lunes, 9 de marzo de 2009

Cine y melancolía


La Filmoteca Española ha puesto en marcha este mes un nuevo ciclo, uno de los más bonitos y originales desde que soy asiduo de sus sesiones. “La melancolía en el cine”, lo han llamado, y entre la selección hay obras maravillosas de Satyakit Ray, Marguerite Duras, Andrej Wajda, Andrei Tarkovski o François Truffaut. La semana pasada acudí precisamente a ver una película de éste último, “Las dos inglesas y el amor”, delicada historia de amor entre dos hermanas británicas y un francés (qué elegancia, la de Jean-Pierre Léaud), ambientada a principios del siglo XX. Una maravilla, dirigida con toda la sutileza y el amor por la vida de Truffaut, con una imagen de Néstor Almendros y una música de Georges Delerue, sencillamente antológicas. Qué placer enorme para un viernes por la tarde…

La película de Truffaut justificaría una y mil entradas en este blog, pero no es de ella de lo que quería hablar. Me centro rápidamente. Revisando el programa de la Filmoteca, descubrí que la primera película del ciclo, proyectada unos días antes, era “La doble vida de Verónica”, dirigida en 1991 por el cineasta polaco ya fallecido Krzystof Kieslowski. Leer este título impreso en el folleto extensible, desde mi butaca, me llevó de inmediato a lo que posiblemente sea el origen de todo esto. De mi condición de rata de filmoteca, quiero decir. Porque “La doble vida de Verónica” fue la primera película que me hizo llorar, y eso es algo que no puede olvidarse.

Yo tenía quince años en 1991. Por algún milagro de la distribución, la película de Kieslowski se estrenaba en versión original en Bilbao, mi ciudad natal y donde yo vivía entonces. La V.O. es aún hoy en día rarísima de encontrar en la ciudad del Nervión, hasta el punto de que incluso los cines Rendir que hay en ella estrenan doblada al castellano toda su programación. Pero, bueno, era verano y alguien decidió que nadie iba a ir al cine de todos modos, así que era el momento de dar salida a excentricidades como aquélla. Por supuesto, allí me presenté en cuanto lo supe. Por entonces ya había visto muchas películas subtituladas gracias a los ciclos de madrugada de La 2. Tampoco el cine de Kieslowski me era desconocido, ya que el monumental Decálogo había tenido asimismo su correspondiente pase televisivo. Y, sin embargo, aquella sesión me conmovió como si asistiera a algo, algo realmente grande, por primera vez en mi vida. La sutileza, el misterio y la belleza de la película me envolvieron irremisiblemente, sus imágenes y su música se adhirieron al núcleo mismo de mis percepciones, y hubo un momento, minutos antes de que la película hubiera terminado, en que me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Imagino que la historia narrada, su paseo por la vida, el amor y la muerte, presionaron algún tipo de resorte en mis emociones, pero entonces, y aún hoy, tiendo más bien a pensar que lo que me ocurrió tuvo un origen puramente sensorial, que fue un simple gozo estético.

Después de eso he llorado alguna otra vez viendo una película (no muchas), en general por causas distintas: a medida que crecemos, que acumulamos experiencias y conocimiento sobre el ser humano, nos resulta más sencillo identificarnos de verdad con lo que a partir de su propia existencia otros han reproducido mediante la ficción. Somos capaces de entender y por tanto de conmovernos, lo que al menos en mi caso resultaba más difícil siendo adolescente. Sin embargo, la sensación no ha sido nunca como aquella vez. Tan irracional, tan plena y absoluta. Creo que cada vez que acudo al cine lo hago con la secreta esperanza de que vuelva a suceder ese milagro. A pesar de saber que cada cosa ocurre en su momento, y que la única posibilidad de rememorar aquel día consistiría en regresar a los quince años, reequiparme con todas mis ansias e inseguridades de entonces y ver “La doble vida de Verónica” por vez primera, lo que es completamente imposible, creo que mantener esa ilusión constituye para mí un acicate más que un lastre. Aunque a veces, como ahora mismo, la melancolía se haga casi insoportable.

1 comentario:

Alexandre Fabbri dijo...

Sí, melancolía... La razón por Irène Jacob no puede escuchar esta música de la película. Los lugares de filmación de la película, La doble vida de Verónica, está aquí.