jueves, 26 de febrero de 2009

Más sobre los Oscars


Me parece que cuando en mi último texto dediqué unas pocas líneas a los últimos Oscars, me quedé corto. Hace mucho tiempo que esta ceremonia no posee para mí particular interés: es raro que nominen siquiera películas o interpretaciones que me han gustado realmente, así que no suele importarme demasiado a quién le acaben dando el premio. Sin embargo, recuerdo con emoción cómo, siendo niño, me quedaba despierto toda la noche viendo los premios, cómo me alegraba infinitamente cada vez que el galardonado era mi favorito (tenía favoritos en absolutamente todas las categorías, hasta en la de cortometraje documental), y cómo la mañana siguiente me paseaba por ahí más chulo que un ocho, tras haberse constatado una vez más que nadie había predicho mejor que yo los resultados de la ceremonia. Los años 80 los recuerdo memorables, aunque entre las grandes premiadas hubiera de todo: películas soberbias (“El último emperador” de Bertolucci), buenas películas (“Amadeus” de Forman), películas correctas (“Memorias de África” de Pollack), películas mediocres (“Gente corriente” de Redford, “Paseando a Miss Daisy”, “Rain Man”) y algunas más bien infumables (“Gandhi” de Attenborough, “Carros de fuego” de Hudson). En todo caso, ¡qué emoción! ¡Qué entrega incondicional, absoluta y entusiasta a las leyes del espectáculo! Era yo un niño admirador del show business, que se tomaba completamente en serio aquella fanfarria, un niño para el que los Oscars robados a “Las amistades peligrosas” (en especial el que debió ser para Michelle Pfeiffer) constituía una ofensa tan escandalosa como para un judío francés del XIX el affaire Dreyfus. Qué tiempos…

Es cierto que, repasando las imágenes de la gala de este año, algo hay en ellas que remite a aquellos años dorados. El espectáculo estaba espléndidamente medido, sostenido por un armazón técnico (decorados, pantallas, iluminación, música, rótulos electrónicos) absolutamente impecable. No, “impecable” se queda corto: desde un punto de vista meramente técnico, el programa era glorioso. La coreografía de presentadores y premiados dentro del espacio escénico también había sido diseñada con enorme talento, de manera que, muy pertinentemente, se sacrificaba cualquier cosa (incluida, en ocasiones, la claridad) en favor del ritmo. Otra cosa es, como ya apunté en el texto anterior, que algo sucedía con ciertos presentadores, cuyas intervenciones resultaban robotizadas: en especial algunos de los veinte intérpretes que a su vez anunciaban los candidatos a los cuatro premios de interpretación y decían unas cuantas banalidades sobre ellos. Algunos resplandecían (Halle Berry, Whoopi Goldberg, un fondón Robert De Niro), otros estaban extrañamente rígidos (Adrien Brody y la momificada Sophia Loren), y había un tercer grupo que parecía bajo los efectos de drogas de diferentes tipos (Marion Cotillard, Anthony Hopkins).


De todos modos, gran parte del espectáculo nos lo perdemos los espectadores, o bien sólo atisbamos una pequeña parte del mismo, porque es el que transcurre en el patio de butacas. En este sentido, mención aparte para Kate Winslet, que se ganó a pulso su premio a la mejor actriz gracias a su asombroso talento gestual que le permitía dotar de matices insospechados a su cara de “estoy profundamente conmovida por lo que está sucediendo”. El recital que ofreció cada vez que las cámaras enfocaban sus reacciones era digno de la Falconetti en sus primeros planos de “La pasión de Juana de Arco” de Dreyer.


Por supuesto, está el asunto de los vestidos. ¿Quién fue la más elegante? ¿Quién la peor vestida? La verdad, esta discusión la encuentro completamente baldía, salvo que la pregunta se replanteara como “¿Quién fue el estilista más avispado, y que mejor supo conectar con el estado de ánimo general?”. Por lo demás, nada encuentro memorable en ese uniforme, aburrido mar de escotes palabra de honor, drapeados, espaldas al aire, paillettes, moños y alta joyería. Por supuesto que algunos de los vestidos son maravillosos: ¿y qué? Ya los hemos visto antes en la pasarela, mejor llevados. Suele criticarse las pasarelas de alta costura por su desconexión con respecto a la vida real, y por su supuesta tendencia al disfraz. Esta acusación no sólo me parece absurda (¿quién dice que una pasarela de alta costura tenga que representar siquiera lejanamente a la existencia cotidiana?), sino sobre todo profundamente injusta. En realidad, para disfraces los que llevan las actrices de los Oscars, disfraces dibujados por los grandes modistos (o sus asistentes), cosidos a mano, elegidos por estilistas y colocados de cualquier manera sobre los cuerpos de unas chicas que en la mayor parte de los casos no pueden esconder de ningún modo su profunda sosería o vulgaridad. Dicho todo lo cual, hay que reconocer el bellísimo atuendo y la más que correcta percha de Tilda Swinton, que al igual que el año anterior volvió a acertar con su Lanvin. Por cierto, Swinton estuvo regia cada segundo que pasó encima del escenario.


Dado que del soberbio trabajo de Penélope Cruz al dotar de energía y espectacularidad a su estereotipado personaje en “Vicky Christina Barcelona” ya hemos hablado largo y tendido en textos anteriores, podemos considerar que esto es todo por lo que se refiere a los Oscars 2008. Pasamos página, y esperamos a la edición de 2009 del festival de Cannes para recibir nuestra próxima ración de genuino show.

2 comentarios:

letiforsale dijo...

Pano, estoy deacuerdo con la elegancia exquisita de Tilda Swinton (atónita me he quedado al verla incluida en listas de las peores vestidas). Pero discrepo sobre la actuación de Pe, no me acaba de convencer. Aun asi estoy encantada de que le hayan dado el oscar.
Y definitivamente, los vestidos de los oscars aburren soberanamente

Pano L dijo...

Gracias por el comentario. Sobre Pe hay mucho que discutir, por supuesto. Pero, lo reconozco, a mí me gusta su presencia en la pantalla desde que la vi en Jamón, jamón (película que por lo demás no me gusta demasiado), y con la última de Woody Allen fui uno de los "camelados" por sus truquitos. Vale que el personaje en sí no añadía nada nuevo a otros que ella misma había desarrollado, en especial para Almodóvar. Pero en mi opinión vuelve a hacerlo tan bien que me convence 100%.