lunes, 16 de febrero de 2009
Una cuestión de moral
jueves, 12 de febrero de 2009
Saraiba en La Fresh
martes, 10 de febrero de 2009
Un altar para el misterio
Hay muchas cosas en ella que me gustan: la estructura narrativa, que remite a la mencionada novela picaresca, pero también a “El manuscrito encontrado en Zaragoza”, hermosa novela de Jan Potocki. La elegancia con que está rodada, elegancia nada exhibicionista que genera una irresistible apariencia de ligereza. Su sentido del humor, cercano al dadaísmo. Su asombrosa erudición, que en ocasiones adquiere un espíritu didáctico en absoluto irritante. Y, sobre todo, su enorme creatividad, y la libertad que irradia. Contiene hallazgos extraordinarios que operan como joyitas incrustadas en el armazón general, representadas casi siempre por detalles nimios: después de una secuencia imaginada en la que fusilan al Papa (instante cuya escenificación hoy no impacta tanto como debió de hacerlo hace cuarenta años), uno de los asistentes al festival católico al aire libre afirma haber escuchado un ruido como de disparo. A su lado, alguien reconoce que estaba imaginando cómo el Santo Padre era fusilado. Es decir, que la ensoñación traspasa sus propios contornos para contaminar la realidad a través del sonido. Idea excéntrica y prodigiosa que el espectador, sin embargo, acepta como algo natural en el contexto en que se produce.
En otro momento se pronuncia una de las líneas de diálogo más geniales del cine de Buñuel, frase que sin duda procede del pensamiento mismo del director. Cito de memoria y podría por tanto equivocarme, pero es algo así como “Mi odio por la ciencia y la tecnología me acabarán llevando a esa absurda creencia en Dios”. Esta frase portentosa contiene de algún modo la verdadera idea central no sólo de esta película, sino de todo el cine de Buñuel, y quizá sea la verdadera razón de mi absoluta adoración por él. Se trata del respeto ante todo, y por encima de cualquier otro valor, al Misterio.
El misterio de la religión es constantemente cuestionado a lo largo de la película a través de las preguntas que suscitan dogmas tan inexplicables como la Santísima Trinidad, la virginidad de María, la doble naturaleza humana y divina de Cristo o la relación entre Dios y el mal del mundo. Todas las polémicas al respecto acaban resolviéndose mediante afirmaciones del estilo de la clásica “los caminos del Señor son inescrutables”. Ya está, a partir de ahí no hay nada más que añadir. Es inútil cualquier discusión: inútil, pero sobre todo inconveniente. En uno de los momentos más divertidos de la película, un razonamiento particularmente absurdo formulado a partir de dogmas reales del cristianismo es saludado por los personajes con un “sí, sí, eso es muy convincente”, sin rastro de ironía. En eso consiste la fe, a fin de cuentas, en creer algo a pies juntillas, por inadmisible que pudiera resultar para la razón. Desde luego, Buñuel se burla abiertamente de esta ausencia de sentido crítico de los creyentes, pero también admira lo que de verdad hay de admirable en todo ello, que es el Misterio. El Misterio es esencial en la vida, y aún más en el arte: ya sea en el cine, como en el resto de la actividad creativa humana. Cualquier acto que persiga deliberadamente su destrucción es, para mí, el despropósito más imperdonable que puede cometer alguien que se llama a sí mismo artista; sin embargo, aseguro que se comete muy a menudo por razones tan peregrinas y engañosas como la pretensión de hacer más “transparente” el mensaje transmitido o la historia contada espectador. Con ello, lo que se consigue es, por supuesto, infravalorar a este espectador al que en el fondo se desprecia un poco, y aniquilar cualquier rastro de poesía que pudiera haber existido en la obra.
Buñuel amaba y respetaba a su público porque amaba y respetaba el Misterio, y viceversa. Y “La vía láctea” es una obra maestra luminosa y conmovedora que ilustra a la perfección esta verdad.
domingo, 8 de febrero de 2009
Diario de una camarera

La película se basa en la novela del mismo título de Octave Mirbeau, que ya había sido adaptada previamente en Hollywood por otro gran director, Jean Renoir. Esta vez, Buñuel decidió trasladar la acción original desde finales del XIX hasta los años veinte-treinta del pasado siglo, operación que después repetiría con la “Tristana” de Benito Pérez Galdós. Buñuel había conocido bien esta época sumamente convulsa en lo político, que permitía reforzar los elementos sociales de la trama mediante la rasposa referencia al fascismo y el antisemitismo que comenzaba a instalarse con fuerza entre las clases bajas francesas. La lucha de clases se retrata de forma bastante despiadada, lo que incluye una burguesía decadente, reprimida y babosa, un lacayo corroído por el virus del fanatismo más primario y una figura central, la criada a la que hace mención al título, que aspira finalmente a integrarse en la clase social a la que está sirviendo. Todo ello con una absoluta perfección de la puesta en escena, de una precisión y una economía de medios admirable. No me refiero a que la película resulte visualmente pobre o que existan deficiencias en decorados o vestuario. Más bien al contrario: después de haber sufrido en México unas limitaciones de producción que imposibilitaban reproducir con fidelidad aceptable el lujo burgués, Buñuel se empleó a fondo en Francia a la hora de vestir los salones de los grandes pisos y casas de campo de las clases pudientes a las que retrataba, fenómeno del que éste es un caso modélico. Lo que quiero decir es que el trabajo de dirección no posee ninguna voluntad de énfasis, que cada plano contiene exactamente la información que debe, y la sucesión de todos ellos, aliada con el magnífico guión escrito junto a Jean-Claude Carrière, resulta narrativamente perfecta. Por lo demás, la dirección de actores responde también a estas premisas: no sólo por lo que respecta a Jeanne Moreau (qué delicia, verla moverse dentro de cuadro, cuánta expresividad en sus primeros planos, en sus miradas llenas de sorna, en su juego del ratón y el gato frente a los cuatro hombres que la codician), sino también en el resto de protagonistas. Destacan Michel Piccoli, Françoise Lugagne, Georges Géret y la maravillosa Muni. Entre todos conforman uno de los mejores repartos de la filmografía buñueliana.
Hace tiempo me referí a “Belle de Jour” como la película más sofisticada visualmente de la historia del cine. Pues bien, considero que “Diario de una camarera” no está muy lejos en tanto que mero regalo visual, dejando aparte sus otras virtudes. Cada detalle del vestuario, cada elemento de los decorados, cada mínimo movimiento de cámara resultan de una soberbia elegancia.
Qué gusto, enamorarse del cine de Buñuel cada vez que uno ve una de sus películas. Dos días después volví al Círculo para ver "La vía láctea". Pero esto ya lo contaré en el próximo texto.
viernes, 6 de febrero de 2009
Il Divo

Desde su propia concepción estilística, la auténtica pretensión de la película parece consistir en que el espectador se ponga nervioso. Su tono de farsa algo tremendista (Valle-Inclán meets Dario Fo) puede resultar apropiado para el tema que se trata, una vez hemos convenido que la política italiana es la vergüenza de la Europa supuestamente desarrollada. Pero la traslación cinematográfica de este punto de partida resulta casi siempre chillón y enfático, con abundancia de secuencias manidas, entre las que destaca un montaje paralelo entre la acción de un asesinato y la de una carrera de caballos a la que asiste el protagonista. Éste, caracterizado como una especie de Nosferatu de boca apretada y manos retraídas, es sólo el más extremo de los personajes que forman parte de lo que acaba convirtiéndose en una sucesión de sketches del guiñol televisivo. La puesta en escena, ampulosa y cercana a la histeria, parece soñar con Kubrick y Fellini pero queda mucho más cerca de Ken Russell. Los entornos palaciegos en los que se desenvuelven los personajes son visualmente explotados con aplicación, reservándose particular atención a las lámparas de araña que cuelgan de techos altísimos. Finalmente, persiste de todo esto una clara sensación de agotamiento.
La película consigue sus mejores momentos cuando abandona la caricatura para acercarse vagamente a la humanidad de sus retorcidos personajes. Especialmente, en las secuencias íntimas del matrimonio Andreotti, como aquélla en la que ambos se toman de la mano mientras contemplan la retransmisión televisiva de un concierto de Renato Zero, que canta su cursi “I migliori anni della nostra vita”. El instante produce escalofríos, remarcado por las líneas de diálogo inmediatamente anteriores. Mejor aún: la auténtica magia se genera cuando, en conversación telefónica con su esposa, Andreotti solicita de pronto a ésta, aviesamente, que pronuncie varias palabras que ponen de relieve el gangoso acento de ella, común en algunas zonas del norte de Italia. La perversión que se sugiere en esta brevísima fracción de una secuencia nos enfrenta, por primera y única vez en la película, a un ser humano en lugar de a un clown, y precisamente por eso se genera una tensión que debería haberse mantenido durante todo el resto de esta película un poco demasiado cínica, un poco demasiado estridente para lograr la auténtica inquietud del espectador.
martes, 3 de febrero de 2009
Me retracto

Un fin de semana
Sobre todo, las he aprovechado en profundidad. Las tres capitales vascas y varias localidades francesas, me ha dado tiempo de visitar. Hagamos un rápido resumen: el miércoles llegué a Bilbao, donde visité a mi familia. La familia bien, gracias. El jueves fui a Vitoria, pues el artista Eduardo Sourrouille ofrecía una visita guiada por su exposición “Villa Edur” en el Museo Artium a una treintena de personas. Estupenda comida en la cafetería del museo, un paseo y unas compras por la tranquila (algunos la describirían más bien como “mortuoria”) capital alavesa, y después la visita, que resultó apasionante. Como soy muy inquisitivo hice bastantes preguntas que el artista respondió con diligencia (sospecho que también, a veces, con una vaga sensación de fastidio: “ya está otra vez este pesado”), por lo que quedé más que satisfecho. Lo cierto es que la visita resultó muy sugestiva para todo el mundo, a juzgar por el interés con que los asistentes seguían las explicaciones que se les ofrecían, y por cómo observaban las piezas expuestas. Un lujo, vamos. Por la noche, vuelta a Bilbao para unos aperitivos y una cena casera.
El viernes me impuse la obligación de resarcir a Eduardo de la avalancha de preguntas del día anterior, así que lo acompañé a San Sebastián, mientras que a su vez un sol esplendente nos acompañaba a ambos en el viaje. Sin la habitual grisura que se adueña del País Vasco en esta época del año, la ciudad relucía y era un placer pasear por ella, a pesar de que sus implacables horarios comerciales (los comercios cierran a la una del mediodía) nos imponían cierta premura. La visita a Auzmendi era obligada: salimos de la tienda con unas cuantas bolsas, tras haber aprovechado a conciencia las últimas rebajas de la temporada. En un momento dado, Eduardo hizo algo sumamente representativo de su carácter: al pasar frente a un contenedor de basura, sus ojos tropezaron con un gran bolso de mano de cuero marrón que alguien había tirado. Sin más aspavientos, hizo un hueco entre los zapatos italianos y las camisas de algodón egipcio que acababa de comprarse, y recogió el hallazgo como una adquisición más de la mañana de compras. Después consideró que en realidad la bolsa no le convencía demasiado, que estaba muy gastada y además lo que parecía cuero no era más que una imitación algo burda en polipiel, así que, como quien regresa a El Corte Inglés para devolver un artículo recién adquirido y recuperar su importe, la depositó en el siguiente contenedor que nos encontramos. Me alegra comprobar que mi capacidad de asombro y fascinación por todo lo que hace este hombre jamás llega a agotarse.
Después de una soberbia comida en el restaurante Okendo (calabacines rellenos, merluza en papillote y tarta de queso casera) nos pusimos rumbo a Biarritz, donde continuaron las compras (para mí, sólo los últimos Cahiers du Cinéma) y nos encontramos con Ignacio Goitia y Oscar Achútegui. ¡Francia, por fin! Como me ocurre siempre, cruzar la frontera me llenó de sosiego y optimismo de manera automática (ver mis entradas a este blog sobre Francia). Tras las compras, tomamos un aperitivo en el Hôtel du Palais, cuyo lujoso salón de té incluye vistas al mar: las olas saltaban ante nuestros ojos como si las contempláramos desde la escotilla de un transatlántico. A media tarde volvimos a los coches para poner rumbo a Salies-de-Béarn, donde Ignacio y Oscar nos recibían una vez más en su casa, una propiedad con jardín que cada vez alberga más lámparas, y más mesitas, y más candelabros, y más bandejas de porcelana, es decir, cada vez se parece más a sus propietarios. Tras la cena en un restaurante del pueblo, con estricto horario francés, nos retiramos prudentemente con la intención de madrugar el sábado y continuar con la actividad.
Al día siguiente, desayuno con croissants y chaussons aux pommes cortesía de Ignacio. El desayuno es por fuerza uno de los mejores momentos del día en Francia, siempre que uno se deje llevar por las impresionantes especialidades de la bollería nacional. La mañana del sábado estaba bañada en una luz rosada, pálida e irreal, completamente distinta del intenso resplandor dorado que caracteriza las horas siguientes al amanecer en Madrid. Mientras viajábamos en coche hacia Pau (con escala en las naves de Emaús: a mi madre le dará algo al saber que pasé un buen par de horas rodeado de ropa de segunda o tercera mano, muebles desvencijados, pequeños electrodomésticos usados y otros depósitos de ácaros) tenía la impresión de atravesar algo así como la ensoñación resultante de una fumada de opio. Estoy seguro de que bizqueaba, y todo.
Pau es una ciudad pequeña, moderadamente mona y realmente sin gran interés, aunque resulta agradable para una visita breve. Tras las fotos de rigor ante el castillo de Enrique IV de Navarra, comimos en un pequeño restaurante: ensalada, faux-filet con tallarines, y crème brulée. Después tomamos café e infusiones en un excéntrico local cuya terraza estaba formada por unas cuantas sillas plegables de playa y mesas bajas de plástico repintadas, y con un interior forrado de papel pintado con motivos vegetales, tipo Diana Vreeland. Un paseo, más compras y regreso a Salies de Béarn, esta vez para cenar, en casa, un riquísimo bacalao al horno con patatas que cocinaron Ignacio y Oscar. Como los dos se atribuían la ejecución del plato, lo prudente es decir que el mérito correspondía a ambos. La tertulia posterior estuvo amenizada por las canciones de Barbara, de la que Ignacio es fan rendido. Su concierto en Pantin, celebrado en 1981, me generó un pequeño malestar que persistió mucho después que el DVD hubiera sido guardado nuevamente en su caja. Entre las aclamaciones y los aullidos de un público en éxtasis, la cantante mostraba al interpretar sus temas una hiperemotividad algo teatral que contrastaba con su voz cada vez más ronca, marcada por la fase inicial de su decadencia. Ignacio aprecia una particular belleza en este ejercicio. Estoy seguro de que tal belleza existe, pero a mí me causa desazón y me pone definitivamente nervioso.
El domingo dimos un paseo por los alrededores del pueblo, tipo campiña inglesa, y después nos metimos entre pecho y espalda una descomunal alubiada, a la que no le faltaba la morcilla de rigor: francesa, eso sí. Breve siesta, preparar maletas, cerrar la casa y volver a la carretera, de nuevo rumbo a Biarritz. Allí estaba pasando el fin de semana nuestro amigo Dominique, de Burdeos. Nos recibió en su casa con una merienda de té y pastelillos variados, entre los que destacaba posiblemente la mejor tarta de chocolate (densa, untuosa, de vivísimo sabor a cacao) que he probado nunca, y el dulce típico bordelés, el cannelé, crujiente en su capa exterior y jugoso por dentro. Tras despedirnos de Domi, regresamos a Bilbao con un tiempo de perros. Antes de iniciar la vuelta a Madrid, la intensa lluvia dio por terminado el fin de semana.
Sol, arte, compras, Francia, merluza, bacalao, alubias rojas, croissants, cannelés, buena música, buenas conversaciones, buenas lecturas, la mejor compañía del mundo. Imposible imaginar un fin de semana mejor. Me basta como motivación vital pensar que otros similares podrían llegar en un futuro.



