
martes, 30 de diciembre de 2008
Despedidas y enseñanzas

domingo, 28 de diciembre de 2008
De imagen, sexo y género
Crítica publicada el pasado 12 de diciembre de 2008:Bastero Kulturgunea sigue escogiendo con extremo cuidado los artistas y motivos de sus exposiciones. Recordemos que este 2008 se abrió con un electrizante “Duelo” de Enrique Marty, tras el cual no se bajó el listón con los sucesivos Elena Blasco, Eduardo Sourrouille y Gabriel de la Mora. Desde hace poco más de un mes. y a modo de cierre del año, se nos enfrenta a las fotografías de Risk Hazekamp (La Haya, 1972), cuyo trabajo franco y rotundo constituye ya uno de los referentes en el tratamiento de las cuestiones relativas a género e identidad.
Itxaso Mendiluze, comisaria de Bastero, ya había contado con Hazekamp en la reciente “Líbrate de ello” (Fundación Bilbaoarte, Bilbao, 2007), exposición colectiva en la que se ofrecía un muestrario de los distintos planos desde los cuales es posible abordar la cuestión de la construcción de la identidad a partir de la intervención sobre el entorno real que la define al mismo tiempo que opera como su contexto. Las fotografías que Hazekamp presentaba en aquella ocasión suponían una de las aportaciones más oportunas de entre todos los trabajos seleccionados: en ellas, la propia artista era retratada con una barba hiperrealista y un peinado a lo James Dean, en un tratamiento del travestismo que hacía coincidir en una misma imagen al sujeto que se expone conscientemente a la mirada de los otros con el reflejo irreconocible devuelto por tan implacable espejo. Había cierta crudeza, y un espíritu muy poco complaciente en aquellas instantáneas que parecían narrar la historia de una frustración, y sin embargo el aperitivo sabía a poco. No es descartable que en esto radique el origen de la exposición individual que ahora nos ocupa.
En cualquier caso, la obra de Hazekamp, despojada de otro contexto que no sea el que ella misma define, resulta aún más enérgica y transparente. La exposición consta de una veintena fotografías, en color y blanco y negro, en las que casi siempre aparece la propia artista autorretratada adoptando distintas personalidades, algunas más abstractas o generales, otras tan reconocibles como la de Elvis Presley o el ya mencionado James Dean. La elección de este último personaje no es nada casual: pocos iconos universales concentran tanta riqueza de matices en la confusión de lo que se acepta como atributos masculinos y femeninos, la rebeldía y la fragilidad, el dolor y la rabia. Aún más elocuente en este sentido resulta la utilización de las figuras de los artistas Catherine Opie, Frida Kahlo y Pierre Molinier, o del mismísimo Dorian Gray wildeano. Completa la muestra un vídeo en el que se ejemplifica de manera un tanto eviente un posible resultado del encuentro entre diversas modalidades de sexo y género en dos individuos. El conjunto resulta deliberadamente diáfano, lo que no equivale en absoluto a “superficial”, ni mucho menos a “simplista”. Poco importa también que las cuestiones de la identidad, la construcción del género y el abismo que media entre la imagen que de nosotros mismos tenemos y la que perciben y nos devuelven los demás hayan sido tratadas con anterioridad, en especial por otros artistas contemporáneos. En realidad, el éxito de Hazekamp consiste en demostrarnos que tales planteamientos siguen teniendo absoluta validez, mientras eleva el alcance de su obra muy por encima del panfleto o lo puramente testimonial.
Invocando las referencias que consciente o inconscientemente puede haber manejado Hazekamp, reviste particular interés recordar la obra de Claude Cahun, artista nacida en Nantes al final del siglo XIX, poco reconocida durante los años de su actividad creativa, coincidente con los (mayoritariamente masculinos) popes del surrealismo, y cuyos fascinantes autorretratos en los que se mostraba con el cráneo rasurado, vistiendo una camiseta interior masculina de algodón, poseían una radicalidad impensable, visionaria. Más aún: en su libro Aveux non avenus (1930), un auténtico ovni para el momento, Cahun retrataba a un personaje que, a fuerza de desear desesperadamente que su esencia trascendiera la férula deformante del cuerpo material, llegaba a una especie de mutilación que implicaba a su vez una anulación de (o, al menos, una rebelión contra) la propia anatomía. Las torturas del deseo insatisfecho, leit motiv indiscutible del surrealismo, alcanzaban aquí el grado de auténtica tragedia.
Quizá no se llegue a la tragedia en el caso de Risk Hazekamp, lo que se debe a que quizá en este momento sea posible tratar los mismos temas con mayor serenidad, pero el resultado resulta igualmente radical. A través de su mirada se revelan en toda su crudeza algunos de los mecanismos que han servido para apuntalar un statu quo social de férreos valores jerárquicos. Entre ellos destaca la inviolable dicotomía hombre (masculino) / mujer (femenino), que en el fondo encierra otra segregación, que es la que discrimina lo normal de lo que no lo es. Consciente de ello, Hazenkamp sitúa el término “normal” en la cima de su particular pirámide conceptual al emplearlo como título de la exposición. Revisando cada una de las facetas de esta pirámide, sería difícil no admirar la astuta coartada formal que utiliza los estereotipos que la publicidad y los mass media establecen sobre sexo y género, solapando indisociablemente ambos conceptos. El mensaje trasmitido admite pocos equívocos: Hazekamp sabe bien lo que dice, pero sobre todo sabe cómo hacerlo con claridad.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Y hablando de gente guapa...
No hace falta saber francés para disfrutarlo. Basta con tener vista. Pero, para los que además puedan entender el texto, curiosamente hace algo más de un año escribí una novela breve que casi nadie ha leído, y que venía a contar más o menos lo mismo, metáforas frutales incluidas.
En fin, basta de rollos. Adelante con el vídeo:
http://www.youtube.com/watch?v=-whM9o6UU18
martes, 23 de diciembre de 2008
Cine colirio

Una vez vista, la sensación predominante es la de decepción. No sería exacto afirmar que se trata de una película fallida, si por “fallida” entendemos que hay en ella uno o varios problemas graves que le impiden convertirse en una gran obra. En realidad, resulta difícil encontrar tales problemas graves en sus elementos esenciales: la narración es excelente, la interpretación presenta siempre un óptimo nivel, y la puesta en escena resulta inventiva y equilibrada, como de costumbre. Y, desde luego, mentiría si dijera que me aburrí durante la proyección. Sin embargo… tampoco puedo decir que me sintiera fascinado por las historias que se me contaba, o por las bellísimas imágenes fotografiadas en tonos rojizos por Darius Khondji, evidente alumno aventajado de Vittorio Storaro. Había algo en aquella magia que me resultaba recreado, formulaico. Y, lo peor de todo, tuve la impresión de que los virtuosos recursos estilísticos de Wong Kar Wai, desplazados desde su contexto asiático hacia la orografía física y argumental de los Estados Unidos, resultaban por momentos algo relamidos, incluso autoparódicos. Llegando aún más lejos, en algunas secuencias me pareció que se coqueteaba alarmantemente con el vídeoclip o la serie televisiva de qualité. El cine de Alan Rudolph, que gozó de en su momento de bastante éxito en el mundo cultureta y después fue rápidamente olvidado, también me vino a la mente alguna que otra vez.
Como indicaba antes, la película resulta muy bonita de ver. ¿Cómo no va a serlo, cuando explota tan a conciencia y con tanto gusto los portentosos físicos de Jude Law, Norah Jones, Rachel Weisz o Natalie Portman, haciéndolos desfilar entre neones y efectos estroboscópicos? El Wong Kar Wai exquisito coreógrafo y expositor de cuerpos no falta a la cita, afortunadamente. Esa es la mejor noticia relativa a una película más bien prescindible, pero que mientras se está contemplando produce un agradable confort visual como de colirio.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Foto de grupo en el ayuntamiento de Bilbao
sábado, 20 de diciembre de 2008
Aperitivo navideño en Bilbao
Interior del ayuntamiento de Bilbao: mucho atrezzo de las Mil y Una Noches... pero Scheherazade no vivía de cacahuetes revenidos
Fin de semana en Bilbao. No he parado: me han servido una ración de aperitivo navideño tan generosa que en el camino de vuelta a Madrid todavía estaba digiriendo lo mismo que volveré a degustar dentro de un par de días. En lo sucesivo trataré de dosificarme para evitar el empacho.
En cambio, sí que nos ofrecieron algo más sustancioso al día siguiente, en la inauguración de las jornadas de puertas abiertas de la Fundación Bilbao Arte. Se presentaba el trabajo de veintidós artistas becados este año por la institución, lo que incluía artes plásticas y también diseño de moda. Allí el público ya era de otro tipo: se echaban de menos los cardados. Por pura reacción, la moderna bilbaína renuncia al volumen capilar hasta el punto de que no se ven por ningún sitio los descomunales tupés que todo madrileño trendy que se precie viene luciendo estas últimas temporadas. Entre los artistas que exponían estaba Alberto Albor, que no sólo es un chico fantástico, sino también un pintor lleno de vida y talento. Por desgracia, no pude saludarlo; alguna vez lo divisé entre el gentío, pero para cuando me decidí a acercarme a él, ya no lo encontré. Por lo demás, mucha nueva escultura vasca, mucha nueva pintura vasca y mucha nueva moda vasca. Y una chica oriental sumamente guapa que pintaba indolentemente a la vista de un público que simulaba aún más indolencia.
Y luego, por supuesto, estaba el vídeo que han concebido, realizado y protagonizado Eduardo Sourrouille y Elssie Ansareo. En fin, es imposible que sea objetivo al respecto, y me niego a desempeñar públicamente el papel de madre de la folklórica. Pero aconsejo vivamente a todo el mundo que vaya a estar por Bilbao durante esta semana que se tome la molestia de pasar por Bilboarte (http://www.bilbao.net/bilbaoarte/) para ver la pieza. Estoy convencido de que a la salida agradeceréis el consejo.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
La televisión y Eva Arguiñano
Hoy en día no me interesan especialmente las series norteamericanas por las que todo el mundo parece haberse vuelto loco. Cuando he intentado seguirlas, ocasionalmente he podido reconocer algo de talento narrativo en sus guionistas, pero esa dirección funcional, basada en un juego cronometrado de plano-contraplano me excluye inmediatamente. Y en el momento en que pasamos a la estética de vídeoclip con cancioncilla sentimental de fondo, ya me pongo enfermo. Por mucho que me aseguren lo contrario, no encuentro nada memorable en series tan veneradas como Sexo en Nueva York (qué estúpido me parece todo, qué ramplón y obvio el trabajo de los estilistas), House (una pura y reiterativa fórmula) o CSI (mortal aburrimiento). De Los Soprano y Mad men me hablan maravillas, pero admito que ni siquiera les he dado la oportunidad. Ni el cine de verdad, puedo verlo apenas en televisión: tengo en casa varios packs de DVDs de grandes directores que llevan meses sin abrir. Entre la Filmoteca Española y el salón de mi casa, para qué señalar qué es lo que prefiero.
Todo eso, claro, por no mencionar los insufribles reality shows, los programas de cotilleo y esos formatos de humor que no me hacen ni puñetera gracia. Incluso el Gran Wyoming se ha contagiado definitivamente de la mediocridad general, hasta convertirse en un personaje artificioso y previsible.
Entre toda la morralla y la vulgaridad televisiva, hay un personaje (una persona, vaya) que me apasiona. Se trata de Eva Arguiñano. De vez en cuando veo su programa de coaching culinario en La Sexta los domingos por la mañana, y juro que ante ella me quedo como hipnotizado: Louise Brooks o Jeanne Moreau entre fogones no me producirían un efecto distinto. Me gusta su voz un poco algodonosa, su sonrisa de quien no necesita especialmente agradar, su infinita paciencia, sus vasquismos, la ironía que despliega de vez en cuando, como de manera casual. En sus miradas, o en los elocuentes silencios frente a alguna de las preguntas que le dirige un invitado que pretende convertir el programa en su show particular. Sobria y serena, al contrario que su estelar hermano, de una inteligencia natural y poco llamativa, enseña a sus invitados (que en realidad somos todos los espectadores) a cocinar recetas bastante sencillas y a emplatar el resultado siguiendo los estrictos patrones -un poco demasiado explotados ya- que acuñó la nueva cocina vasca. Francamente, el contenido del programa me parece lo de menos. Lo que de verdad merece la pena es la propia Eva Arguiñano, sonriendo encantada de la vida bajo su absurdo gorro de chef fucsia.


