lunes, 2 de marzo de 2009

Curioso caso


El curioso caso de Benjamin Button” de David Fincher, película-río canónica del estilo que tradicionalmente ha triunfado en los Oscars, salió sin embargo de la ceremonia con una cosecha relativamente escasa: un total de tres premios, los que le correspondían de manera más evidente entre los trece a los que estaba nominada (mejor dirección artística, maquillaje y efectos especiales). Sin embargo, a falta de ver “Frost / Nixon”, a mí me pareció la mejor de las candidatas.

La premisa de partida de la película, extraída de una historia de Scott Fitzerald (esta premisa es en realidad prácticamente lo único que toma) es, per se, apasionante. Se trata de realizar una reflexión sobre el deterioro del ser humano y la pérdida mediante la colocación en el centro de la historia de un personaje cuyo crecimiento sigue un patrón cronológico inverso al natural, avanzando hacia una creciente juventud. El empleo de este ser extraordinario en medio de circunstancias ordinarias basta para situar en primer plano la cuestión relativa a la necesidad de superar dos traumas esenciales, el de la desaparición de los seres queridos y el de la progresiva, inevitable decadencia de los cuerpos. Es cierto que esta bonita idea medular no deja espacio a otras cuestiones cuyo tratamiento desde un punto de vista histórico o meramente humano habría resultado interesante: sobre todo las referidas a algunos de los puntos clave con los que el protagonista se cruza a lo largo de su trayectoria vital, como la guerra, la discriminación racial y sus consecuencias, el beat y el pop. Todo esto se trata de manera chocantemente superficial en el guión de Eric Roth, hasta llegar a extremos casi grotescos, como cuando el huracán Katrina y sus devastaciones acaban convertidos en desfachatada excusa para ofrecer las (supuestamente) poéticas imágenes de un colibrí suspendido en el aire y un reloj que funciona marcha atrás oxidándose en su sótano inundado. Es en este aplanamiento conceptual, y en la imparable evolución de la historia hacia relamidos terrenos fotonovelescos (por momentos, con una peligrosa cercanía a “Amélie” o “¿Conoces a Joe Black?”) donde se pueden establecer las principales pegas.


Hay, sin embargo, algunas grandes virtudes que no pueden pasarse por alto, sobre todo por lo raras que resultan (cada vez más) en este tipo de superproducciones. En particular, se encuentra presente una cierta voluntad de puesta en escena, una auténtica densidad del plano que por fortuna no se ve anulada por el uso de la cámara digital. La utilización de los clichés (narrativos, visuales) se ve redimida por el indiscutible nervio de la dirección, que no flaquea sino, quizá, hasta las secuencias finales centradas en la historia de amor entre Brad Pitt y Cate Blanchett. Otra buena noticia es el empleo de actores que de verdad representan su edad (mención específica para Tilda Swinton, Julia Ormond, Jared Harris y el casting de ancianos del asilo que sirve de hogar para los primeros años del protagonista) para aquellos personajes que se nos presentan en un único momento de su vida. El botox y el bisturí habrían casado muy mal con la reflexión sobre el paso del tiempo propuesto por la película, o al menos habrían constituido desvíos hacia terrenos muy diferentes, menos abstractos. En el otro extremo, el uso del maquillaje digital o de látex, las arrugas que se añaden o se borran del rostro de los actores, está curiosamente logrado, y se asume sin problemas en el contexto global de la fábula.


“El curioso caso de Benjamin Button” no es en absoluto una obra maestra, pero sí resulta un producto correcto, bien elaborado, que cuenta algo y lo hace de un modo eficaz y honesto, con toda la seguridad de quien es consciente de poseer el oficio de un auténtico director.

Bilbao SoHoizado


El barrio de Bilbao La Vieja se confirma como el principal y más dinámico foco de cultura alternativa (o no tanto) de la capital vizcaína. La operación no es nueva, pero no se puede negar el interés de sus frutos.

Bilbao SoHoizado



Nos guste o no, la globalización es un hecho irrefutable, y una de sus consecuencias es que las grandes capitales del mundo se parecen cada vez más entre sí. En una segunda oleada de este mismo principio, las poblaciones de tamaño mediano convergen hacia el modelo general a una velocidad asombrosa: el mecanismo tiende a reproducirse hasta el infinito, de manera que no debería extrañarnos que llegara el día en que, por ejemplo, no quedara en occidente una sola aldea sin su particular barrio bohemio.



La estrategia no tiene nada de novedoso: se trata de identificar un distrito ubicado a ser posible en el centro de la ciudad, en el que el metro cuadrado posea un coste razonable debido a factores socioeconómicos determinantes -reducida renta media, elevada concentración de población inmigrante, comercio de estupefacientes, prostitución-, para transformarlo en hervidero cultural instantáneo. Toda ciudad que se precie hoy en día posee su SoHo (o su Chelsea) particular, y si no es así lo reclama a voces. En ocasiones, el poder de contagio del movimiento es tal que la SoHoización se expande implacablemente mediante ciclos iterativos: en Madrid, por ejemplo, Chueca pasó de territorio comanche a puritito mainstream gay en menos de lo que se tarda en decir “especulación inmobiliaria”, momento en que los ojos más sagaces se posaron sobre las calles Ballesta y adyacentes, donde el tradicional trapicheo y el puterío están dejando paso, no sin cierta dificultad, a algo rutilantemente llamado TriBall. Proliferan las tiendas de moda, las pequeñas galerías de arte y los restaurantes “de precio intermedio”.



Como casi todo, el fenómeno no es en sí ni bueno ni malo, aunque desde luego puede aplicarse con mayor o menor talento. Y éste ha de juzgarse por los efectos que genera. En este sentido, no puede decirse que el caso bilbaíno, resultado de la puesta en marcha del correspondiente plan estratégico institucional, sea el peor de los posibles. Frente al Casco Viejo de la capital vizcaína, al otro lado de la ría, el barrio de Bilbao La Vieja ofrece hoy un ramillete nada despreciable de locales y comercios que hablan muy positivamente del dinamismo y el espíritu emprendedor de sus habitantes. El ámbito que se extiende entre el muelle de Marzana y la calle de Cortes es ya uno de los puntos que cualquier turista con inquietudes debería visitar indispensablemente, mientras sigue luchando por establecerse como alternativa plausible para el ocio y consumo de los propios bilbaínos.



Entre los veteranos, no puede dejar de citarse la galería Espacio Marzana (Muelle de Marzana, 5), que lleva seis años ofreciendo exposiciones de artistas locales de primerísima fila, como Miriam Ocariz, Carlos Irijalba, Eduardo Sourrouille, Miguel Angel Gaüeca, Elssie Ansareo o Begoña Zubero, y que también exhibió hace aproximadamente un año el trabajo de la madrileña Alicia Martín. Bilbao Arte Fundazioa, uno de los soportes esenciales de la actividad artística que ofrece toda clase de cursos, exposiciones y conferencias, tiene también su sede en el barrio (Urazurrutia, 32). A unos metros, el Museo de Reproducciones Artísticas (San Francisco, 14) resulta otra visita interesante por su curiosa colección de copias de obras procedentes de algunos de los principales museos clásicos del mundo y por sus esporádicas exposiciones, además de ofertar cursos de dibujo y pintura a quien desee inscribirse. Hay también otras pequeñas galerías, como D-espacio (Dos de mayo, 14) o Garabat (Dos de mayo, 19), interesante propuesta que comercializa no sólo obra gráfica, sino también juguetes artísticos, ropa, libros y otros objetos. Además, Seycolors (Cortes, 4) o DK (Plaza Corazón de María, 5) se dedican al muralismo en interiores y exteriores. Por fin, no son pocos los artistas que, alentados por la disponibilidad de espacios a precios asequibles, han elegido el muelle Marzana como emplazamiento para sus estudios.



La actividad comercial se ha visto ampliamente intensificada bajo el amparo de Lan Ekintza, que ofrece servicios de apoyo al empleo, a la creación de empresas y al comercio. Encuadradas o no en sus programas, son varias las nuevas tiendas que se han abierto en los últimos años en la zona, donde la tendencia imperante, como suele ser habitual en estos casos, está determinada por conceptos como “alternativo” o “joven”. Los nuevos diseñadores vascos son bienvenidos en este ámbito, aunque tampoco falta la presencia internacional: los sofisticados zapatos diseñados en Berlín por Michael Oehler y Angela Spieth se venden en Trippen (Hernani, 9), mientras Trakabarraka (Dos de mayo, 3) es una interesante tienda multimarca. La librería Anti (Dos de mayo, 2) ofrece libros de importación y organiza eventos culturales. Todo ello se refuerza con la celebración, con periodicidad mensual, de un mercado callejero (Rastro 2 de mayo) al que acuden los comerciantes del barrio bajo el sugestivo lema “¿Buscas algo diferente?”. Por otra parte, a los bares de copas que desde hace ya bastantes años formaban parte de la ruta nocturna habitual se han sumado algunos restaurantes, algunos de ellos de vida más bien efímera, pero en el que también hay ejemplos más duraderos (Ágape, en Hernani, 13). Los precios suelen resultar discretos para los tiempos que corren, aunque en algún caso el listón se eleva considerablemente (Mina, en Muelle de Marzana, s/n) y, por supuesto, permanece el clásico (y nada económico) Perro Chico (Arteaga Kalea, 2), cuya carta se basa en un tratamiento óptimo de materias primas digamos “nobles”.



De todo ello es posible extraer dos buenas noticias. La primera, que se ha realizado un esfuerzo real por armonizar lo nuevo y lo antiguo, aplicándose por lo general este esfuerzo con cierta diligencia. La segunda, que ha sido posible dotar de contenido a tan vistoso cascarón, gracias a la existencia de una mínima masa crítica de creadores, emprendedores y usuarios. Sería interesante que una vez logrados los objetivos primarios a medio plazo no se descuidaran las iniciativas necesarias para mantener a la criatura. Entre las asignaturas pendientes que merecen una revisión, persiste una zona emplazada entre el puente del Arenal y el puente de la Merced, donde antiguamente se celebrara un rastro y que en la actualidad carece de actividad comercial. Esta zona sería susceptible de recuperación mediante la mejora de su accesibilidad al público, incorporándola quizá al paseo de Uribitarte. Si existe un genuino interés por acercar al barrio al bilbaíno de a pie y hacerlo partícipe de su oferta, no debería desaprovecharse esta alternativa.

jueves, 26 de febrero de 2009

Más sobre los Oscars


Me parece que cuando en mi último texto dediqué unas pocas líneas a los últimos Oscars, me quedé corto. Hace mucho tiempo que esta ceremonia no posee para mí particular interés: es raro que nominen siquiera películas o interpretaciones que me han gustado realmente, así que no suele importarme demasiado a quién le acaben dando el premio. Sin embargo, recuerdo con emoción cómo, siendo niño, me quedaba despierto toda la noche viendo los premios, cómo me alegraba infinitamente cada vez que el galardonado era mi favorito (tenía favoritos en absolutamente todas las categorías, hasta en la de cortometraje documental), y cómo la mañana siguiente me paseaba por ahí más chulo que un ocho, tras haberse constatado una vez más que nadie había predicho mejor que yo los resultados de la ceremonia. Los años 80 los recuerdo memorables, aunque entre las grandes premiadas hubiera de todo: películas soberbias (“El último emperador” de Bertolucci), buenas películas (“Amadeus” de Forman), películas correctas (“Memorias de África” de Pollack), películas mediocres (“Gente corriente” de Redford, “Paseando a Miss Daisy”, “Rain Man”) y algunas más bien infumables (“Gandhi” de Attenborough, “Carros de fuego” de Hudson). En todo caso, ¡qué emoción! ¡Qué entrega incondicional, absoluta y entusiasta a las leyes del espectáculo! Era yo un niño admirador del show business, que se tomaba completamente en serio aquella fanfarria, un niño para el que los Oscars robados a “Las amistades peligrosas” (en especial el que debió ser para Michelle Pfeiffer) constituía una ofensa tan escandalosa como para un judío francés del XIX el affaire Dreyfus. Qué tiempos…

Es cierto que, repasando las imágenes de la gala de este año, algo hay en ellas que remite a aquellos años dorados. El espectáculo estaba espléndidamente medido, sostenido por un armazón técnico (decorados, pantallas, iluminación, música, rótulos electrónicos) absolutamente impecable. No, “impecable” se queda corto: desde un punto de vista meramente técnico, el programa era glorioso. La coreografía de presentadores y premiados dentro del espacio escénico también había sido diseñada con enorme talento, de manera que, muy pertinentemente, se sacrificaba cualquier cosa (incluida, en ocasiones, la claridad) en favor del ritmo. Otra cosa es, como ya apunté en el texto anterior, que algo sucedía con ciertos presentadores, cuyas intervenciones resultaban robotizadas: en especial algunos de los veinte intérpretes que a su vez anunciaban los candidatos a los cuatro premios de interpretación y decían unas cuantas banalidades sobre ellos. Algunos resplandecían (Halle Berry, Whoopi Goldberg, un fondón Robert De Niro), otros estaban extrañamente rígidos (Adrien Brody y la momificada Sophia Loren), y había un tercer grupo que parecía bajo los efectos de drogas de diferentes tipos (Marion Cotillard, Anthony Hopkins).


De todos modos, gran parte del espectáculo nos lo perdemos los espectadores, o bien sólo atisbamos una pequeña parte del mismo, porque es el que transcurre en el patio de butacas. En este sentido, mención aparte para Kate Winslet, que se ganó a pulso su premio a la mejor actriz gracias a su asombroso talento gestual que le permitía dotar de matices insospechados a su cara de “estoy profundamente conmovida por lo que está sucediendo”. El recital que ofreció cada vez que las cámaras enfocaban sus reacciones era digno de la Falconetti en sus primeros planos de “La pasión de Juana de Arco” de Dreyer.


Por supuesto, está el asunto de los vestidos. ¿Quién fue la más elegante? ¿Quién la peor vestida? La verdad, esta discusión la encuentro completamente baldía, salvo que la pregunta se replanteara como “¿Quién fue el estilista más avispado, y que mejor supo conectar con el estado de ánimo general?”. Por lo demás, nada encuentro memorable en ese uniforme, aburrido mar de escotes palabra de honor, drapeados, espaldas al aire, paillettes, moños y alta joyería. Por supuesto que algunos de los vestidos son maravillosos: ¿y qué? Ya los hemos visto antes en la pasarela, mejor llevados. Suele criticarse las pasarelas de alta costura por su desconexión con respecto a la vida real, y por su supuesta tendencia al disfraz. Esta acusación no sólo me parece absurda (¿quién dice que una pasarela de alta costura tenga que representar siquiera lejanamente a la existencia cotidiana?), sino sobre todo profundamente injusta. En realidad, para disfraces los que llevan las actrices de los Oscars, disfraces dibujados por los grandes modistos (o sus asistentes), cosidos a mano, elegidos por estilistas y colocados de cualquier manera sobre los cuerpos de unas chicas que en la mayor parte de los casos no pueden esconder de ningún modo su profunda sosería o vulgaridad. Dicho todo lo cual, hay que reconocer el bellísimo atuendo y la más que correcta percha de Tilda Swinton, que al igual que el año anterior volvió a acertar con su Lanvin. Por cierto, Swinton estuvo regia cada segundo que pasó encima del escenario.


Dado que del soberbio trabajo de Penélope Cruz al dotar de energía y espectacularidad a su estereotipado personaje en “Vicky Christina Barcelona” ya hemos hablado largo y tendido en textos anteriores, podemos considerar que esto es todo por lo que se refiere a los Oscars 2008. Pasamos página, y esperamos a la edición de 2009 del festival de Cannes para recibir nuestra próxima ración de genuino show.

lunes, 23 de febrero de 2009

Carnaval y moda en Madrid





Sinfonía en rojo y amarillo. Poco que ver entre una imagen y otra, aparte del cromatismo


Carnaval y moda. A menudo resultan indistinguibles, según las crónicas sobre el pasado viernes en la pasarela Cibeles (Madrid Fashion Week): el artículo de Eugenia de la Torriente para El País (extraordinaria periodista de moda: la que mejor y con más sensatez escribe sobre este tema en España, a años luz del resto) no dejaba títere con cabeza. En fin, yo tenía otras ocupaciones, así que no vi estos desfiles en directo. Y de la pasarela ya hablaré más adelante.



Vamos por partes, pues. La parte del carnaval la ponía básicamente la fiesta de disfraces del Círculo de Bellas Artes, clásico madrileño donde los haya, este año bajo el lema “La bolsa o la vida”. Estuve a punto de no asistir, pero a última hora me dio pena romper la tradición (aunque en mi caso sea bastante reciente), y compré al fin mi entrada a mediados de la semana pasada. De manera que el sábado por la noche me puse un disfraz elegante y misterioso (como me gustaría pensar que soy yo) y acudí a la puerta del Círculo. Llegué bastante tarde, pasadas las dos de la mañana, que suele ser el momento de máximo esplendor de la fiesta. A medida que subía las escaleras de mármol del edificio, me extrañó no encontrarme con la habitual corriente humana de doble dirección, el paseíllo en el que todo el mundo se observa, hace la ficha y evalúa sus opciones de seducción. En lugar de eso, unos pocos grupos de gente que subía o bajaba. Aquello ofrecía un aspecto algo desangelado. No es que me encanten las aglomeraciones, más bien al contrario, pero cuando se va a la fiesta de carnaval del Círculo uno espera encontrar un cierto ambientillo festivo que está indisociablemente ligado a la relativa multitud.


Casi todo el mundo se había concentrado en la sala de baile de la cuarta planta, donde las imágenes que se proyectaban sobre grandes pantallas blancas complementaban el trabajo de los DJs. Todo el resto de salones habilitados para la fiesta estaban casi vacíos, incluida la gran pista del piso inferior, donde unos pocos bailaban desganadamente. Lo pasé bien a pesar de todo, gracias más que nada a los amigos que me acompañaban. El ganador del concurso de disfraces, justamente, fue un tipo que se había vestido de gigantesca etiqueta de Zara. Muy ad hoc. Me temo que si de algún modo será recordada esta edición (de llegar a serlo) será como “la fiesta de la crisis”. Un poco inquietante, todo.



Como los peores momentos de la pasarela Cibeles parecían haber pasado ya, al día siguiente pude disfrutar de una jornada de moda pura, no contaminada por lo carnavalesco. Fue, una vez más, el momento de Miriam Ocariz. Alguien me había soplado que esta vez iba a presenciar una colección más sobria y posibilista que otras anteriores: una vez más, mandan los tiempos de crisis. Y sí es cierto que no había mucho espacio para la extravagancia en el último trabajo de Ocariz. Sin embargo, por algún motivo este desfile es el que más me ha emocionado desde el primero suyo que presencié en vivo, hace un par de años. Creo que esto se debe a que la depuración de líneas en muchas de las prendas, el juego conceptual de los colores planos, resaltaba más que nunca el evidente amor por el trabajo bien hecho de la diseñadora. Y que unas prendas de ropa sean capaces de sugerir sentimientos (amor, en este caso) siempre tiene algo de milagroso, y por tanto de emocionante. De todos modos, no se renunciaba al guiño y al ingenio: impresionante la creatividad que permite seguir ideando soluciones nuevas para los lazos una colección tras otra, sin resultar nunca banal (un lazo-polisón, que debería ser el colmo de lo superfluo, aquí no lo era en absoluto, sino que por algún motivo parecía lleno de sentido). El rojo sangre y el amarillo mostaza, juntos o combinados con negro o blanco, estaban llenos de vida y de furia. Abrigos extraordinariamente bien patronados, vestidos de noche con estampados a base de fotografías de perlas, y una soberbia batería de complementos confeccionados para la diseñadora por Farrutx. Aplaudí entusiasmado al final. Había dormido más bien poco la noche anterior, pero aquello había bastado para cargarme las pilas.


Por la noche, cena y copa en inmejorable compañía. Llegué a casa destrozado, así que renuncié de inmediato a mi ingenuo plan de tragarme la retransmisión de los Oscar. No llegué despierto ni a la entrega del primer premio, el que como todo el mundo sabe ya se llevó Penélope Cruz. Decir que era merecido es poco. Con su trabajo en “Vicky Christina Barcelona” consigue algo que creo recordar que es la única vez que he visto en un cine comercial, y es que los espectadores saluden con constantes exclamaciones de incredulidad y deleite cada una de las frases y apariciones de un intérprete. Aquel día en los Renoir Princesa de Madrid, juro que se creó en la sala un clima que por lo general sólo es posible (aunque sumamente raro) en el mejor teatro cómico, cuando un actor superdotado logra eso que se llama meterse al público en el bolsillo, haciendo que coma de su mano. Sobre el resto de los premios de interpretación tengo más pegas: las de Winslet y Penn me parecen dos interpretaciones típicas de lo que suele consagrarse la academia americana (aunque a mí no me impresionaron en absoluto), mientras que la de Heath Ledger directamente la encontré insufrible. Pero en fin, se supone que cada uno sabe qué criterio lo guía a la hora de decidir a quién concede sus premios, así que no me siento particularmente implicado en todo esto. Ni siquiera me ofende mucho que la principal ganadora de este año (auténtico aluvión de eunucos dorados) haya sido una cosita abominable que convierte en espectáculo (feo) la miseria y el horror auténticos. Lo mejor de todo: las extrañísimas presentaciones de los protagonistas nominados a cargo de ganadores de ediciones anteriores. Casi todos estaban muy rígidos, o bien como drogados: Marion Cotillard hablaba sobre Kate Winslet como si alguien le hubiera echado unos polvos de dudosa procedencia en el dry martini del aperitivo. ¿Y qué decir de Sophia Loren, piel embalsamada, brazo en jarras, cantando las excelencias de Meryl Streep? Eso sí que es un show en sí mismo. Sólo que demasiado real para que también nos parezca carnavalesco.

domingo, 22 de febrero de 2009

The Reader

Winslet con su Oscar recién salido del horno


Lo mejor que puede decirse de la última película de Stephen Daldry, “El lector”, es que no parece demasiado contaminada por el estilo televisivo que últimamente ahoga la mayor parte de las películas americanas y británicas de qualité. Con una fotografía cuya belleza y perfección está más allá del elogio, compuesta a base de suntuosos encuadres, posee el acabado formal de una gran pieza de lujo, lo que en realidad no está nada mal en los tiempos que corren: si en su momento el neorrealismo significó una auténtica revolución por aportar una apariencia de veracidad a la narración cinematográfica mediante un acabado austero y despojado, el actual abuso de recursos como la cámara en mano, el vídeo digital o la iluminación plana y naturalista, que han dado lugar a un nuevo tipo de academicismo, hace que sienta simpatía (o al menos curiosidad) ante este tipo de producciones formalmente impecables. Por otra parte, esta es la primera vez que una película dirigida por Daldry no me ha provocado deseos de abandonar la sala antes de que llegara la mitad de la proyección.



Repasemos: “Billy Elliot” (“¡Quiero bailaaaar!”) me produjo el mismo aburrimiento irritado que me generan casi todas las comedias británicas de los últimos tiempos. Blanda, cursilona, falsamente social, me provocó tras verla la sensación de haber perdido el tiempo. En cuanto a “Las horas”, encuentro a esta película pegas bastante más serias. De una pedantería y una pomposidad insufribles (pomposidad que, todo hay que decirlo, sólo reproducía fielmente la que ya contenía su fuente original, una novela de Michael Cunningham), y con un dudoso trasfondo sobre mujeres culpables y mártires, ofrecía a sus estelares protagonistas la oportunidad de hacer el numerito interpretativo con estupendos réditos: sin ir más lejos, la Kidman recogió un Oscar que en realidad había sido concedido a la nariz postiza que se había implantado para la ocasión.



En “The Reader” vuelve a estar presente la pedantería formal, desde luego, aunque da la impresión de haberse controlado un poco, o quizá es sólo que se ve en parte redimida por el verdadero interés de la historia, que no llega a aniquilarse del todo. Por lo demás, todo resulta terriblemente demostrativo. Como ocurría en “Las horas”, la sobreutilización de la banda sonora llega hasta extremos casi de parodia. En este sentido, aprovecho para contar que una de las consecuencias de los problemas de producción que ha habido con la película (motivados, según parece, por la extraordinaria prisa que tenían los productores por terminarla y presentarla a los Oscars 2008) ha consistido en el despido del compositor originalmente contratado, Alberto Iglesias, y su sustitución en los últimos días del proceso creativo (y en los títulos de crédito) por un jovencito de 27 años discípulo de Philip Glass, llamado Nico Muhly. La música posee en realidad el característico e inconfundible sello de los últimos trabajos de Iglesias, y resulta algo invasiva y de una impecable frialdad. El modo en que es utilizada es sólo una de las consecuencias de la fatal tendencia al subrayado de Daldry, cuya nula sutileza le impide ser un buen director. Otro ejemplo: el modo en que se explica cómo el joven protagonista, durante un momento crucial del proceso judicial, comprende una información que el espectador medianamente avispado ya dedujo hace tiempo. El recurso a la repetición de ciertos planos vistos con anterioridad, y ahora insertados pesadamente en la acción a modo de flashbacks, resulta de una vulgaridad ligeramente ingenua. Otro más: la primera comida familiar después de que el chico pierda su virginidad, que incide con sonrojante machaconería en transmitir una idea ya de por sí bastante trivial.



En cuanto a la interpretación, resulta unánimemente buena, salvo por lo que respecta a un marciano Bruno Ganz. Habiendo elegido en su mayor parte actores germanohablantes para integrar el reparto, el director obliga asimismo a Kate Winslet a pronunciar sus líneas con un ligero acento alemán. Absurda elección, por cierto: personalmente, puedo tragar con la convención de que unos personajes que se supone alemanes hablen entre sí en inglés, como lleva haciéndose en Hollywood toda la vida, a condición de que se expresen con un acento lo más neutro posible. Más aún cuando, por ejemplo, el nombre del protagonista (Michael) es en todo momento pronunciado a la inglesa (Máicol) en lugar de a la alemana (Míjel), y los títulos de los libros aparecen en sus cantos escritos en inglés. En fin, gracias al mencionado acento y a varias capas de maquillaje para las secuencias finales, Winslet acaba de conseguir un Oscar que la certifica como Sucesora Oficial De La Streep.



“The Reader” no me ofendió. Diría incluso que en algunas ocasiones, sobre todo en su primera mitad, llegó a interesarme más de lo que había previsto. Ahora bien, no sentí ninguna vinculación emocional con ella, ni siquiera en su mejor secuencia de diálogo, que es la que se concede a una espléndida Lena Olin. Ella es también, por cierto, la mejor intérprete de la cinta.

jueves, 19 de febrero de 2009

Arte en Madrid



Bueno, pues ya terminó Arco. Un fin de semana intenso, el pasado. Aunque quizá un poco menos que en ediciones anteriores de la feria, lo que se ha debido a que esta vez no he acudido a tanta fiesta. Si uno se lo propone y tiene los contactos necesarios, puede pasarse todos los días que dura Arco de fiesta en fiesta, enlazando las borracheras y sin pagar un euro. No era ésta mi intención, desde ya lo advierto.



Mi primer contacto con la feria tuvo lugar el jueves por la tarde. Rápido repaso (unas tres horas) por las galerías y artistas españoles. Tenía deberes que hacer: al día siguiente debía guiar por los stands a un grupo de veinte coleccionistas parisinos en expedición cultural a Madrid. Al parecer estaban particularmente interesados en el joven arte español. Y, como me gusta llevar a cabo las misiones que me encomiendan con el mayor nivel de calidad posible, me preparé el recorrido a conciencia. Al día siguiente, nada más salir del trabajo y sin haber comido más que un bocadillo, salí de nuevo pitando para Ifema y me reuní con el grupo a la entrada de la sala VIP.



Podría decir que resultó complicadísimo hacer de guía para estas personas, que me volvieron loco con sus caprichos y exigencias, y quedaría como un mártir de la causa (artística). Pero también estaría mintiendo. Los veinte coleccionistas franceses, la mayor parte de mediana edad, no podían ser más receptivos, amables y educados. Se mostraron interesados por todo lo que les fui mostrando, especialmente por las fotos de Miguel Angel Gaüeca (les intrigaron sus últimas fotos, espléndidas), Eduardo Sourrouille (se apresuraron a pedir precios) y Alberto García-Alix (“Ah, voilà la movida. Mais c'est ça, l’Espagne!”), realizaron preguntas de lo más oportunas, y en general me siguieron obedientemente de stand en stand por los pasillos de la feria. Otras piezas que me habían gustado y que les mostré: varios de los tesoros de la galería Espacio Mínimo, los grabados de Jon Mikel Euba en Soledad Lorenzo, Cristina Iglesias y Juan Muñoz en Pepe Cobo, Pierre Gonnord en Juana de Aizpuru o Neil Hamon en Fúcares. Isabelle y Éric, responsables y organizadores del evento, estaban presentes para orientar al grupo y facilitarme las cosas, que como digo ya eran sencillas de todos modos. Terminada la visita, me despedí del grupo y seguí viendo obras por aquí y por allá. Maravillosas las piezas de Louise Bourgeois, por cierto.



El fin de semana decidí que ya estaba bien de feria por este año. Sin embargo no había ajustado mis cuentas con el arte, y me quedaban deberes pendientes. Así que el mediodía del sábado lo dediqué a visitar la exposición de Aitor Saraiba en La Fresh Gallery. Como ya expliqué en un texto de la semana pasada, acudí a la inauguración de la expo, pero me resultó imposible ver nada debido a la masiva afluencia de público. Esta vez sólo estaban por allí el propio artista y uno de los propietarios de la galería, así que pude disfrutar con tranquilidad del sencillo y agradable trabajo de Saraiba. Después fui al Reina Sofía para ver (a buenas horas) la exposición de García-Alix, que me gustó bastante, aunque sin entusiasmos. Siempre en el MNCARS, la expo de Zoe Leonard (sobre la que también he escrito anteriormente) volvió a parecerme muy interesante. Y me alegré de descubrir a Deimantas Narkevičius, artista lituano al que no conocía en absoluto y cuyos vídeos encontré de un raro nervio poético.



En fin, eso es todo por lo que se refiere al arte. Sobre las fiestas, el Cock y demás no menciono nada, porque no es el lugar apropiado, y además como he afirmado ya en ocasiones anteriores, creo firmemente que siempre se debe dejar un espacio para el misterio.

lunes, 16 de febrero de 2009

Una cuestión de moral (y 2)



Rivette (abajo) vs. Pontecorvo (arriba). Irrepetible duelo a muerte


Me gustaría extenderme en un momento dado sobre una parte importante de la crítica cinematográfica actual, que encuentro no sólo plana y repetitiva, sino que directamente se ha equivocado de profesión: deberían dedicarse a escribir sinopsis en dossieres de prensa, y no opiniones sobre cine. Hay muchos que se llaman a sí mismos críticos, y que después dedican tres cuartas partes de sus columnas a contarnos el argumento de la película, un ejercicio tan absurdo como destructivo. Si ya me han contado la peli de cabo a rabo, ¿qué interés tendrá en verla todo ese público (mayoritario) al que lo que más le importa es la intriga narrativa? En fin. De todos modos, no hace falta llegar a estos extremos para darse cuenta de que la crítica se encuentra bastante adocenada, con honrosas excepciones. Además, lo expuesto es aplicable sobre todo a los críticos americanos. En el caso de España detecto, entre otros problemas, un intensísimo terror a ser percibido como un pedante o un elitista. Algo muy español, por otra parte. Como consecuencia, se echa de menos no sólo un poco de profundidad y de originalidad, sino sobre todo algo de imaginación o, incluso, una pizca de locura, que nunca está de más. Me temo que hoy en día sería imposible un caso como el que enfrentó a Jacques Rivette con Gillo Pontecorvo en los años 60, y es una lástima.


Rivette es uno de los directores de la nouvelle vague francesa, que en el momento cumbre del movimiento no disfrutó del reconocimiento internacional y de la difusión de Truffaut, Godard o Chabrol. Sin embargo, sus películas, que combinaban un absoluto rigor estético con cierta fantasía y excentricidad conceptual, son apasionantes: “Paris nous appartient”, “Céline et Julie vont en bateau”, “Duelle”… En épocas más recientes, Rivette fue el autor de la magistral “La bella mentirosa” (una de mis películas favoritas de los años 90), “¡Vete a saber!” o “La duquesa de Langeais”, su último (y estupendo) estreno. Mucho antes de todo eso, Rivette fue crítico en la revista “Cahiers du Cinéma”, donde expresaba sus opiniones algo intransigentes, basadas en un firme concepto de lo que el cine debía y no debía ser, y sobre todo de lo que debía permitirse a sí mismo.


Continuemos: por otro lado estaba Gillo Pontecorvo, prometedor cineasta italiano en los 60 que quedó en eso, una promesa, por mucho que le fuera otorgada el León de Oro de Venecia en 1966 con “La batalla de Argel”. Después no hizo nada digno de mención, como no sea la lamentable “Queimada” con Marlon Brando, y una improbable crónica del asesinato de Carrero Blanco por ETA en “Operación Ogro”, donde uno de los terroristas era José Sacristán. Antes aún que eso, en 1959, había dirigido una peliculita llamada “Kapò”, ambientada en un campo de concentración nazi. “Kapò” fue mayoritariamente considerada una película de denuncia de los crímenes nazis, y como tal fue alabada, y ganó premios, y estuvo incluso nominada al Oscar como mejor película extranjera, pero provocó las iras de Jacques Rivette que, en su faceta como crítico cinematográfico, escribió para los Cahiers un artículo que tituló nada menos que “De la abyección”. En él, se acusaba a Pontecorvo de ser despreciable, moralmente repulsivo… cuando se suponía que lo único que había ejecutado era el enésimo canto contra el horror de los campos de exterminio alemanes. El agudo ojo de Rivette se había posado en un plano concreto, un plano cuya concepción le había bastado para reprobar duramente la catadura del director. En aquel plano, una de las reclusas, interpretada por Emmanuelle Riva, se suicidaba agarrándose desesperadamente a la valla electrificada del campo: la cámara ejecutaba entonces un brevísimo, discreto movimiento de travelling (para los no iniciados, en un travelling la cámara se desliza a lo largo de unos raíles instalados en el suelo), de manera que el cadáver quedaba artísticamente colocado en la composición final del plano. He aquí lo que escribió Rivette: “Observen en Kapo el plano en que Emmanuelle Riva se suicida arrojándose sobre los alambres de púa electrificados: el hombre que en ese momento decide hacer un travelling hacia adelante para encuadrar el cadáver en contrapicado, teniendo el cuidado de inscribir exactamente la mano levantada en un ángulo del encuadre final, ese hombre merece el más profundo desprecio”. ¡Guau! ¿No sería maravilloso encontrarnos algo así, escrito en alguna de las revistas o suplementos culturales de hoy en día? Me temo que tendremos que conformarnos con seguir soñando.
Todo esto me venía a la cabeza tras salir de ver la inmundicia que este año va a ganar el Oscar a la mejor película. Esta vez la reflexión moral no es aplicable a un travelling, sino a toda una concepción sobre una obra audiovisual. ¿Dónde están los Rivettes del siglo XXI cuando se los necesita?

Por cierto, el famoso travelling de Kapò podéis verlo pinchando aquí. Juzgad por vosotros mismos si Rivette exageraba o era un prodigio de lucidez.