viernes, 24 de octubre de 2008

Colección de tesoros



Crítica de arte que puliqué el 17 de octubre de 2008:




El Museo Guggenheim de Bilbao organiza con cierta frecuencia exposiciones de vocación decididamente clásica. Es el caso de esta “Todas las historias del arte”, bonito compendio pródigo en piezas de importancia indiscutible, gracias al cual el Kunsthistoriches Museum de Viena ofrece con orgullo su mejor perfil.

Colección de tesoros

Para nadie es un secreto que no se trata de la primera vez que el Guggenheim acoge una exposición cuyo contenido desafía la función que se supone a esta suerte de catedral moderna del arte, y de seguro que los réditos proporcionados por esta astuta flexibilidad estratégica nos asegurarán nuevos ejemplos en el futuro. Ni siquiera es una novedad que se exhiba una selección de fondos otros museos, esta vez clásicos, como ocurrió con las exposiciones dedicadas al Ermitage de San Petersburgo o a la Graphische Sammlung Albertina. Del mismo modo que se ha discutido sobre si el Guggenheim era el lugar apropiado para una muestra de motocicletas o de diseños de un modisto italiano que ni siquiera está muerto (¡ni aún retirado!), es legítimo discutir el sentido de que Rubens comparta espacio con el pop-art o los jóvenes valores de la escena artística vasca. Legítimo y quizá hasta oportuno, aunque por mi parte al plantearme estas cuestiones siempre acabo sumergido de lleno en la culpabilidad, ya que por lo general cuando me asaltan tales dudas ocurre que acabo de estar disfrutando sin complejos de una de esas exposiciones de ubicación tan “dudosa”. Así que, puesto que prefiero resultar transparentemente contradictorio que hipócrita, comenzaré estas líneas expresando mi admiración hacia quienes tienen el valor de trasladar al foro público controversias tan espinosas, y también admitiendo mi deseo íntimo de que en el Guggenheim, o donde sea, podamos seguir recreándonos con trabajos tan primorosos como “Todas las historias del arte”.


La exposición reúne dos centenares de piezas (pinturas sobre todo, pero también esculturas, y objetos diversos) procedentes del Kunsthistorisches Museum de Viena. Dicho museo fue inaugurado a finales del siglo XIX con el fin de divulgar la calidad y grandeza del patrimonio artístico reunido por la dinastía de los Habsburgo, en especial por el archiduque Fernando II del Tirol, el archiduque Leopoldo Guillermo, Rodolfo II y Carlos VI. El arte europeo del renacimiento y el barroco constituyen la espina dorsal de la colección, que también incluye una extensa selección de piezas medievales, griegas, romanas y egipcias. Además de la pinacoteca, los fondos del Kunsthistorisches Museum incluyen una colección de antigüedades clásicas, armaduras, carruajes, tesoros reales, numismática o instrumentos musicales. De casi todo ello hay adecuada representación en la muestra que nos ocupa, que ha contado además con la labor curatorial de Carmen Jiménez y Francisco Calvo Serraller.



En coherencia con la naturaleza del material exhibido, la exposición se estructura convencionalmente en seis bloques que representan los principales géneros artísticos de la Historia del arte. Así, en el Retrato se muestra, junto a varias hermosísimas esculturas clásicas y de la antigüedad egipcia, pinturas de Velázquez, Tintoretto, Michel Sittow, Sofonisba Anguissola (sutil autorretrato) o Holbein (impresionante Jane Seymour). Historia, Religión y Mitología reúne entre a otros a Tiziano, Cranach el Viejo, Rubens, Gentileschi o Durero, casi siempre en torno a escenas del Viejo y el Nuevo Testamento. En Desnudo tenemos de nuevo a Tiziano, junto a Veronés o Palma el Viejo, con unas soberbias Ninfas bañándose. En Naturaleza Muerta destaca un Arcimboldo poco visto, Fuego, de la serie de cuadros sobre los cuatro elementos, de los que hoy en día sólo se conoce el paradero de tres. Por fin, en Paisaje encontramos trabajos muy representativos de autores como Patinir, Van Goyen o Gainsborough.



Como se ve, la exposición se encuentra bien surtida de grandes nombres -y buenos trabajos de los mismos, hay que añadir- aunque el nulo riesgo conceptual asumido presentaría el riesgo de desalentar pronto a los más sedientos de estímulos novedosos, si no fuera por la selección de objetos que adereza con gran efectividad cada una de estas secciones. Entre ellos comparece algún yelmo más bien sobrio, alguna coraza de armadura, varias monedas de diferentes épocas y procedencias, que aparecen algo deslucidos entre la brillante selección pictórica, pero también ciertas reliquias más raras y sugestivas: pequeños arcones y bandejas lujosamente ornamentadas, y botellas, y vasos tallados en cristal de roca u obtenidos a partir de un gran cuerno, y relojes de sol, y estatuillas decorativas de animales, y lo mejor, unos irresistibles paisajes elaborados por Castrucci a modo de mosaico con delicadas piezas de ágata y jaspe.
El efecto final que percibe el espectador es el de haber tenido acceso a una rutilante colección de tesoros personales, aunque el propietario de la misma no se muestre por ninguna parte para desempeñar su papel de anfitrión y no quede otro remedio que sustituirlo por la socorrida audioguía. Sumamente abarcable por su discreta extensión, la muestra se contempla siempre con agrado, y a menudo con deleite de elevada intensidad. Sospecho que disfrutarán especialmente de ella los amantes de los objetos, ámbito en el que, como he explicado, se asiste a algunas de las principales sorpresas. Quienes estén particularmente interesados en el arte renacentista y barroco también encontrarán motivos adicionales de satisfacción.



No está tampoco de más destacar que el Guggenheim Bilbao organizó a principios de octubre, como complemento de la exposición, sendas conferencias de Francisco Calvo Serraller y el director del Kunsthistorisches Museum, Wilfreid Seipel, que versaban respectivamente sobre los géneros en la Historia del arte y los fondos y colecciones del museo vienés. Una magnífica iniciativa de divulgación que por sí sola podría bastar a los menos exigentes (entre los que imagino que me cuento) para disculpar la elasticidad con la que el Guggenheim asume el rango cronológico del arte inscrito en su radio de acción.

No hay comentarios: