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domingo, 25 de julio de 2010

Crónicas mexicanas (1)


Quienes seguís este blog, quizá hayáis notado que durante un tiempo no lo he actualizado con la frecuencia habitual. Como quizá también habréis supuesto, esto se debe a que he estado de vacaciones. En México (esto último no teníais por qué notarlo o suponerlo).

¡Qué país tan seductor y tan increíble! Los españoles tendemos a pensar en Latinoamérica como un todo más bien homogéneo y uniforme, y además culturalmente muy similar a nuestro propio país, cegados por la engañosa amalgama de la lengua castellana. No sabemos hasta qué punto nos equivocamos. El principio de la semejanza puede darse en algunos casos (recuerdo también maravillado mi viaje a Buenos Aires hace ya unos añitos), pero se incumple casi siempre. Para un español, viajar a México es como viajar a Marte, con la particularidad de que los marcianos hablan su mismo idioma.

Por otra parte, la capital del país, Ciudad de México, rompe o pone en crisis la mayor parte de los tópicos con ella relacionados. El primero de ellos, que se trata de una población fea y peligrosa. ¡Menuda sandez! En primer lugar, el Centro Histórico de la ciudad está lleno de maravillas arquitectónicas, de preciosos palacios institucionales y casas señoriales procedentes del pasado virreinal. Algunos de los barrios más residenciales, como la Colonia Roma o parte de la Condesa, son también muy bonitos y elegantes, pero, además, hay barrios periféricos (¡Coyoacán!) de una belleza modesta y peculiar, dotados de un encanto irresistible. En el resto impera el eclecticismo más absoluto, lo que también termina conformando una forma particular de belleza. Luego está la tendencia a la desmesura de la escala tan habitual en las grandes ciudades de América latina, esa implacable brutalidad en los rascacielos, las avenidas y los monumentos públicos, que aplastan al paseante, justo después de llevarlo a la asfixia. El conjunto de todo ello me parece, a su manera, tan hermoso como puedan serlo Roma, París o Praga. Insisto: a su manera.

En cuanto a lo del peligro… No dudo que pueda haber en el DF zonas donde uno se juegue la vida sólo con pisarlas –como ocurre en cualquier gran ciudad-, pero desde luego en todas las partes en las que estuve yo me sentí siempre perfectamente a salvo. O yo soy un completo inconsciente, o esa ciudad no es mucho más peligrosa que Madrid o Nueva York.

Otros dos tópicos sobre México, éstos de carácter más idiosincráticos, se cumplen sólo en parte. El nacionalismo: en efecto, es evidente que los mexicanos adoran su país, y que el águila y el nopal (chumbera), símbolo nacional, poseen una presencia abusiva, pero por fortuna a la hora de la verdad todo resulta muy naïf y muy superficial, y nadie se toma la cuestión nacional muy en serio. En resumen, que hablar de la nacionalista México es como hablar de la católica España. Luego está otro tema peliagudo, que es el machismo. Al respecto, debo decir que presencié allí alguna situación que en la España actual habría resultado más bien chocante, pero que en el fondo uno nota que la sociedad mexicana es esencialmente machista en menor medida por el efecto directo que por la reacción por ello suscitada. La mayor parte de las mujeres mexicanas que he conocido poseían una fuerte personalidad, y daban la impresión de hacer todo lo posible para que se notara. Incluso a la hora de prepararse para salir: en cualquier cóctel, cena o evento, los hombres tienden a mantener un look digamos “relajado”, mientras que las mujeres aparecen de punta en blanco, creando un efecto bastante extraño: ellos parece que van a un concierto de rock, mientras que ellas dan la impresión de estar haciendo un alto en su camino hacia la boda de su mejor amiga. Pero ni de lejos se ponen como muñequitas emperifolladas: por el contrario, aparecen ante los ojos de los demás vestidas para matar, encaramadas con decisión sobre sus Louboutins. Casi dan miedo. A su lado, cualquier española, francesa o italiana parecería una niñita desgarbada. Otro dato más revelador de lo que podría pensarse: la cirugía estética facial está sorprendentemente poco extendida tanto entre las jóvenes como entre las mayores. Allí, por algún motivo que convendría analizar, las mujeres no parecen encontrar alicientes para alterar sus rasgos o proporcionar tensados artificiales a su piel. Lo que no deja de ser un alivio.

Por último, eso de que los mexicanos son unos borrachuzos de tomo y lomo es la mayor chorrada de todas. Y os aseguro que no hay mucha gente más apropiada que yo mismo para juzgarlo, ya que desde hace tiempo no bebo una gota de alcohol. Puede que el tequila y el mezcal se consuman con generosidad, pero -ya sea por costumbre fisiológica o por mero civismo- todo el mundo mantiene en todo momento su dignidad y su chispa. No recuerdo haber presenciado ninguna escena de borrachos lenguaraces como las que suelen aparecer en las películas, y en particular me sorprendió el modo en que actuaban los fans futbolísticos el día de la victoria española en el Mundial, que allí se vivió como si fuera propia. Unas multitudes bastante estimuladas abarrotaban la plaza de la Cibeles (sí, en México DF hay otra Cibeles), pero nadie se arrastraba por el suelo, ni daba la impresión de buscar pelea, ni se daba al vandalismo, ni aullaba incongruencias, ni nada por el estilo. Simplemente estaban felices y se divertían. Punto. Ojalá en España ocurriera lo mismo en ese tipo de ocasiones.

En fin, que puedo afirmar que mi viaje a México ha resultado ser, contra mis pronósticos iniciales, el más extraordinario de todos los que he hecho hasta ahora. Lo confieso: he tenido un flechazo.

Seguiré dando cuenta de todo ello en próximas entradas.

jueves, 15 de abril de 2010

Bene Bergado y la vida social


Son etapas, imagino. Pero últimamente rehúyo la vida social todo lo que puedo: lo justo para no parecer huraño, que no conviene nada. Así, por ejemplo, cuando me entero de que hay una exposición interesante, salvo contadísimas excepciones intento no visitarla el día de la inauguración. Siempre hay tiempo.

Rompí esta norma la semana pasada, porque la ocasión lo merecía. La estupenda Bene Bergado inauguraba en la galería Espacio Mínimo de Madrid. Hom@, se llama el invento. A Bergado acabo de entrevistarla (la entrevista se publicará en prensa esta misma semana), y además publiqué una breve reseña de la exposición para el número de abril de Vanity Fair, así que ya habrá noticias sobre el asunto en este blog. Por ahora, os recomiendo, desde luego, que os paséis por la galería, donde seguro que seréis muy bien recibidos y podréis presenciar la obra de una artista sofisticada y (diga lo que diga ella) dotada de un interesante sentido del humor.

En todo caso, el día de la inauguración había tanta gente que era difícil ver realmente las piezas expuestas, de manera que lo mejor fue reencontrarme con algunas personas a las que aprecio, lo que me hizo disfrutar doblemente de algo algo que por momentos había temido como una especie de deber. Habían venido a Madrid para la ocasión Manu Arregui, Richard Corpas, Elssie Ansareo, Eduardo García Nieto, Miguel Ángel Gaüeca y Sira Cornejo, entre otros. Un bálsamo, vamos; y la mejor manera de evitar toda tentación misántropa. Así sí se puede.

lunes, 1 de febrero de 2010

Una persona adorable


Entre el arte y la vida, tengo clarísimo que elijo la vida. Por eso, aunque ame el arte (o, al menos, algunas de sus modalidades) admiro y valoro infinitamente más a una buena persona que a un buen artista.

No creáis que no me doy cuenta de que dedico la mayor parte del espacio de este blog a explicar por qué tal o cuál película, exposición o libro me ha parecido maravilloso, o un espanto, o me ha dejado indiferente, y que en ocasiones afronto la cuestión como si se tratara de un asunto vital. Pero eso se debe sobre todo a que por lo general no conozco en persona al creador en cuestión. Si, por ejemplo, mañana me presentaran a José Luis Garci, y después tuviera ocasión de tratarlo con cierta frecuencia, y como consecuencia de ello yo me convenciera de encontrarme ante un hombre generoso y lleno de bondad, la ínfima calidad de sus películas me parecería un asunto tan irrelevante que ya no sería capaz de escribir valorativamente sobre ellas. Inversamente, si yo hubiera tenido trato con Pedro Almodóvar y hubiera visto en él una sabandija, el hecho de que “Los abrazos rotos” sea una película maravillosa (firme realidad a la que he dedicado varias entradas) me parecería de pronto tan banal que me resistiría a redactar una sola línea más al respecto.

Toda esta introducción para referirme al hecho de que la semana pasada asistí a la inauguración en el museo Artium de Vitoria de “Deals, Shapes and Void”, la última exposición de Miguel Angel Gaüeca.

Gaüeca es un artista vizcaíno al que tengo la suerte de conocer personalmente. Cuando nos encontramos por primera vez, experimenté hacia él una simpatía instantánea y de una extraña cualidad. Algo así como el cariño tierno y acrítico que muchas personas dirigen a los niños. No creo que yo sea muy tierno, y menos aún acrítico, y por lo general los niños no suelen gustarme demasiado: de ahí que hable de lo extraño del fenómeno. Por otra parte, el artista en cuestión y yo somos muy distintos en muchos aspectos (también nos parecemos en otros esenciales, pero creo que son menos), y eso podía haber resultado decisivo para distanciarnos: pues bien, no es así. Por el contrario, encuentro que Gaüeca es una persona adorable, y uno de las relaciones personales más afortunadas que he tenido en los últimos años. Me gusta su ingenio raro y nada resabiado, su alegría no expansiva pero contagiosa, su urbanidad y cordura un poco antiguas, un poco campesinas. Me gusta porque encarna la demostración de que aún posible el sarcasmo sin cinismo, la peculiaridad sin esnobismo. Me gusta como me gusta casi todo lo que es real, lo que no necesita proceder a la adulación o el artificio para reivindicar su lugar en el mundo, lo que se limita a ser como es sin estridencias ni subterfugios.

Secundariamente, considero que es también un gran artista, y que la exposición de Vitoria es una muestra nítida de ello. Id a verla: es muy probable que os interese y os sorprenda en más de un sentido. Por desgracia vuestro conocimiento de la persona será limitado, pero al menos tendréis acceso a su talento creativo. Lo que tampoco está mal.

jueves, 21 de enero de 2010

Guerra de sexos!


Leo con bastante curiosidad una noticia ( http://www.elmundo.es/elmundo/2010/01/20/comunicacion/1264019591.html ) según la cual una institución llamada Observatorio de la Imagen de las Mujeres, de cuya existencia no tenía noticia, ha recogido en un informe varias protestas relativas al tratamiento de lo femenino en el programa “Escenas de matrimonio”. Al parecer, en ese gran show televisivo del siglo XXI las mujeres aparecen como “seres complejos e incomprensibles, con lo que hacen imposible la vida de sus maridos o parejas, reproduciendo anacrónicos y denigrantes estereotipos sobre las relaciones de pareja”. De todo esto, lo único que discuto es que el estereotipo en cuestión (que de denigrante en efecto tiene mucho) presente anacronismo alguno.

A continuación relataré una breve anécdota que encuentro bastante ilustrativa sobre el caso. Estas pasadas navidades, la vuelta al hogar incluyó una cena con mis viejos amigos del colegio. Yo fui uno de los pocos que asistieron al evento sin pareja. Primer dato digno de análisis sociológico-cultural: de un modo espontáneo, todas las mujeres se sentaron juntas, en un extremo de la mesa. En el otro extremo se situaron los hombres. Había por tanto un escrupuloso reparto por sexos, que a la vista resultaba de lo más chocante. Pronto averigüé el motivo de la segregación, que constituye la segunda y definitiva curiosidad del caso: todos los casados o ennoviados que me rodeaban, todos sin excepción (e incluso algunos que no lo estaban ya), terminaron aferrándose al monotema de lo terriblemente complicadas, rencorosas, exigentes y arbitrarias que son las mujeres. Siempre se acuerdan de todo lo malo que ha hecho uno, y están dispuestas a echarlo en cara en cualquier momento. Es imposible satisfacerlas, porque siempre exigen más, en todos los órdenes. Su pensamiento es completamente arcano e impenetrable. Son incapaces de mantener la calma, de tomar decisiones con serenidad y raciocinio. Y todo así.

Deduje de esto que, de algún modo, mis amigos vivían su relación de pareja como una condena ineludible, fenómeno cuyo motivo se me escapa por completo. Cuando planteé la pregunta de, dado que tenían semejante concepto de las mujeres, cómo es que seguían empeñados en mantenerlas como parejas (¿quién les obliga a ello?), no obtuve ninguna respuesta satisfactoria. Supongo que la alternativa de hacerse todos gays -o célibes- así, por las buenas, les debe de resultar aún más insoportable que el convencimiento de que van a pasar el resto de sus días atados a una harpía desquiciada, un monstruo de naturaleza perversa. Mientras tanto, yo miraba de reojo a sus novias y mujeres, que charlaban animadamente con una apariencia de perfecto candor: quizá estuvieran conspirando sobre cómo seguir desconcertando y maltratando a los pobres machos de la tierra, o quizá (esto me parece más probable) se quejaban de lo incomprensibles e inmaduros que son los miembros del género masculino.

Parece, por tanto, que la guerra de sexos sigue instalada en nuestra sociedad. Y, como en toda guerra, los estereotipos acerca del adversario funcionan a pleno rendimiento: o sea, que de anacronismo nada, monada. Si no, que se lo digan a Lars Von Trier: cuánto lamento no haber recomendado a mis amigos escolares un paseo por el cine para enfrentarse a su “Anticristo”…

jueves, 9 de julio de 2009

Prodigio

Es extraño que nunca hasta el momento haya mencionado en mi blog a Lorena Uriarte, sobre todo porque ella es una de las personas que más cuentan en mi vida.

Nos conocemos desde que entramos en la mayoría de edad. Hace ya unos cuantos años de eso. Desde entonces hemos atravesado varias fases en nuestra relación: las primeras fueron más equívocas, pero creo que muy pronto quedó claro entre nosotros qué es lo que iba a unirnos en el futuro, o al menos hacia qué dirección avanzábamos. En los últimos años, hemos perseverado en esa dirección sin desviarnos un ápice de ella. Somos amigos, y de alguna manera también hermanos. Escribo esto porque pienso que, si la amistad normalmente se fundamenta en una equilibrada combinación de fortalezas y debilidades complementarias que derivan en un mutuo beneficio (relación simbiótica), en nuestro caso el predominio corresponde a una serie de semejanzas (en vivencias, puntos de vista, etc) determinantes que nos convierten en lo que algunos cursis llaman “almas gemelas”, y que acaban operando como un ADN común. Es por eso que mezclo la hermandad en todo el asunto. Sólo que, al contrario que en la mayor parte de las relaciones fraternales, incluso las más sanas y mejor gestionadas, de la nuestra quedan excluidos algunos elementos típicos como la competitividad o la suspicacia. Tampoco quiere esto decir que entre ella y yo las cosas hayan sido siempre idílicas. Hay algunos puntos en los que hemos encontrado y siempre encontraremos cierta fricción: guardaré para mí cuáles son esos puntos, que a nadie importan salvo a nosotros.

Lo esencial es que Lorena y yo hemos estado juntos en los momentos más complicados, y también en algunos de los más agradables. Nuestra educación sentimental ha avanzado casi en paralelo, y hemos llegado a conclusiones muy similares en lo que se refiere a las relaciones personales. Hablar con ella siempre me tranquiliza y me reconforta. Ella es una de las poquísimas personas de este mundo de las que jamás me canso. Más aún: es la única con la que siempre puedo reírme a carcajadas, a veces para desesperación de quienes se encuentran a nuestro alrededor. Contra todo lo que explicaba antes, compartimos muy poco en el campo de las aficiones, y no conseguimos vernos con tanta frecuencia como nos gustaría, pero eso de ningún modo evita que nos consideremos (o, al menos, que yo nos considere) casi como una sola mente cuando estamos juntos.

Me sorprende esta capacidad del ser humano para hiperempatizar hasta la certeza de encontrarse en comunión con el otro. No hay comunión posible, eso lo sé. Pero el mero hecho de que a veces nos instalemos en la ilusión de ser uno con otra persona, me parece uno de los prodigios que hacen la vida más llevadera. Lorena, mi prodigio, espero que de un modo u otro estés siempre cerca de mí.

jueves, 25 de junio de 2009

Lo que es un asador


La pasada semana tuve ocasión de huir del asfixiante calor madrileño y dar una vuelta por el norte de España. Primera parada: Santiago de Compostela. Preciosa ciudad, fantástico clima (mientras yo estuve allí), estupenda comida. Segunda parada: Bilbao. Que me recibió con cielo gris y llovizna, aunque a lo largo del fin de semana la situación fue mejorando razonablemente. No me importaba mucho: lo que sea, antes que las insufribles temperaturas de la capital.

Entre los descubrimientos del fin de semana, tengo que citar un asador llamado Etxebarri, situado en el minúsculo pueblo vizcaíno de Axpe-Marzana, y del que antes ni siquiera había oído hablar. Acabé comiendo allí el sábado por recomendación de una persona llamada Alejandro Muguerza, ovni hiperinformado que vive entre Miami, Londres y Markina (¡!) y que por méritos propios acabará ganándose una entrada completita para él solo en este blog. Alejandro nos había dicho que Etxebarri es el mejor asador del País Vasco, y aunque no he estado en todos ellos para confirmar si tal afirmación es cierta, debo decir que no me extrañaría nada. Cada uno de los platos de la comida (croquetas, ensalada de bacalao y verduras asadas, pulpitos a la brasa, chuletón y tostada de pan con helado de chocolate) era perfecto, insuperable. Literalmente: se trataba de las mejores croquetas que había probado, la mejor ensalada de bacalao, y así sucesivamente. Agradecí especialmente que la chuleta, perfecta de punto y de una ternura increíble, con toda su grasa delicadamente infiltrada en la proteína (“y con todo su sabor a vaca vieja”, se relamía Alejandro), no llegara a la mesa en uno de esos espantosos tochos de cerámica que se supone que ayudan a mantenerla caliente, pero que en realidad lo que hacen es achicharrar la carne y ahumar a los comensales.

Todo ello en un entorno fantástico, todo lo bucólico y pastoril que uno puede esperar del emplazamiento. Impresionante experiencia: repetiré, espero.

jueves, 4 de junio de 2009

En París: amigos, cuadros, rockeras burguesas, garden parties y la superación de la lucha de clases

La lucha de clases, dinamitada en el Loira. Si Carlos levantara la cabeza...


He pasado unos días muy divertidos y bastante agotadores en París. Debía estar allí para asistir a un par de reuniones de trabajo, aunque también he aprovechado la ocasión para visitar amigos y hacer vida social. Todo muy enriquecedor y muy agradable, a lo que contribuyó el fantástico tiempo reinante casi tanto como las personas con las que me encontré en la capital francesa.

Entre los momentos cumbre de la visita, destaca la inauguración de la última exposición de Ignacio Goitia en la Galerie 13 de Jeannette Mariani (36,Rue du Mont Thabor), que recomiendo vivamente. Enorme éxito social (acudió todo pichichi) y artístico (los nuevos dibujos y cuadros de Goitia son de lo mejor de su producción), amigos, sangría y cena en un restaurante asiático bastante especial llamado Dave. De todos modos, espero volver sobre este tema en un futuro texto de este blog.

La noche anterior se produjo otro gran momento, cuando un amigo (muy generoso) celebraba su cumpleaños invitándonos a cenar en el restaurante Anahí (en Rue Volta), un lugar al que hay que volver sin falta cada vez que uno viaja a París. No sólo porque la comida es excelente -no muy variada, pero de calidad inmejorable, y basada en la cocina de varios países latinoamericanos- y el comedor muy bonito y original -una antigua carnicería, muy tenuemente iluminada, con una fachada exterior que parece al borde del derrumbamiento-, sino por el espectáculo que durante y después de la comida uno puede encontrarse allí… o en el que puede terminar participando. Entre los clientes de Anahí uno puede encontrarse a las personas más diversas. Esta vez teníamos en la mesa de al lado, cenando con un amigo de aspecto insulso, a una señora inglesa que acaparaba varios de los códigos de la burguesía más tradicional: dos hileras de perlas en el cuello, tailleur azul marino con ribetes blancos, bolso acolchado de Chanel, melena pródiga en mechas rubias, acento inconfundiblemente high-class. Pues bien, aquella la dama burguesa, que parecía una versión británica de mi tía Lola, resultó no ser otra que la rockera y actriz Marianne Faithfull (me di cuenta en cuanto pude escuchar su inconfundible voz), con la que terminamos compartiendo unos cigarritos en la puerta del restaurante. En un momento dado, emergió de algún sitio indefinido el gran director teatral y cinematográfico Patrice Chéreau (responsable de una de mis películas favoritas de los últimos tiempos, “La Reine Margot”, a la que ya me referí en un texto anterior), que había dirigido a Faithfull en “Intimacy” -otra espléndida película-, y los dos se saludaron con un beso en los labios extrañamente civilizado.

Pero, aunque todo esto resultó bastante inolvidable, el verdadero gran momento del viaje había tenido lugar un día antes del encuentro con la señorona ex-rockera. El marco de lo que voy a contar era el jardín de un castillo de la región del Loira donde tenía lugar una larga y espectacular fiesta campestre a la que habíamos sido invitados por la dueña del inmueble, una mujer muy simpática cuya familia al parecer habita allí desde hace innumerables generaciones. Sobre lo sumamente bien organizada que estuvo la fiesta, su perfecta combinación de desenvoltura, magia y prodigalidad no tiene mucho sentido que me extienda: mencionaré en todo caso que sólo los franceses saben hacer estas cosas tan bien. Entre los invitados había muchos amigos de la organizadora, pero tampoco faltó el numeroso personal que vive y trabaja en alguno de los edificios que componen el castillo. En un momento dado, me encontré hablando precisamente con una de las personas que trabajan para la anfitriona. No entendí muy bien cuál era exactamente su cometido: sólo sé que lleva desempeñándolo desde que su empleadora era niña, y que durante las tres últimas décadas no se ha separado de ella. El lejano día en que fueron presentados por primera vez, la niña aristócrata y su aristócrata hermanito ejecutaron una reverencia ante la nueva sirvienta, lo que llenó a esta última de gozo, hasta el punto de que en aquel instante tomó la firme decisión de permanecer junto a aquella familia durante el resto de su existencia. “Y desde entonces” me aseguraba la buena mujer, componiendo una expresión de éxtasis beatífico quizá algo sobreactuada, pero que estoy convencido de que en esencia no era falsa, “mi vida ha sido un sueño". "Un vrai rêve!”, insistió después con cierta ferocidad fanática en los ojos, como si no me viera muy convencido (en realidad, yo estaba perplejo y fascinado).

Tuve entonces el convencimiento de haber asistido a algo en verdad memorable. Y no pude evitar el pensamiento de que, si Karl Marx hubiera podido sospechar que aquella escena post-lucha de clases iba a tener lugar sobre la faz de la Tierra un siglo y medio después de haber escrito “El Capital” con la inamovible certeza de que aquello iba a cambiar el mundo, posiblemente lo habría dado todo por perdido, trocando sus ambiciones de último profeta de la humanidad por una fatal adicción a los antidepresivos.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Los arquitectos


Mis amigos los arquitectos del estudio J1 de Madrid acaban de ganar el premio Ricardo Magdalena al mejor edificio construido en Zaragoza en 2008, concedido por la Diputación de Zaragoza a través de la Fundación Fernando el Católico. El trabajo en cuestión es un concesionario de coches de marcadas aristas y vaga inspiración flatironesca, elevado sobre mínimos pilares cilíndricos, y uno de cuyos puntos fuertes es el acceso, resuelto mediante una fantástica escalera helicoidal de hormigón. Hay que felicitar por el logro a Jesús Gómez, Roberto Rodríguez Paraja, Miguel Villachica y Guzmán de Yarza.

El estudio de estos chicos (porque las edades de todos ellos bajan de la primera mitad de la treintena) es uno de los locales con más encanto del eje Chueca-Alonso Martínez. Tan acogedor que no parece un lugar de trabajo, y tan poco pretencioso que no parece un estudio de arquitectura. Confieso mi vicio de pasarme por allí uno ó dos días por semana, a veces distrayendo a los que allí trabajan con proposiciones para tomar una cerveza o fumar un cigarro en la puerta. Ellos quizá preferirían la visita de alguna de las chicas que trabajan en las tiendas de ropa cercanas, pero de todos modos se muestran encantados de ceder a la tentación. Siempre viene bien un poco de espuma, un poco de humo, un poco de cotilleo. Hay que decir que esto último es algo que ellos agradecen especialmente, y a lo que se suman con entusiasmo. El ambiente, de jóvenes amigos y compañeros de trabajo que comparten quizá demasiadas horas juntos, definitivamente lo favorece.

Enhorabuena, señores arquitectos, y hasta la próxima visita.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Buñuel y sushi

Acudir a la Filmoteca Española es un placer cuya intensidad aumenta en verano, estación algo dada a la exhibición de la fealdad que se guarda durante el resto del año. En el cine Doré, su maravillosa sala, se genera un ambiente de gravedad y expectación muy similar al del rito religioso, lo que para un agnóstico no deja de ser un chollo: obtener la emoción litúrgica sin tener que tragarse una homilía. En lugar de homilías, lo que la Filmoteca nos ofrece son películas. Si hubiera sesiones los domingos por la mañana, las beatas se lo pensarían dos veces antes de encaminarse hacia la parroquia de su barrio.

El pasado viernes por la noche había quedado con mi amigo Miguel y su novia Ana para ver “El ángel exterminador” en la Filmoteca, pero la combinación Doré más Buñuel debió de resultar igual de tentadora para un montón de gente, así que las entradas se habían agotado a media tarde. Como Miguel es un hombre de recursos, me propuso una alternativa que tampoco estaba mal: alquiló la película en el vídeo-club de enfrente de su casa y compró comida japonesa. Así que los tres nos inflamos de sushi mientras nos dejábamos hipnotizar por las imágenes buñuelianas.

“El ángel exterminador” sigue siendo una obra maestra absoluta, de una radicalidad y una belleza extremas. Contiene algunas de las mejores secuencias filmadas por el director aragonés. Curiosamente, también la peor: por obvia, algo que Buñuel nunca se permitió en el resto de su carrera. Se trata un diálogo en el que una de las señoras atrapadas en el lujoso comedor de la mansión explica que, habiendo sido testigo del descarrilamiento de un tren y de la consiguiente carnicería humana, no se sintió conmovida por la experiencia, mientras que la muerte de un príncipe amigo suyo la llenó de desolación. Otra mujer aprovecha entonces para hablar de la insensibilidad de la plebe ante su propio dolor físico, comparándola con un toro impertérrito mientras se desangra en el ruedo. Por fortuna, poco después aparece una perla de genialidad que borra el mal sabor de boca: en pleno delirio febril, una tercera dama expresa su deseo de peregrinar a Lourdes en cuanto termine su cautiverio. “¡Prométame que me comprará una virgen lavable de caucho!”, exige al atónito interlocutor.

Por lo demás, la mencionada cualidad hipnótica de la película no da tregua al espectador. Ello se debe al talento de Buñuel como creador de imágenes llenas de misterio e intensidad y a la sabiduría de su puesta en escena, pero también a su habilidad narrativa. Cualquier otro autor habría agotado a los veinte minutos la anécdota sobre la que está construido el guión de la película, y sin embargo Buñuel consigue sacarle partido durante hora y media gracias a la perfecta progresión dramática y a una astuta dosificación de las sorpresas y momentos clave. No se me ocurre ningún otro cineasta capaz de llevar a buen puerto la combinación entre un punto de partida más bien absurdo y un tratamiento hiperrealista de su desarrollo.

Al terminar la película me vi contagiado del viscoso deterioro que sufrían sus protagonistas y, como es lógico, sentí unas ganas incontrolables de abandonar la casa de mi amigo.

No hubo sobremesa.