jueves, 28 de octubre de 2010

Hay más princesas que Letizia



Ahora que todo el mundo está cargando contra la serie de Letizia y Felipe, me arrepiento un poquito de mi entrada anterior. No porque odie sumarme a la corriente general (sería un iluso o sencillamente un imbécil si no me diera cuenta de que lo hago constantemente), sino porque nunca me han gustado los linchamientos. Pero, sobre todo, porque creo que a esta teleserie no se le está aplicando el mismo rasero que a otros (sub)productos televisivos españoles de su misma ralea.

Porque, a ver, ¿no era igual de zarrapastrosa, de kitsch y de involuntariamente cómica la recientísima serie sobre Raphael, que pretendía que nos tragáramos entre otras cosas que ni el cantante ni su entorno habían notado que padecía hepatitis crónica hasta la fase terminal de la cirrosis? ¿O esa mamarrachada sobre la duquesa de Alba que la convertía en una luchadora, una adalid de la libertad individual y colectiva, prácticamente una Pasionaria de la rancia nobleza ibérica? ¿Y lo de Adolfo Suárez? ¿Y lo de Alfonso de Borbón (Carmen Martínez-Bordiu forever)? Sólo hablo de lo que he visto, por supuesto: me temo que puede haber casos aún peores. En todas las miniseries españolas basadas en personajes reales se constata la misma vergüenza ajena ante unos diálogos infectos, un cursilísimo tratamiento estético y unas interpretaciones lamentables, donde ni siquiera actores competentes que han percibido un pastizal por pringarse en el asunto están dispuestos a hacer algo mejor de lo que les dicta el piloto automático.

La semana pasada me picó la curiosidad por ver "La princesa de Éboli". Tres minutos de interpretaciones histriónicas, inverosimilitudes históricas y calcos visuales de "Los Tudor" fueron suficientes. Apagué el televisor y me fui a la cama.

Hay maneras menos crispantes de perder el tiempo: al menos, Felipe y Letizia no hablaban como en los tiempos de Cifesa.

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