
domingo, 15 de marzo de 2009
Los abrazos rotos (1)

miércoles, 11 de marzo de 2009
Precario equilibrio

Afincado en Nueva York, pero con copiosa y frecuente presencia en el escaparate artístico a este lado del Atlántico, Sergio Prego (Hondarribia 1969) es un alumno aventajado de su generación, que suma, a un número nada desdeñable de premios y distinciones, una presencia recurrente en las grandes ferias y festivales de arte. En Madrid, expone su obra en la galería de Soledad Lorenzo, lo que ya bastaría para situarlo indiscutiblemente en el ámbito de los elegidos. Es precisamente en este contexto donde ahora presenta dos instalaciones, dos series de fotografías y un vídeo.
Las instalaciones juegan con la creación y alteración del espacio a partir de las posibilidades que conceden ciertos materiales y estructuras: S.T. (2009) adopta la forma de dos piezas de escayola dispuestas a modo de molduras fracturadas, mientras que Módulos (2008) constituye de algún modo la pieza central de la muestra. Sobrio pero imponente armazón compuesto por dos grandes escaleras de aluminio suspendidas horizontalmente por medio de un sistema de tubos conectores y cables de acero galvanizado, estos Módulos ya fueron mostrados con anterioridad en el MARCO de Vigo y en el Koldo Mitxelena de Donostia como parte de la exposición “El medio es el museo”. En cada caso, el artefacto se despliega de un modo distinto, adaptándose a las condiciones impuestas por el espacio en que se inscribe. Así la galería madrileña exhibe una “T” cuyos dos segmentos forman a su vez varias “X” respecto a los tubos que los apuntalan, mientras que en el MARCO se configuraba, más espectacularmente, como una gran “L” tridimensional, transitable por ambos lados y caras. Es precisamente este ejercicio, el de la circulación a lo largo de la precaria pasarela, el que se documenta en una de las series de fotografías y en el vídeo que también forman parte de la exposición.
Dos individuos vestidos de negro afianzados por arneses avanzan en posición vertical a lo largo de los brazos de aluminio gracias a un sistema especial de sujeción, uno de ellos boca arriba, el otro boca acabo. La cámara invierte su perspectiva en los planos, de tal manera que las dos superficies que delimitan el espacio a lo alto, una de ellas de vidrio y la otra de lo que parece cemento pulido, podrían constituir indistintamente el techo y el suelo. Los movimientos de estos caminantes resultan torpes e inseguros, como los de los equilibristas, aunque otra referencia se desliza en el subconsciente del espectador: la de las imágenes mil veces repetidas de los primeros astronautas que pisaron la luna, que después retomarían innumerables películas de ambiente espacial. La extrañeza inicial se disuelve lentamente, dejando paso a una abierta fascinación que crece a medida que los protagonistas humanos parecen desenvolverse cada vez mejor en el desempeño de su inestable actividad.
La reflexión sobre el individuo y la configuración del espacio que éste ocupa no es nueva en Sergio Prego: en la pasada edición de ARCO, el artista hondarribitarra ya apuntó la cuestión a través de Bisectriz. En esta ocasión, tal punto de partida se enriquece con la alusión a otras cuestiones paralelas o complementarias. ¿El papel determinante de la perspectiva humana para definir dicho espacio? ¿El terror atávico al vacío, a la caída desde la posición que se habita? ¿La capacidad humana para adaptarse gradualmente al medio como herramienta de supervivencia? Las sugerencias que ofrece Prego son múltiples y poseen un vasto contenido. Pero lo que de verdad resulta excepcional es la inmediatez de su tratamiento, basado en una cierta pureza de la imagen real (por contraposición a virtual). La infiltración de un ambiente cercano a la ciencia-ficción en el desempeño de una acción tan cotidiana como caminar resulta modélica precisamente porque no se recurre para ello al truco visual, a la construcción digital de la que empezamos a estar algo saturados. Para Prego, la tecnología no sobrepasa el estatus de medio o herramienta, por lo que subyace una abierta renuncia a su entronización exhibicionista. De hecho, la atención de Prego hacia lo orgánico se resalta en la muestra con Generación (2009), serie de cuatro fotografías sobre intestinos humanos reproducidos en escayola que adoptan la apariencia –literal- de una orografía del espacio interior humano, en su vertiente puramente anatómica. Es esta opción por lo físico y tangible, a contracorriente de lo que estamos acostumbrados a encontrar, donde reside toda la originalidad y el magnetismo de un trabajo que sin duda merece ser visto.
martes, 10 de marzo de 2009
De antihéroes


Hace unos meses hablaba ya de “Che: el argentino”, para decir, en resumen, que me parecía una película bien dirigida pero lastrada por un guión pesado, convencional y algo tramposo. Considero que “Che: Guerrilla” es una película mucho más interesante que la anterior: vuelvo a encontrarla igual de bien puesta en escena, pero, abandonadas las fastidiosas, pedestres coartadas narrativas, se consigue un trabajo más abstracto, rico y visualmente original. Por otra parte, no creo descubrir nada nuevo cuando digo que, en igualdad del resto de condiciones, la historia de un fracaso es siempre más apasionante que la de un triunfo, porque es más sencillo identificarse con un héroe y una causa fracasada que con sus equivalentes con éxito, incluso aunque ese éxito se consiga de chiripa. Por todo ello, y por su mayor radicalidad narrativa y visual, “Che: Guerrilla” me pareció, individualmente considerada, una buena película. Mención especial para la agreste naturaleza boliviana filmada un poco al estilo Tarkovski, particularmente en la escena acuática que antecede a un sangriento ataque a traición. Benicio del Toro, de nuevo insuperable en el papel protagonista, logra una extraña riqueza de matices entre la hipnótica suavidad de sus maneras y la poderosa convicción (o la patológica monomanía, según se prefiera) que guía su voluntad. Del resto del reparto, poco se puede decir: reducida al mínimo (menos mal) la intervención de un Fidel Castro de Muchachada Nuí, los personajes secundarios son apenas peones intercambiables en la partida: quizá se retenga un poco a una Franka Potente con un acento argentino tan perfecto que resulta altamente probable que esté doblada, y unos correctos Joaquim de Almeida y Jorge Perugorría. Jordi Mollà y Oscar Jaenada recitan unas escasísimas líneas de diálogo para demostrar que el coach de acento se lo ha currado. El pobre Rubén Ochandiano (excelente actor, por cierto), ni eso.
lunes, 9 de marzo de 2009
Cine y melancolía

La película de Truffaut justificaría una y mil entradas en este blog, pero no es de ella de lo que quería hablar. Me centro rápidamente. Revisando el programa de la Filmoteca, descubrí que la primera película del ciclo, proyectada unos días antes, era “La doble vida de Verónica”, dirigida en 1991 por el cineasta polaco ya fallecido Krzystof Kieslowski. Leer este título impreso en el folleto extensible, desde mi butaca, me llevó de inmediato a lo que posiblemente sea el origen de todo esto. De mi condición de rata de filmoteca, quiero decir. Porque “La doble vida de Verónica” fue la primera película que me hizo llorar, y eso es algo que no puede olvidarse.
Yo tenía quince años en 1991. Por algún milagro de la distribución, la película de Kieslowski se estrenaba en versión original en Bilbao, mi ciudad natal y donde yo vivía entonces. La V.O. es aún hoy en día rarísima de encontrar en la ciudad del Nervión, hasta el punto de que incluso los cines Rendir que hay en ella estrenan doblada al castellano toda su programación. Pero, bueno, era verano y alguien decidió que nadie iba a ir al cine de todos modos, así que era el momento de dar salida a excentricidades como aquélla. Por supuesto, allí me presenté en cuanto lo supe. Por entonces ya había visto muchas películas subtituladas gracias a los ciclos de madrugada de La 2. Tampoco el cine de Kieslowski me era desconocido, ya que el monumental Decálogo había tenido asimismo su correspondiente pase televisivo. Y, sin embargo, aquella sesión me conmovió como si asistiera a algo, algo realmente grande, por primera vez en mi vida. La sutileza, el misterio y la belleza de la película me envolvieron irremisiblemente, sus imágenes y su música se adhirieron al núcleo mismo de mis percepciones, y hubo un momento, minutos antes de que la película hubiera terminado, en que me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Imagino que la historia narrada, su paseo por la vida, el amor y la muerte, presionaron algún tipo de resorte en mis emociones, pero entonces, y aún hoy, tiendo más bien a pensar que lo que me ocurrió tuvo un origen puramente sensorial, que fue un simple gozo estético.
Después de eso he llorado alguna otra vez viendo una película (no muchas), en general por causas distintas: a medida que crecemos, que acumulamos experiencias y conocimiento sobre el ser humano, nos resulta más sencillo identificarnos de verdad con lo que a partir de su propia existencia otros han reproducido mediante la ficción. Somos capaces de entender y por tanto de conmovernos, lo que al menos en mi caso resultaba más difícil siendo adolescente. Sin embargo, la sensación no ha sido nunca como aquella vez. Tan irracional, tan plena y absoluta. Creo que cada vez que acudo al cine lo hago con la secreta esperanza de que vuelva a suceder ese milagro. A pesar de saber que cada cosa ocurre en su momento, y que la única posibilidad de rememorar aquel día consistiría en regresar a los quince años, reequiparme con todas mis ansias e inseguridades de entonces y ver “La doble vida de Verónica” por vez primera, lo que es completamente imposible, creo que mantener esa ilusión constituye para mí un acicate más que un lastre. Aunque a veces, como ahora mismo, la melancolía se haga casi insoportable.
jueves, 5 de marzo de 2009
El misterio
La máscara de "Abre los ojos", de A. Amenábar. Una película aniquilada por su propio terror al misterioEn varias entradas de mi blog (me vienen a la cabeza las dedicadas a “Retorno a Brideshead”, al pintor Ignacio Goitia, o a Luis Buñuel) me he referido al “misterio”, y a la importancia que a éste concedo en el arte. En realidad, no creo que el misterio sea simplemente importante: lo considero esencial. Sin misterio no hay arte, pura y llanamente.
Desde la infancia he experimentado hacia lo misterioso sentimientos de atracción y repulsión. Recuerdo noches enteras de insomnio, aterrado ante la posibilidad de que en mi vida irrumpiera lo irracional, lo inexplicable, en la forma de un fantasma, de una presencia extraterrestre o una tragedia descomunal. Y, sin embargo, me sentía automáticamente seducido por cualquier libro o película que contuviera elementos fantásticos o esotéricos. En el fondo, aunque matizada por el tiempo, aún permanece en mí esta contradicción, aunque ya no la vivo como tal. He conseguido realizar el ejercicio racional de separar perfectamente la necesidad que tengo de conocer las causas de todo lo que se produce en la vida real, mientras reservo en el arte y la ficción un espacio privilegiado para la ambigüedad. Hay quien esta dicotomía la resuelve en forma de fe religiosa: no es mi caso.
Hace más de una década, viendo la segunda película de Alejandro Amenábar, “Abre los ojos”, experimenté una identificación absoluta con lo que allí se estaba contando. Amenábar daba forma a un terror infantil que los dos debíamos de haber compartido allá por los primeros años ochenta, el terror a que la vida de uno se vea contaminada por elementos irracionales que escapan a nuestro control. Por desgracia, mi entusiasmo se convirtió pronto en enojo, pues la última media hora de la película destrozaba tan prometedoras premisas para instalar una barata lógica en la que todos los cabos quedaban atados y se nos indicaba incluso el momento preciso de la narración a partir del cual no debíamos creernos nada de lo que había sucedido. Semejante traición sólo podía explicarse porque Amenábar aún conservaba sus vergonzosos temblores nocturnos, y pretendía exorcizarlos amañando explicaciones racionales al aparente delirio que él mismo había creado con el único fin de derribarlo después. Este lamentable juego tenía algo de nadar y guardar la ropa, y se mantuvo en su siguiente trabajo, aquella “Los otros” que a mí me encantó, a pesar de esto y de plagiar descaradamente a “The Innocents” de Jack Clayton (hay secuencias enteras calcadas). Lo que en esta ocasión redimía la película era que el lado “explicativo” se limitaba a unos últimos cinco minutos tan forzados y presurosos que no podían esconder su condición de pegote (de excrecencia) desgajado del resto.
Del mismo modo, una historia policiaca deja de interesarme en el momento en que se procede a detallar aplicadamente quién, cuándo, cómo y en qué circunstancias cometió el crimen. Detesto en la ficción las explicaciones, los porqués, la infantilización del espectador al que se trata como a un estúpido o un niño asustadizo. Cuidado: no defiendo la arbitrariedad, ni digo en absoluto que lo que se cuente o plasme no haya de tener explicación. Lo que no me gusta es que esa explicación se formule de manera explícita. Ya que hablábamos de crímenes, considero que quien roba el misterio a una película, a un libro, a un cuadro, está cometiendo el peor de los crímenes que en el arte existen. Ese crimen lo cometen cada día muchísimos artistas de pacotilla, pero jamás lo hicieron genios como Erice, Kubrick, Bergman, Tarkovski, Balzac, Henry James, Leonardo da Vinci, Goya, Velázquez, Durero o los surrealistas todos. El respeto que estos y otros autores muestran ante el misterio es absoluto, lo que contribuye de manera decisiva a la grandeza de su obra.
lunes, 2 de marzo de 2009
Curioso caso

La premisa de partida de la película, extraída de una historia de Scott Fitzerald (esta premisa es en realidad prácticamente lo único que toma) es, per se, apasionante. Se trata de realizar una reflexión sobre el deterioro del ser humano y la pérdida mediante la colocación en el centro de la historia de un personaje cuyo crecimiento sigue un patrón cronológico inverso al natural, avanzando hacia una creciente juventud. El empleo de este ser extraordinario en medio de circunstancias ordinarias basta para situar en primer plano la cuestión relativa a la necesidad de superar dos traumas esenciales, el de la desaparición de los seres queridos y el de la progresiva, inevitable decadencia de los cuerpos. Es cierto que esta bonita idea medular no deja espacio a otras cuestiones cuyo tratamiento desde un punto de vista histórico o meramente humano habría resultado interesante: sobre todo las referidas a algunos de los puntos clave con los que el protagonista se cruza a lo largo de su trayectoria vital, como la guerra, la discriminación racial y sus consecuencias, el beat y el pop. Todo esto se trata de manera chocantemente superficial en el guión de Eric Roth, hasta llegar a extremos casi grotescos, como cuando el huracán Katrina y sus devastaciones acaban convertidos en desfachatada excusa para ofrecer las (supuestamente) poéticas imágenes de un colibrí suspendido en el aire y un reloj que funciona marcha atrás oxidándose en su sótano inundado. Es en este aplanamiento conceptual, y en la imparable evolución de la historia hacia relamidos terrenos fotonovelescos (por momentos, con una peligrosa cercanía a “Amélie” o “¿Conoces a Joe Black?”) donde se pueden establecer las principales pegas.
Bilbao SoHoizado

El barrio de Bilbao La Vieja se confirma como el principal y más dinámico foco de cultura alternativa (o no tanto) de la capital vizcaína. La operación no es nueva, pero no se puede negar el interés de sus frutos.
Bilbao SoHoizado
Nos guste o no, la globalización es un hecho irrefutable, y una de sus consecuencias es que las grandes capitales del mundo se parecen cada vez más entre sí. En una segunda oleada de este mismo principio, las poblaciones de tamaño mediano convergen hacia el modelo general a una velocidad asombrosa: el mecanismo tiende a reproducirse hasta el infinito, de manera que no debería extrañarnos que llegara el día en que, por ejemplo, no quedara en occidente una sola aldea sin su particular barrio bohemio.
La estrategia no tiene nada de novedoso: se trata de identificar un distrito ubicado a ser posible en el centro de la ciudad, en el que el metro cuadrado posea un coste razonable debido a factores socioeconómicos determinantes -reducida renta media, elevada concentración de población inmigrante, comercio de estupefacientes, prostitución-, para transformarlo en hervidero cultural instantáneo. Toda ciudad que se precie hoy en día posee su SoHo (o su Chelsea) particular, y si no es así lo reclama a voces. En ocasiones, el poder de contagio del movimiento es tal que la SoHoización se expande implacablemente mediante ciclos iterativos: en Madrid, por ejemplo, Chueca pasó de territorio comanche a puritito mainstream gay en menos de lo que se tarda en decir “especulación inmobiliaria”, momento en que los ojos más sagaces se posaron sobre las calles Ballesta y adyacentes, donde el tradicional trapicheo y el puterío están dejando paso, no sin cierta dificultad, a algo rutilantemente llamado TriBall. Proliferan las tiendas de moda, las pequeñas galerías de arte y los restaurantes “de precio intermedio”.
Como casi todo, el fenómeno no es en sí ni bueno ni malo, aunque desde luego puede aplicarse con mayor o menor talento. Y éste ha de juzgarse por los efectos que genera. En este sentido, no puede decirse que el caso bilbaíno, resultado de la puesta en marcha del correspondiente plan estratégico institucional, sea el peor de los posibles. Frente al Casco Viejo de la capital vizcaína, al otro lado de la ría, el barrio de Bilbao La Vieja ofrece hoy un ramillete nada despreciable de locales y comercios que hablan muy positivamente del dinamismo y el espíritu emprendedor de sus habitantes. El ámbito que se extiende entre el muelle de Marzana y la calle de Cortes es ya uno de los puntos que cualquier turista con inquietudes debería visitar indispensablemente, mientras sigue luchando por establecerse como alternativa plausible para el ocio y consumo de los propios bilbaínos.
Entre los veteranos, no puede dejar de citarse la galería Espacio Marzana (Muelle de Marzana, 5), que lleva seis años ofreciendo exposiciones de artistas locales de primerísima fila, como Miriam Ocariz, Carlos Irijalba, Eduardo Sourrouille, Miguel Angel Gaüeca, Elssie Ansareo o Begoña Zubero, y que también exhibió hace aproximadamente un año el trabajo de la madrileña Alicia Martín. Bilbao Arte Fundazioa, uno de los soportes esenciales de la actividad artística que ofrece toda clase de cursos, exposiciones y conferencias, tiene también su sede en el barrio (Urazurrutia, 32). A unos metros, el Museo de Reproducciones Artísticas (San Francisco, 14) resulta otra visita interesante por su curiosa colección de copias de obras procedentes de algunos de los principales museos clásicos del mundo y por sus esporádicas exposiciones, además de ofertar cursos de dibujo y pintura a quien desee inscribirse. Hay también otras pequeñas galerías, como D-espacio (Dos de mayo, 14) o Garabat (Dos de mayo, 19), interesante propuesta que comercializa no sólo obra gráfica, sino también juguetes artísticos, ropa, libros y otros objetos. Además, Seycolors (Cortes, 4) o DK (Plaza Corazón de María, 5) se dedican al muralismo en interiores y exteriores. Por fin, no son pocos los artistas que, alentados por la disponibilidad de espacios a precios asequibles, han elegido el muelle Marzana como emplazamiento para sus estudios.
La actividad comercial se ha visto ampliamente intensificada bajo el amparo de Lan Ekintza, que ofrece servicios de apoyo al empleo, a la creación de empresas y al comercio. Encuadradas o no en sus programas, son varias las nuevas tiendas que se han abierto en los últimos años en la zona, donde la tendencia imperante, como suele ser habitual en estos casos, está determinada por conceptos como “alternativo” o “joven”. Los nuevos diseñadores vascos son bienvenidos en este ámbito, aunque tampoco falta la presencia internacional: los sofisticados zapatos diseñados en Berlín por Michael Oehler y Angela Spieth se venden en Trippen (Hernani, 9), mientras Trakabarraka (Dos de mayo, 3) es una interesante tienda multimarca. La librería Anti (Dos de mayo, 2) ofrece libros de importación y organiza eventos culturales. Todo ello se refuerza con la celebración, con periodicidad mensual, de un mercado callejero (Rastro 2 de mayo) al que acuden los comerciantes del barrio bajo el sugestivo lema “¿Buscas algo diferente?”. Por otra parte, a los bares de copas que desde hace ya bastantes años formaban parte de la ruta nocturna habitual se han sumado algunos restaurantes, algunos de ellos de vida más bien efímera, pero en el que también hay ejemplos más duraderos (Ágape, en Hernani, 13). Los precios suelen resultar discretos para los tiempos que corren, aunque en algún caso el listón se eleva considerablemente (Mina, en Muelle de Marzana, s/n) y, por supuesto, permanece el clásico (y nada económico) Perro Chico (Arteaga Kalea, 2), cuya carta se basa en un tratamiento óptimo de materias primas digamos “nobles”.
De todo ello es posible extraer dos buenas noticias. La primera, que se ha realizado un esfuerzo real por armonizar lo nuevo y lo antiguo, aplicándose por lo general este esfuerzo con cierta diligencia. La segunda, que ha sido posible dotar de contenido a tan vistoso cascarón, gracias a la existencia de una mínima masa crítica de creadores, emprendedores y usuarios. Sería interesante que una vez logrados los objetivos primarios a medio plazo no se descuidaran las iniciativas necesarias para mantener a la criatura. Entre las asignaturas pendientes que merecen una revisión, persiste una zona emplazada entre el puente del Arenal y el puente de la Merced, donde antiguamente se celebrara un rastro y que en la actualidad carece de actividad comercial. Esta zona sería susceptible de recuperación mediante la mejora de su accesibilidad al público, incorporándola quizá al paseo de Uribitarte. Si existe un genuino interés por acercar al barrio al bilbaíno de a pie y hacerlo partícipe de su oferta, no debería desaprovecharse esta alternativa.
