viernes, 14 de noviembre de 2008

Erotismo de Salón




Mi última crítica, publicada el pasado 7 de noviembre:


Helmut Newton
Del 30 de octubre al 27 de noviembre de 2008
La Fábrica Galería. Madrid

Sin duda, la afluencia de visitantes a la madrileña galería La Fábrica crecerá espectacularmente durante todo el mes de noviembre. El motivo no es otro que una vistosa exposición dedicada al fotógrafo Helmut Newton. Conviene no olvidar algo que la realidad nos demuestra con insistencia: definitivamente, el erotismo vende.






En cierta manera, Helmut Newton (Berlín, 1920-West Hollywood, California, 2004) fue el fotógrafo de moda perfecto, afortunado depositario de la destilación de las preciosas esencias que operan como vigas maestras de dicho oficio. Magnetismo evidente e inmediato de la imagen. Ninguna voluntad de estudio psicológico sobre el individuo retratado. Extraordinaria tensión erótica. Propensión al fetichismo. Posiblemente, nunca se ha alcanzado en este ámbito una identificación tan perfecta entre los recursos formales desplegados y el objeto de la empresa, como prueban sus muy divulgadas instantáneas para publicaciones como Vogue, Elle o Harper’s Bazaar. No quiere esto decir en absoluto que sus virtudes fueran de un orden superior al de compañeros de profesión tan ilustres y creativos como Irving Penn o Cecil Beaton, pero sí es cierto que su talento encaja como un guante con el modo en que se concibe la fotografía de moda, al menos desde los años setenta del pasado siglo. En este sentido, no sorprende su recurrente colaboración con creadores como Yves Saint Laurent o Karl Lagerfeld, sensibilidades oblicuamente cercanas o al menos complementarias de la suya, y cuyos universos visuales contribuyó decisivamente a construir. A su vez, entre las influencias que Newton sintetizó destacan la de Enrich Salomon, uno de los más reputados profesionales de la fotografía en el periodo de entreguerras, tristemente fallecido en Auschwitz, junto con la sordidez sublimada de un Brassaï.


Sus imágenes, de una gelidez perturbadora, ofrecen una visión al mismo tiempo fascinante y temible del cuerpo femenino, encarnada en unos prototipos de larguísimas y musculosas piernas, agresivamente tensionadas debido a los ubicuos zapatos de tacón sobre los que se encaraman; en unos rasgos de belleza fría, felina; en unas expresiones distantes y autoritarias; en una sexualidad radicalmente explícita. Como indicaba antes, no se percibe interés alguno por reflejar la personalidad o los pensamientos de las modelos, reducidas a estatuarias fantasías eróticas. Sin embargo, no por esto puede cometerse la ligereza de tachar al trabajo de Newton de hueco y superficial… o, al menos, no siempre.


Los lectores quizá recuerden las líneas dedicadas a Richard Avedon en estas mismas páginas hace un par de meses, con ocasión de la exposición retrospectiva que le dedicaba el parisino Jeu de Paume, y que ahora puede contemplarse en Berlín. Puede resultar oportuno rescatar alguna de las reflexiones que entonces se vertían acerca del fotógrafo norteamericano para explicar con más claridad el caso de Newton, de quien fue coetáneo. Casi siempre se ha etiquetado a Avedon de fotógrafo psicológico, empeñado en construir visualmente un reflejo de la personalidad y estado de ánimo de sus retratados, ya fueran celebridades o anónimos habitantes del oeste americano. En mi opinión, tal definición es cierta solo en parte, en la medida en que la pretensión de revelar un determinado perfil psicológico mediante la presentación del correspondiente rostro, por muy rica y sugerente que pueda resultar la expresividad y orografía de éste, se me antoja más bien vana. En resumidas cuentas, siempre he desconfiado de la afirmación según la cual la cara es “el espejo del alma”. A cambio Avedon, artista de una perspicacia y un talento plástico prodigiosos, era capaz de materializar todo el espectro de matices asociados a ciertas ideas abstractas bajo la más absoluta economía de medios, escrutando con maestría cada mínimo detalle del rostro humano. Por contraposición, Helmut Newton sí es un autor auténticamente psicológico, quizá el más psicológico de todos, ya que bajo la aparente frialdad de sus imágenes late una amalgama compuesta por gran parte de los temores, deseos y neurosis que albergan el individuo y la sociedad misma, y cuyas raíces se hunden sobre todo en el terreno de la sexualidad, pero no en él exclusivamente.


Los orígenes judíos de Newton lo obligaron a abandonar su Alemania natal en la adolescencia y a pasar parte de su juventud en un campo de internamiento, pese a lo cual sus claves estéticas parecen coquetear inquietantemente con aquella imaginería pornofascista que también utilizarían con dudosos fines y elevada rentabilidad cineastas como Tinto Brass o Liliana Cavani. O, elevando un poco la mirada (y el listón), tampoco estamos tan lejos de la visión idealizada, nietzschiana sobre el cuerpo humano de una Leni Riefenstahl.


Las dieciocho piezas recogidas en la muestra de La Fábrica Galería constituyen una perfecta muestra de ello. Se trata de una recopilación realizada a partir de los trabajos incluidos en las series “Cyberwomen” y “Special Collection”, junto con las instantáneas “Parlour Games”, “Domestic Nude” y “Trader and Slave”. En ellas aparece en todo su esplendor la batería de recursos estilísticos que dio notoriedad a la obra de Newton: imágenes en un sombrío blanco y negro, cuidadosamente puestas en escena en entornos fríos, tan suntuarios como impersonales -salones enmoquetados y lujosas habitaciones de hotel-, donde diosas de formas longuilíneas desempeñan sus rituales eróticos con determinación glacial e implacable. El cuerpo femenino tratado como objeto de placer y tortura, tentadoramente carnal al tiempo que dotado de una hostil cualidad metálica. Fetichismo de cuero, corpiño, correa y tacón de aguja. Tímidas referencias al marqués de Sade, tamizadas por una sensibilidad burguesa que incluye ojos vendados, bragas enrolladas a la altura del muslo y un listón de madera preparado para el azote. Lesbian chic al gusto del consumidor. Ciertamente, se trata de un posicionamiento que no excluye la superficialidad y el déjà vu, pero que también ofrece, incrustada en su lustrosa corteza, una ventana (una mirilla, más bien) al entramado de mecanismos que conforman la inabarcable psicología del ser humano.

1 comentario:

Paco dijo...

El erotismo es un producto que hasta nuestros días sigue siendo de los más vendidos y mejor comercializados. Es por ello, que una de las profesiones más antiguas del mundo es la prostitución, y que hoy, hasta nuestros días siguen existiendo Escorts en Galicia, Valencia, Coruña, etc. Y seguramente, prevalecerán por muchos años más.