viernes, 30 de enero de 2009

Un insecto en ámbar


Kate y Leo, en plan playero


Hace ya unas semanas que comenzó oficialmente la invasión de películas candidatas a los Oscars. “Mi nombre es Harvey Milk”, de Gus Van Sant, ha sido la primera de este grupo en estrenarse entre nosotros. Poco después, la semana misma en que se daban a conocer las nominaciones, lo hacía “Revolutionary Road”, de Sam Mendes, de la que se esperaba un barrido de candidaturas que finalmente no ha tenido lugar. Ni siquiera Kate Winslet, favorita al premio entre las actrices principales, ha conseguido entrar en el quinteto final por esta película, al haber competido contra sí misma en “El lector”, de Stephen Daldry: las reglas de la Academia establecen que un mismo intérprete no puede resultar nominado mas de una vez en una misma categoría, y en caso de que esto ocurriera prevalecería la candidatura más votada, descartándose la otra. En fin, ya es seguro que en los Oscars no se repetirá el doble triunfo que Winslet obtuvo en los Globos de Oro, donde se hizo por ambas interpretaciones con los premios a la mejor actriz protagonista (“Revolutionary Road”) y secundaria (“El lector”, por la que ahora concurre como actriz protagonista).

Tras este repaso por los premios y sus particulares líos, me centro en "Revolutionary Road", la última película de Sam Mendes, adaptación de una novela escrita del autor norteamericano Richard Yates, que admito no haber leído. La historia se ubica en Norteamérica en los años 50, circunstancia imposible de olvidar en ningún momento gracias al exhibicionista trabajo de vestuario y dirección artística, en el que se apoya una puesta en escena aplicada y en ocasiones bastante enfática. Mendes contaba a su favor con una baza definitiva: sería difícil encontrar un espectador que no se identificara en mayor o menor medida con la dolorosamente universal historia narrada. Y, sin embargo, la ventaja de partida se pierde de inmediato con un descarado boicot contra la fuerza del dilema que subyace a los problemas existenciales del matrimonio protagonista, esclerotizado por el plúmbeo envoltorio de la ambientación y por una pedestre dirección de serie televisiva de qualité. Se genera la impresión de que lo que se cuenta es una historia que corresponde ineludiblemente a la época en que ésta transcurre, y así es como se contempla, como un objeto tras una vitrina o un insecto atrapado en una gota de resina que se convierte en ámbar. Un director con más talento posiblemente habría podido realizar una gran película sobre ciertas facetas de la angustia vital y los infiernos de la relaciones de pareja, rica en implicaciones existenciales, sociales y sentimentales y con un elevado poder empático, pero éste no es el caso. Por otra parte, Sam Mendes tampoco es un estilista refinado y astuto como Todd Haynes, que realizó con “Lejos del cielo”, situada en las mismas coordenadas espaciotemporales que “Revolutionary Road”, un ejercicio apasionante que reproducía el envoltorio formal de los melodramas de Douglas Sirk, consiguiendo resultar aún más elocuente e incendiario gracias a la disonancia entre los códigos estéticos empleados y la naturaleza del conflicto descrito.
Dicho todo lo cual, la película no carece por completo de interés ni ofende realmente, por lo que se sigue con moderada atención. La fuerza de la historia se las arregla de vez en cuando para emerger por encima de las mencionadas limitaciones, y cuando esto ocurre es siempre porque los rostros de los actores quedan en primer plano. Leonardo di Caprio y Kate Winslet están magníficos en sus papeles, como casi siempre, y sólo por ellos la película podría justificar sobradamente su existencia.

lunes, 26 de enero de 2009

Zoe Leonard: Poesía sin énfasis



Crítica de arte publicada el pasado 9 de enero:




Zoe Leonard. Fotografías


Del 2 de diciembre de 2008 al 16 de febrero de 2009


Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid




El MNCARS dedica una exposición individual a la obra de la fotógrafa norteamericana Zoe Leonard, una artista de un talento poderoso y atrayente. Poco convencional en sus propuestas, su obra parece buscar una forma original y definitiva de pureza.




Poesía sin énfasis




Dos son las exposiciones dedicadas a artistas norteamericanas que pueden contemplarse estos días en el madrileño Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Aunque ya por poco tiempo, los más veloces aún pueden disfrutar de una estupenda retrospectiva sobre Nancy Spero titulada “Disidanzas”, que estuvo antes en el MACBA y viajará próximamente a Sevilla. La visita es altamente recomendable, pues la muestra supone un completo recorrido por una trayectoria apasionante, en la que las ocasionales concesiones a un tremendismo algo estridente no empañan en absoluto la fuerza de una obra de gran belleza y singularidad.



En cuanto a la otra, quizá algo menos publicitada, es la primera retrospectiva que tiene por objeto la obra de Zoe Leonard (Liberty, Nueva York, 1961), originalmente concebida y organizada por el Fotomuseum Winterthur de Suiza, donde ya se exhibió hace aproximadamente un año. Las opciones estéticas y las visiones que sobre el mundo poseen Spero y Leonard se yuxtaponen y complementan de un modo inesperado: mientras la primera centra su interés en cuestiones muy específicas (la guerra, la tortura, la reivindicación de lo femenino) a través de una mirada explícita y rabiosamente insurrecta, la segunda se apoya en un lirismo de ásperos contornos, en absoluto exhibicionista, al plantear cuestiones más abstractas con su óptica hipersubjetiva, dando lugar a resultados no menos turbulentos.



Zoe Leonard es una artista relativamente joven cuyas dos décadas de trayectoria, dedicadas sobre todo a la fotografía en color y blanco y negro, son ya objeto de un amplio reconocimiento, como demuestra la exposición que nos ocupa. Con anterioridad, han exhibido su obra instituciones como el Centre National de la Photographie de París (ahora el Jeu de Paume) o, más recientemente, el Wexner Center for the Arts de Columbus (Ohio) Por otra parte, su serie Analogue, incluida en la selección del MNCARS, formó parte el pasado año de la Documenta 12 de Kassel. Recordemos por último que, ya en 1992, Leonard había estado presente en Documenta 9 con unas polémicas fotografías que sirvieron para lanzarla instantáneamente en los medios artísticos.



La exposición del Reina Sofía está organizada de acuerdo con un sencillo criterio conceptual, recogiendo un centenar de instantáneas tomadas en diversas partes del mundo que se agrupan por temas e ideas. Así, hay fotografías de paisajes captados desde la ventanilla de un avión, algunos interiores domésticos, imágenes de precarios comercios urbanos o aún más precarios mercadillos al aire libre en África, árboles y bosques, inquietantes artilugios que poseen la absurda función de medir y evaluar la belleza de un rostro… La impresión que genera el conjunto es la de haber asistido a un poderoso fresco sobre las complejas redes que se entretejen a lo largo y ancho de la sociedad global, en las que el intercambio, el consumo y los elementos que son objeto del mismo (ropa, alimentos o bienes destinados al ocio) adquieren un papel preponderante. Asimismo, destaca la apariencia de esta amalgama como un archivo de imágenes en el que cada una de ellas se encuentra debidamente clasificada en una categoría, de manera que esta clasificación, perfectamente lógica y asumible bajo criterios intuitivos, ayuda a comprender mejor el significado individual último de la idea que se presenta al espectador. No hay una sola de estas fotografías que posea una apariencia banal, por mucho que pudiera pensarse que lo son aquellos elementos que en ella figuran. La fachada más vulgar, el paisaje más plano o tópico (las cataratas del Niágara, por ejemplo) aparecen en Leonard revestidos de una profunda dignidad que no tiene nada que ver con la afectación o el énfasis. Sin duda, no es ajeno a esto el modo en que las instantáneas están dispuestas para la exposición, como se ha comentado en las líneas anteriores. Pero tampoco puede dejarse de lado el efecto de la propia mirada de la artista, cuya agudeza clarividente es lo que acaba por determinar el raro poder de fascinación de la obra.



Por otra parte, debe mencionarse el hecho de que Zoe Leonard no oculta en su trabajo las imperfecciones propias de la técnica fotográfica, las mismas imperfecciones que por lo general la fotografía artística se esfuerza por erradicar en las últimas fases del proceso de producción de la obra terminada. A modo de ejemplo, en ocasiones los colores aparecen con una excesiva saturación, mientras que no se recortan los bordes negros de la instantánea, por lo general percibidos como un elemento sobrante. Consciente de que la esencia del arte descansa en gran parte precisamente en las imperfecciones que éste presenta con respecto a la vida como medio de representación de la misma, Leonard se apoya en dichas taras con el probable fin de multiplicar la carga poética. Desde luego, no se trata de una opción novedosa, pero pocas veces se ha empleado antes de una manera más pertinente y efectiva que en esta ocasión, en la que el medio fotográfico conserva intacta toda su pureza. De este modo queda patente la renuncia a toda reproducción objetiva de la realidad, una renuncia que resulta admirable por su honesta solidez.

viernes, 23 de enero de 2009

la primera gran película del año

Laurent Cantet y sus actores, en la "montée des marches" del último Cannes




Por fin ha llegado a España “La clase”, película francesa dirigida el año pasado por Laurent Cantet, y cuyo título original es “Entre les murs” (entre las paredes). La última Palma de Oro del festival de Cannes, y la primera francesa desde 1987, cuando Maurice Pialat subió al escenario entre pitadas y pronunció su mítica frase: “Si yo no os gusto a vosotros, tampoco vosotros me gustáis a mí” (ver mi reciente texto en este blog).

“La clase” llegó al festival en la última jornada del concurso, cuando la suerte parecía echada y los pronósticos sobre la Palma de Oro se dividían entre “Gomorra” de Matteo Garrone (finalmente, Gran Premio del Jurado) y “Un conte de Noël” de Arnaud Desplechin (que se iría de vacío). Al día siguiente, el jurado que presidía Sean Penn, y que también formaban entre otros Olivier Assayas, Natalie Portman, Sergio Castellito y Hou Hsiao-hsien, concedía por unanimidad el primer premio a la última en llegar. La crítica quedó algo desconcertada, pero en general no puso objeciones: parecía que el último trabajo de Cantet había gustado a todo el mundo, y que su calidad justificaba el envite. Además, el tema tratado parecía aportar un plus de respetabilidad a la película: el día a día en una escuela de las afueras de París, foco de convivencia multirracial y potencial polvorín de conflictos sociales.

Aunque no está bien que un crítico admita sus prejuicios, debo decir que acudí algo escamado a verla en los cines Verdi de Madrid: no suelo apreciar especialmente los ejercicios supuestamente hiperrealistas que se engloban en el género de “documental ficcionalizado”, género que considero en esencia falso y tramposo, y que me ha producido olvidables sesiones de aburrimiento (en el mejor de los casos) e irritación (en los peores). Por otra parte, la última película de Cantet que había visto, “Vers le sud“, historia sobre damas blancas de mediana edad que viajan por turismo sexual a la castigada Haití, no me estimuló demasiado, pese a algunos de sus méritos (magnífica dirección de actores, presencia de Charlotte Rampling en el reparto). No esperaba gran cosa de la nueva experiencia. Afortunadamente, antes de que terminase el primer plano de “La clase”, supe que las dos horas siguientes iban a merecer la pena. Esta certeza no se disolvió en ningún momento de la proyección.

De un nervio, un dinamismo y una transparencia notables, “La clase” pasa por encima de tus potenciales lastres como una apisonadora para remontar el vuelo desde su inicio, y a toda velocidad. Laurent Cantet realiza un prodigio de puesta en escena, que privilegia la claridad expositiva -lo que nada tiene que ver con la obviedad o la simpleza, aunque muchos tiendan a confundir los conceptos- y el brío formal. La energía contenida en cada plano es de máxima intensidad. La cámara se mueve constantemente, pero la sensación de mareo es nula. La mayor parte del metraje transcurre entre las cuatro paredes de un aula (en ocasiones se visitan los pasillos, las salas de profesores, el patio escolar, y poco más), pero el espectador tiene la sensación de haberse asomado a un vasto universo, lo que en realidad ocurre. Se invoca con éxito una auténtica fascinación por lo que la cámara muestra y sugiere, por los rostros de los adolescentes que se sientan en los pupitres, por cada una de las reacciones de éstos y de su profesor, por los ritos y costumbres que se desarrollan en esta escuela francesa. Los elementos narrativos, centrados en un expediente de expulsión abierto a un alumno considerado particularmente conflictivo por haber tuteado al profe (¿hablábamos de diferencias entre España y Francia?), se ensamblan para formar un esqueleto delgadísimo pero robusto, capaz de sostener los muchos kilos de carne generados por la cinta.



Me sorprende que no se haya hablado apenas del intérprete principal, François Bégaudeau, que en realidad fue profesor y escribió el libro en el que se inspiró Cantet para su guión. Pocas veces he encontrado semejante verosimilitud en un actor no profesional: cada una de sus expresiones, cada una de las frases que pronuncia, fluye como iluminada por el resplandor de lo genuino, de lo que de verdad está ocurriendo aquí y ahora. Ninguna impostación, ningún esfuerzo perceptible. Tampoco autojustificación o tendencia a idealizarse, principal riesgo cuando uno interpreta lo que se supone su propio papel: a menudo el profesor parece algo sobrepasado por los acontecimientos, patéticamente desvalido ante la doble marea creada por la furia adolescente y la inflexibilidad institucional, y reacciona con hostilidad desproporcionada o sonrojante pasmo. Parece como si, lejos de verse contaminado por la imagen que tiene de sí mismo, el actor-guionista-personaje real se hubiera vaciado por completo, como un muñeco de trapo, para volver a rellenarse con lo que Laurence Cantet ha depositado en él, un contenido que procede sin duda del relleno original, pero que ha sido cuidadosamente procesado por la mirada externa.

Me niego a definir “La clase” con tópicos como “un documento” o “radiografía social”. En mi opinión, estamos sobre todo ante un espléndido ejercicio de puesta en escena, que no consiente el aburrimiento del espectador y le depara (atención a la reunión final con Souleymane y su madre) algunas secuencias memorables. O lo que es lo mismo, una película apasionante.

jueves, 22 de enero de 2009

E. Sourrouille en Artium: la inauguración

Foto de grupo en una de las salas, por Ignacio Goitia. Las jirafas nos ayudaban a evitar el desparrame


Como prometí en un texto anterior (justo antes de que el gran Maurice Pialat se inflitrara descaradamente), vuelvo sobre la exposición que el Artium de Vitoria dedica al artista Eduardo Sourrouille hasta el 19 de abril. Realizaré en primer lugar lo que viene a ser una crónica de sociedad de las de toda la vida, con sus negritas y todo, describiendo la inauguración del pasado viernes.


Antes que nada, y a modo de resumen, diré que dudo que el Artium haya asistido a una fiesta similar en todos sus años de vida. Porque una fiesta y no otra cosa fue lo que allí se organizó. Quedó demostrado que Sourrouille (aparte de otras cosas sobre las que también hablaré próximamente) es un artista con gancho popular. No sólo asistió al evento el público local, la esperable amalgama de autoridades, entendidos en arte, modernos, curiosos sin otros planes y demás, sino también otras personas venidas de fuera. No me refiero a mí, que llegué con el tiempo justo desde Madrid. Había también un nutrido grupo que habían sufragado el alquiler de un autobús de ida y vuelta entre Bilbao y la capital alavesa. El autobús traía, además de los bilbainitos de pro, unos cuantos parisinos, e incluso algún ovni recién llegado de la comunidad gallega. Bilbao, París y Pontevedra. Todo muy cosmopolita, no me digáis.


Artistas, críticos de arte, galeristas, familiares y amigos del propio Sourrouille… Gran parte de ellos, además, comparecían por partida (al menos) doble, ya que sus retratos formaban parte de la muestra. Antes de seguir, tomo aire: allí estaban, entre muchos otros, José Antonio, Juan Antonio, Aitor, Soraya e Iñigo Sourrouille, Ignacio Goitia, Oscar Achútegui, José Luis Vicario, Richard Corpas, Manu Arregui, Miguel Angel Gaüeca, Eduardo García Nieto, Itxaso Mendiluze, Elssie Ansareo, Rita y Raquel Emperador, Carlos Basauri, Cristina Palacios, María José López de Aranaz, Carlos Rui-Wamba, Miriam Ocariz, Valentina Miguel, Ana Ocariz, Sira Cornejo Saenz de Ibarra, Juana García-Pozuelo, Ainhoa, Susana y Ana Bazterrica, Ana Marcos, Carlos y Marta Iturrigane, Julio Prieto, Fran Ugarte, Iñaki Cuesta, Montse Zabala, Ana Beascoa, Patxi Ortún, Lourdes Madow, Andrés Iglesias, Rafa Ramos, Román Padín, Alicia Fernández, Garikoitz, José Antonio Lastra, Isabel Medinabeitia, Jose Abrisketa, la gran Leti Fersal (y su chico, Ander), Edorta Apellaniz, Charo Garaicorta y los galeristas Luis Adelantado, Fernando Zamanillo y José Luis Nuble. No faltó tampoco la Mujer Gato, presencia impagable en ocasiones como ésta, empeñada en salvarnos a todos de la gente perra (qué ingenuidad, la suya). El côté París estaba representado por los interioristas Michael Coorengel y Jean-Pierre Calvagrac (hechos unos figurines, como acostumbran), junto con Carmina (propietaria de Anahí, el restaurante donde hay que estar hoy en día en la capital francesa), Ermanno Piraes (responsable de comunicación de Fendi) y Christophe (Yves Saint-Laurent).


No todos los mencionados tenían su correspondiente retrato, aunque sí la mayoría de ellos. Así que el resto del público podía entretenerse jugando a identificar la correspondencia entre la persona real que se movía entre las distintas salas que ocupaba la expo y su fotografía colgada en las primeras estancias. ¿Estarán por aquí esos tipos desnudos que empujan una silla de ruedas? ¿Y el gentleman indolentemente subido en un columpio? ¿Quién será esa mujer cardada que trepa por una escalera? ¿Cómo será el rostro del chico que se esconde detrás de una máscara decorada con bigotes, boca y ojos pintados? Quizá por eso había más concentración de gente en las salas dedicadas a la serie de personajes que en las siguientes, donde se ubicaban las fotografías con animales y los vídeos (estupendos, por cierto: pero hemos quedado que este apartado se dedicará a cuestiones frívolas, y ya habrá tiempo para profundizar en lo sustancial).



Cuando todos, retratados y no retratados, hubieron terminado de jugar, pasaron al espacio en la entrada dedicado al cóctel, que resultó ser algo pequeño para acoger a la multitud congregada. Es evidente que los organizadores no habían contado con el probado poder de convocatoria de Sourrouille. Siguiendo la moda (por decir algo) que se extiende en estos tiempos de crisis, el tal cóctel consistió realmente en una barra de bebidas frías y peladillas. Éstas, al menos, no sabían a rancio y servían para acompañar razonablemente a la cerveza y el vino. Pero, como a las 10 de la noche el hambre apretaba, el jolgorio se trasladó a la cafetería del restaurante, donde alguien había hecho correr la voz de que había pintxos Basque style. Justo antes, Ignacio Goitia consiguió que los celadores reabrieran una de las salas de la exposición y encendieran las luces para realizar una hiperpoblada foto de grupo: los que quedábamos por allí nos apiñamos como pudimos para entrar en el alcance del objetivo. No hay noticia de luxaciones ni de aplastamientos.

No nos habían mentido: había pintxos (a un módico precio) en la cafetería del Artium, y buenísimos, además. Nos abalanzamos sobre ellos como una banda de termitas sobre la madera seca. Los pobres camareros no daban abasto, y los clientes ajenos al show business nos observaban con curiosidad. Hubo vino, hubo jamón, hubo cava y refrescos. Hasta bailes de salón, hubo. A medianoche, los últimos rezagados corrían al autobús para seguir la fiesta en Bilbao, donde las informaciones que recibí hablaban de varios (esta vez omitiré los nombres) que llegaron a sus hoteles, sus casas o las de otras personas a las 10 de la mañana. Yo me quedé en Vitoria, cuya poco apasionante vida nocturna terminó llevándome a un kebap, donde degusté las habituales especialidades árabes en compañía del artista y de Luis Adelantado, un hombre incombustible del que cuenta la leyenda que jamás duerme. Qué suerte, sobre todo por la ventaja competitiva respecto al resto de la humanidad que eso supone.


Esto es lo que dio de sí la velada. En próximos textos, más información sobre la expo, que es lo importante. Pero, ¿qué hacéis, que no corréis a verla?

Más información:

http://www.artium.org/museo_exposiciones_a.php#abajo

martes, 20 de enero de 2009

Maurice Pialat: sin concesiones


Pialat recoge su premio en Cannes en 1987. "Si yo no os gusto..."


Hay un director de cine que, en mi opinión, era el mejor en activo de su país, Francia, durante los años 80 y 90 (con el permiso de Rivette y Téchiné), pero que se conoce muy poco en España. Murió hace unos cinco años, así que ya no asistiremos a ningún estreno suyo. Se trata de Maurice Pialat. Llegó al cine cuando ya habían pasado los años furiosos de la nouvelle vague, aunque sus principales miembros (Truffaut, Godard, Chabrol, etc) seguían dirigiendo películas, copando los festivales y disfrutando de fama mundial. Contrariamente a lo que cabría esperar, Pialat no reaccionó frente a ellos, sino que de alguna manera tomó su testigo para alargar la onda expansiva del fenómeno un par de décadas más. “Nosotros no envejeceremos juntos” fue en Francia casi un manifiesto generacional, y ya contenía todas las claves de su cine. Vista hoy, resulta una película bella, honesta y doliente. El cine de Pialat posee un estilo seco, sin florituras, pero al mismo tiempo hay en él algo de desmelenado. Tiende a prolongar la duración de los planos creando momentos íntimos y secretos, que alterna con explosivos arrebatos de furia. En sus cintas abundan las familias disfuncionales, los matrimonios que se devoran mutuamente, los golpes y bofetadas. Dirige a sus actores con un naturalismo extremo que lo sitúa en el confín opuesto a Robert Bresson, con quien sin embargo comparte muchos parámetros estéticos y temáticos. A veces ni siquiera se entiende muy bien lo que dicen los personajes, o si se entiende resulta absurdo, como lo son a veces las palabras en la vida real. Muchos jóvenes directores franceses de los últimos veinte años se han definido como sus herederos, pero por el momento no he visto nada en ellos que tenga la intensidad y la auténtica rareza de un buen Pialat. Con “Bajo el sol de Satán”, adaptación de la novela del escritor católico Georges Bernanos, ganó una discutidísima Palma de Oro en Cannes. Se trataba de una intensa y compleja reflexión sobre la gracia, la bondad y la tendencia al pecado, narrada con una admirable falta de concesiones, que dividió de inmediato a cuantos la vieron en el festival. Al recoger su premio y ser por ello abucheado, pronunció una frase que en Francia se ha convertido en mítica: "Si yo no os gusto, vosotros tampoco me gustáis a mí". Nada menos.


De todos modos, las películas suyas que más me gustan son otras: “Loulou”, con Isabelle Huppert y Gérard Depardieu, contaba una historia de amor loco (una mujer que abandona a su marido y su vida burguesa por su relación con un macarra hipersexuado) con un sorprendente estilo anti-novelesco. Por su parte, “Van Gogh”, en la que Jacques Dutronc interpretaba al pintor, está realizada con una aparente sencillez formal, y sin embargo la emoción que atraviesa sus imágenes proviene de una sofisticadísima puesta en escena que reclama el legado de Renoir. Junto con “Los juncos salvajes” de Téchiné, es sin duda mi película francesa favorita de los 90. Otros de sus básicos, también excelentes, son la “La boca abierta”, “Police” y “À nous amours”. De todas las películas que menciono, varias están editadas en DVD en nuestro país: merece la pena darles una oportunidad.

miércoles, 14 de enero de 2009

Arte y vida

"De la carpeta, personas que visitaron mi casa, Salón para Patricia Krug". Fotografía de Eduardo Sourrouille incluida en la exposición individual que el artista inaugura en Artium


Hoy mismo, a partir de las 20h00, se inaugura en el museo Artium de Vitoria la exposición "Villa Edur", de Eduardo Sourrouille.

La muestra ofrece un testimonio de los tres últimos años de trabajo del artista y, lo que es más importante aún, de su propia vida: la exterior y la interior. En todos los creadores ocurre que el trabajo y la vida están profundamente ligados, en una relación simbiótica irrompible. Si se me permite, diré que en este caso el fenómeno se produce con más radicalidad que nunca: no es que la obra de Eduardo Sourrouille refleje su vida, o que se alimente de ella. Ni siquiera que una y otra se entrelacen tan complejamente que resultan indistinguibles. Es que, para el ojo sensible y observador, la propia vida de Sourrouille es su verdadera obra, del mismo modo que la obra es su vida. No hay diferencia entre una y otra, porque en realidad ambas son la misma cosa. Esta afirmación, que puede parecer banal, no creo que lo sea en absoluto. Del mismo modo que algunos místicos son capaces de ver lo sagrado que anida en las labores cotidianas, Sourrouille posee la facultad de encontrar y generar belleza (que es lo más parecido a lo sagrado que un no creyente puede concebir) en cada una de sus actividades, por ordinarias que éstas sean. También, desde luego, en las que no lo son tanto. A menudo pronunciamos tópicos como "el arte de la seducción", que alguien es "un artista de la sutileza" o que hacer y conservar las amistades es "un arte complicadísimo". Pues bien, con Sourrouille todos estos lugares comunes se cumplen en su literalidad más estricta.

Las fotografías, esculturas y vídeos de E.S. son únicamente parte de su producción artística aunque, cierto es, se trata de la parte más representativa de esta producción, por contener, a través de una prolija red de símbolos y metáforas, el espíritu de todo el resto. Este resto, lo que únicamente comparecerá entre los muros del Artium mediante representaciones, lo disfrutan en toda su generosa extensión quienes cruzan ocasional o permanentemente sus órbitas con la del artista en cuestión.


Esta tarde, si todo va bien, viajaré a Vitoria para asistir al acontecimiento. Prometo detalles a mi regreso.

lunes, 12 de enero de 2009

...y estoy aquí para reclutaros

Mi nombre es Harvey Milk”, de Gus Van Sant, no es una película que me haya apasionado, aunque en realidad lo sorprendente habría sido lo contrario.


Suele gustarme el trabajo de Van Sant: en “Drugstore Cowboy”, “Mi Idaho Privado” o “Elephant” llega a fascinarme. También ha sido capaz de producirme sarpullidos, como en aquella cosa abominable titulada “El indomable Will Hunting”, pero esto ha ocurrido menos veces. Casi siempre soy sensible a su puesta en escena inteligente e hipnótica, a sus dotes de narrador y creador de atmósferas, a la nada cursi sensibilidad de su poesía. En cuanto a Sean Penn, protagonista de la película (apenas hay un plano en que el no aparezca), lo considero un actor muy dotado, pero su intensidad y su transparente ansia de lucimiento en ocasiones me han sacado de quicio.

El principal escollo para que yo pudiera disfrutar de esta “Milk” es el género mismo al que pertenece, género a cuyas claves se ajustan obedientemente el guión y la dirección de la cinta. El tema Un Gran Hombre Con Una Buena Causa me aburre horrores, sobre todo si se desarrolla en el ámbito de la política estadounidense. Detesto especialmente las secuencias de emoción colectiva que se orquestan cuando el Gran Hombre obtiene algún logro fundamental (la victoria en unas elecciones, la absolución en un juicio, etcétera), y el volumen de una música de tintes épicos se eleva por encima de los gritos de triunfo y alegría. También me pone nervioso la principal limitación de estas películas, consistente en su impotente pretensión de aportar un hilo coherente a una sucesión real y a menudo arbitraria de hechos: el resultado nunca termina de cuajar, los episodios parecen adheridos entre sí con un pegamento que jamás solidifica y persiste la frustrante sensación de truco. Todo ello, lo de las secuencias clímax llenas de énfasis, lo del cortapega narrativo, ocurre por desgracia en esta película. Sean Penn se empeña en otra de sus interpretaciones “de premio” en las que es evidente que ha copiado la gesticulación y tono de voz del personaje original, al que imagino que mimetiza asombrosamente (ya he expuesto aquí mi opinión sobre este tipo de actuaciones), aunque hay otros actores del reparto que montan el numerito más que él, o al menos lo intentan con desesperación: Diego Luna sobre todo, y también Emile Hirsch. Mientras, James Franco es muy agradable de ver, y Josh Brolin realiza en mi opinión el mejor trabajo del reparto en el papel de Dan White, oponente político de Harvey Milk y hombre torturado por terribles fantasmas que desataron su pulsión aniquiladora.

Precisamente es a este actor a quien pertenece la mejor secuencia de la película, unos breves planos magníficamente elaborados por Gus Van Sant en los que se describe el encuentro entre los personajes de Dan White y Harvey Milk en un hotel en el que éste último celebra su cumpleaños. La intensidad de este momento, la capacidad expresiva del encuadre, la perfección del trabajo de los actores, servirían en mi opinión para justificar la existencia de toda la película, aunque la mayor parte de su metraje me haya dejado más bien indiferente.