jeanne Moreau (la más grande de todas: habrá que hablar largo y tendido sobre ella en otro momento), Jean-Paul Belmondo, Catherine Deneuve, Arletty, Jean-Louis Barrault, Danielle Darrieux, Jean Gabin, Juliette Binoche, Gérard Philipe, Anouk Aimée, Jean-Luis Trintignant, Delphine Seyrig, Alain Delon, Simone Signoret, Michel Piccoli, Stéphane Audran, Gérard Depardieu (y su hijo, el recientemente fallecido, maravilloso Guillaume), Isabelle Huppert, Fanny Ardant. ¡Qué ramillete, cuánta clase, atractivo y talento! No se puede dejar de nombrar a Daniel Auteuil, de estilo un poco demasiado Actor’s studio, pero indiscutiblemente dotado. A Emmanuelle Béart la he apreciado mucho, hasta que lo que se ha hecho en la cara ha adquirido magnitudes inasumibles. Isabelle Adjani me parece una categoría aparte: sencillamente, no entiendo su registro. De todos modos, en “La Reine Margot” -obra maestra- resultaba adecuadamente marciana y bigger tan life. Entre los más jóvenes, es difícil encontrar en todo el cine mundial más magnetismo y sex-appeal que el que condensan Benoît Magimel, Louis Garrel (¡tan joven, y con tanto estilo!), Romain Duris, Eva Green o Audrey Tautou. Marion Cotillard, a pesar de su Cruz-y-rayesco y oscarizado trabajo en aquel biopic de Edith Piaf, es una buena actriz y una cálida presencia.

En cuanto a la literatura, aparte de Marcel Proust, que supuso para mí una auténtica relevación, una conmoción que me abrió las puertas de un nuevo mundo, debo agradecer a escritores como Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, Colette o Camus algunos de los momentos más intensos y emocionantes que he vivido como lector. En la música, reservo sendos pedestales para las voces y la personalidad de Jacques Brel (belga de sabor más galo que los gitanes), Gainsbourg, Barbara, Ferré, Piaf, Trenet, Brassens, Françoise Hardy o Juliette Gréco. Y en las artes plásticas, Géricault, Corot o Monet, aparte de todos los surrealistas, son algunos de mis favoritos.

Los franceses suelen conceder a la cultura y al pensamiento una posición relevante, a veces rayando el esnobismo. Por decirlo de algún modo, si uno escoge a un español al azar y le pregunta si ha leído a Cervantes, obtendrá como respuesta un sincero “no”, mientras que si a su equivalente francés le preguntaran si ha leído a Proust lo más probable es que su respuesta sea un “bien sûr!” tan vehemente como falso. Entre las dos posibilidades, prefiero la segunda, que al menos demuestra cierta conciencia de que entre lo que uno debería tener se incluye el conocimiento de los grandes autores en la propia lengua. Pero, además, por mucho que se hable de chovinismo, Francia destaca por su curiosidad y respeto hacia aquello que ocurre fuera de sus fronteras, por su deseo de enriquecer con ello su propia cultura. He hablado antes de los muchos directores de cine extranjeros que han realizado parte de su obra en Francia: excepto los Estados Unidos, no creo que haya un solo país que se haya beneficiado tanto del talento foráneo, y que haya sido tan entusiasta a la hora de acogerlo. No es el cine el único ámbito en el que esto ha ocurrido, y para darse cuenta de ello sólo hay que pensar en las décadas en que París fue un hervidero de artistas procedentes de todo el mundo. El fenómeno llega también a la literatura, el sancta sanctorum de la cultura de un país: el irlandés Samuel Beckett escribió la mayor y más importante parte de su obra en francés, y más recientemente el norteamericano Jonathan Littell ganó el premio Goncourt con su novela “Les Bienveillantes”, en el mismo idioma. No conozco muchos casos similares en otras lenguas. Los franceses saben caminar sobre el alambre más fino mejor que cualquier funambulista: adoran la cultura extranjera sin descuidar la propia, saben disfrutar de la vida sin perder de vista el objetivo de la eficiencia, poseen una soberbia gastronomía en la que las grasas animales ocupan una posición fundamental, pero presentan unas bajísimas tasas de obesidad y enfermedad coronaria. Como resultado de todo ello, tengo a Francia por el máximo exponente de la civilización, al menos tal y como yo la entiendo.
Pensaréis que exagero, que ni siquiera al mayor fanático se le puede pasar por alto que todo tiene sus pros y sus contras, y tendréis razón. No descarto que Francia, sus habitantes, su literatura, su tradición artística, su gastronomía y su cine estén plagados de defectos estructurales, aunque yo sea incapaz de encontrarlos. Lo mismo le ocurre a mucha gente cuando se enamora, lo que nunca ha sido mi caso, pues hasta ahora he sido en cada momento bastante lúcido acerca de los defectos de la persona amada. En fin, puede que al fin y al cabo todo esto no sea más que una vulgar traslación de emociones.

A Francia le dedico mi único espacio para la irracionalidad: considero que hay destinatarios peores.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Una alegría inusual

Ayer por la tarde me llevé una alegría inusual cuando supe que habían concedido el Premio Cervantes a mi escritor contemporáneo en lengua española preferido, Juan Marsé. Rara vez me emociono porque a alguien le den un premio: menos aún si a ese alguien ni siquiera lo conozco personalmente. Esta vez ha sido distinto, lo supe desde el momento en que, al escuchar la noticia en la radio que sonaba en casa, mi corazón dio un vuelco fulminante e instintivo, como cuando apartamos la mano al tocar por accidente un hierro ardiendo.

Muy pocos escritores me han procurado la emoción que contenían libros como "Ultimas tardes con Teresa" o "Un día volveré". El principio de la primera y el final de la segunda los releo a veces cuando creo necesitar una dosis urgente de belleza y sentimiento, y entonces mi dosis me es administrada de manera infalible.


"Si te dicen que caí" me parece un simple prodigio de lenguaje literario, de una creatividad compleja y musical. "El embrujo de Shanghai" era una delicia narrativa que Trueba arrastró por el fango en su sonrojante adaptación al cine. Otras novelas ligeramente menos logradas ("La oscura historia de la prima Montse", "Rabos de lagartija") sigo encontrándolas portentosas de todos modos.


Hay otros grandes escritores, también en lengua española, también contemporáneos. Creo que ningún premio concedido a ellos me habría llenado de semejante alegría instantánea. Después de mucho preguntarme a qué se debía esto, he llegado a una conclusión un poco dura de confesar: Marsé escribe como yo desearía ser capaz de escribir, y por eso de algún modo íntimo y secreto yo sentía que el premio me lo estaban dando a mí.