jueves, 1 de julio de 2010

Ciencia-ficcion cotidiana


La huelga salvaje de los empleados del metro de Madrid está generando todo tipo de efectos negativos para los usuarios (no seré yo quien diga lo contrario), pero también alguno positivo e inesperado.

El pasado martes, a primera hora de la mañana, las calles de Madrid estaban plagadas de gente que avanzaba en hordas, con expresión desorientada, entre las estaciones de autobuses. La imagen recordaba a esas escenas de caos y desconcierto que suceden a un cataclismo en las películas de ciencia-ficción, o al ambiente en un descomunal campo de refugiados. También pensé en esas escenas de “El discreto encanto de la burguesía”, de Buñuel, en la que los protagonistas caminan penosamente, vestidos de punta en blanco, por una carretera desierta.

La huelga también ha despertado los más básicos instintos de depredación y supervivencia del ser humano. Y no me refiero necesariamente a la actuación de los piquetes. Me explicaré: el martes, mientras me dirigía andando en dirección a mi centro de trabajo, yo iba ojo avizor a la carretera tratando de encontrar un taxi libre. Misión imposible. Cuando, a mitad de camino, avisté una solitaria luz verde y alcé entusiasmado el brazo derecho, una señora de al menos 70 años con un vestido azul marino hasta los pies y el pelo teñido de color zanahoria me dribló, abrió limpiamente la puerta del taxi (¡aún en movimiento!) y se montó en el vehículo delante de mis narices, como una auténtica campeona de Triathlon. Y sin mirar atrás.

Eso sí que fue pura ciencia-ficción.

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