viernes, 15 de octubre de 2010

End of the saga


Otra de las películas que he revisado últiammente es “Patrimonio Nacional”, que se podía adquirir en cualquier kiosco junto con el ABC. La segunda parte de la trilogía “Nacional” de Luis García Berlanga no es ni de lejos una de las mejores películas del cineasta valenciano: sus trabajados, larguísimos planos-secuencia son un alarde técnico y de planificación, pero se suceden de manera algo rutinaria, convirtiendo en cliché el principal rasgo de estilo berlanguiano, mientras se sigue un guión menos mordaz y divertido que el de su predecesora, “La escopeta nacional”. Lo mejor de la película era el reparto, sobre todo los irrepetibles Luis Escobar y Mary Santpere como los ridículos y sublimes marqueses de Leguineche. La escena final de la película también es un hallazgo en sí misma: el viejo marqués y su hijo han abierto el palacio familiar al turismo como medio para financiar su carísimo mantenimiento, y reciben a un grupo de japoneses escenificando un patético besamanos familiar, mientras el guía turístico (que es, por cierto, el director de cine Jaime Chávarri) repite las frases “Marquis of Leguineche and son. End of the saga”.

En fin, que, con todos sus defectos, la película pone el dedo en la llaga de una cuestión con la que estoy completamente de acuerdo, y es que la aristocracia ha demostrado ser la institución más hipócrita y patética de todas, superando en ambas escalas incluso a la Iglesia católica. Después de haber basado su larga existencia en la idea de que ellos –los elegidos- habían nacido para servir a un soberano, mandar a su vez sobre sus súbditos y sobre todo no mancharse las manos con el vulgar trabajo, llegó un momento en que, atrapados entre la espada y la pared de una nueva realidad social, se vieron obligados a elegir entre desaparecer como clase o perpetuarse a costa de renunciar por completo a los mismos principios que llevaban siglos sosteniendo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa lo contó con admirable talento literario en su novela “El Gatopardo”, pero aún se quedó corto. La realidad es que hoy en día los aristócratas se han convertido en tenderos y relaciones públicas, y aún pretenden que se les reconozca la supuesta grandeza de un apellido, de un escudo de armas, de una dignidad patrimonializada. ¿Dignidad? Si la hubieran tenido, se habrían disuelto dignamente como estamento una vez comprobado que su mundo no tenía sentido ni lugar en el marco de una democracia con aspiraciones de justicia social. Esto no quiere decir que yo desprecie a todos los artisócratas: de hecho, he conocido varios a los que encuentro encantadores, o simplemente agradables. Lo que individualmente piense de cada uno de ellos no tiene nada que ver con el desprecio que me inspiran como clase social.

Ahí está el propio Luis Escobar, hombre de aspecto simpatiquísimo que era marqués de las Marismas. End of the saga.

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